«Viaje entre dos orillas» (fragmento) por María de los Ángeles Fornero

Viaje entre dos orillas

Mi padre morirá a mi regreso, pero eso no lo sabía al momento de arribar al aeropuerto Jorge Chávez a las 3.40 a.m. en una madrugada limeña que ni siquiera parpadeaba.

 (…)

-Como en todas las capitales de América Latina, papi; en Lima se nace y se muere, el resto del país anda vagando por el entretiempo de esas dos orillas.

En la mañana, fue un desayunar de todo lo que había sobre la mesa de mis anfitriones. Huevos pasados por agua, palta, queso crema y pan de harina de maíz, mantequilla, mermelada de frutilla y frutilla fresca (…)

Potus y palmeras. Achiras y glicinas que escarban las paredes. Enredaderas de las que los argentinos llamamos campanitas en las tapias bajas entre la calle y la acera. Mi plan es  caminar sin dirección determinada. Como cuando se lee un texto por primera vez. Voy a darle una lectura general a Lima para saber de qué se trata. Empezar por sus títulos en forma de balcones de ébano tallados a mano por negros esclavos en cada esquina. Su índice de calles empedradas y balaustradas de bronce. Leer a Lima es el primer plan.

-Te juro, papá, que esa era mi primera intención. Darle a esta engreída capital americana una lectura a vuelo de pájaro y quedarme con el primer perfume percibido. Pero eso fue imposible. Hubieras estado allí, entenderías.

Cada esquina de Lima es una bizarría entronizada en los márgenes que obliga a ser mirada. Y la mayor es el Callao, que obliga con perfume de pólvora y abasto. El Callao es como La Boca, pero diferente.

-Sí, es un puerto, un fuerte. Dame tiempo que te cuento bien.

Es la forma misma del saqueo español. Un enorme mercado de todos los colores y olores. La pobreza vestida. Es la fortaleza militar más sofisticada del siglo XVI y la cárcel más segura del XX, porque aquí lo tuvieron a Abimael Guzmán hasta que la vida le dijo o le diga basta.

¡Vaya uno a saber! Tanto callar al silencio, decía Atahualpa Yupanqui. Tenés razón, en eso estamos de acuerdo.

El Callao es el mayor edificio del litoral pacífico americano, orgullo virreinal, fútbol de potrero y calle, prostitución en carne viva, base naval peruana, (…) escenario de los fusilamientos de 1986. En el Callao empiezan y terminan el espionaje libertario, las drogas bajas y las altas, el pecho henchido de los chalacos, las formas más abruptas de los vejámenes militares y el mayor museo dedicado al ejército independentista. Todo o casi todo pasó por esa punta en nuestros últimos quinientos años. Pero lo que más me impactó entre la Fortaleza del Real Felipe y el edificio de la Universidad de El Callao, (…) fue lo escondida que la tienen a Rosa Campuzano Cornejo.

-Preparate para lo que viene. Sí, claro, te voy a contar también lo que no te guste. (…)

Ella fue la amante en Lima de José de San Martín. Le llaman la “Protectora” porque al General lo llamaron el Protector del Perú, y de paso se evitan nombrarla por su nombre propio. Lima era entonces monacal, presbiteriana, señorial y por eso mismo exasperaba su otro aspecto, contestatario y revoltoso. En sus noches de tertulias, como en la jabonería de Vieytes en Buenos Aires, se cocinaba la independencia en reuniones clandestinas de vestíbulos a contraluz y bailes de salón. Rosa llevaba entre sus ropas los panfletos revolucionarios y las resoluciones que la Logia del Partido de la Independencia definía para los próximos días. Era una activista política de los criollos que, por ser hija de un poderoso hacendado del cacao guayaquileño, no era sospechosa para la sociedad gentil. Sin embargo, militaba por la causa. (…) En eso estaba cuando entró San Martín a Lima. Los vivas, la gloria, los heridos, las proclamas, los laureles y el amor sin ropa a la luz de la luna invernal envolvieron a Rosa y al General en la casa campestre de La Magdalena.  Se cobijaban para que los gritos de placer de una mujer abierta y en flor y un hombre duro en el campo de batalla y tierno en la cama, estuvieran lejos de los oídos blancos y rojos de los criollos republicanos que, todo le perdonan al General, pero nada a la mujer que amó y que trabajó incansable por la misma revolución que él. 

¿Por qué no va a ser verdad?  Claro que es verdad. A mí, sí me gusta. Es más real un San Martín que además de casarse con una niña menor de edad en Buenos Aires, tuvo una amante con buenos ovarios.

                                Fragmento del Capítulo 1. Viaje entre dos orillas. Ed. Mesa Redonda

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