«Un nuevo destino» de Delci Fiorella Luyo Marcellini

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En el pueblo aún vivíamos los estragos de Sendero: destrucción y desolación. Mi padre, un hombre correcto y muy justo, era un dirigente en la comunidad; organizó a la gente para impedir que Sendero se perpetúe. Estaba dispuesto a dar a su familia una vida de paz, sin dejar que extraños se apoderen para destrozarla. El pueblo se sumaba a ese ideal.

Era 1993. Conocí lo que es morir en vida. Yo tenía 11  años,  una  familia  estupenda  con  dos  hermanos menores; disfrutábamos del juego y de nuestros padres. Una noche, mientras dormíamos, llegaron a la casa un gran  grupo  de  estos  hombres  e  ingresaron  a  casa, cogieron por la fuerza a mi padre y lo sacaron. Yo y mis hermanos corrimos a ver desde las ventanas, sin que nos vieran. Aquella noche, entre torturas y gritos, nos arrebataron  el  sueño  de  una  gran  familia.  Mientras mirábamos  mataron  a  mi  padre  y  le  dijeron  a  mi madre:

-Te dejamos viva para que sirvas como mensajera: no más reuniones de traidores al partido; vas y se los dices.

El olor de la sangre ingresó a mis sentidos profun- damente que permaneció ahí casi un año.

Mi madre, lejos de cumplir la orden de este grupo y en honor a los ideales de mi padre, jamás llevó ese mensaje. Huimos para protegernos.

No tengo claro el recorrido. Solo sé que días des- pués escuchaba que le hablaban a mi madre de un sacerdote en Huánuco que podría ayudarla.

Mi madre nos llevó a un lugar lleno de niños. Ingresamos y nos pusimos a jugar con ellos; mientras mi madre conversaba con el sacerdote desapareció. Ignoro lo que pasó.

De pronto, un hombre se creía nuestro padre, hablaba con nosotros y a los otros niños como si este lugar lleno de niños fuera nuestra casa; nos daba hora- rios y órdenes y nos inscribió al día siguiente en el colegio. Sinceramente, nos decíamos, este hombre será sacerdote, pero nuestro padre no es. Quién se cree para que nos hable como tal y nos dé órdenes.

Habíamos llegado a la aldea infantil que había creado un sacerdote en el departamento de Huánuco: el padre Oswaldo Rodríguez Martínez. En este nuevo lugar, extraño y donde mi corazón no quería estar, nací nuevamente.

Descubrí que no éramos solo yo y mis hermanos; ahí estaban también decenas de niños que lo habían perdido todo, sea por Sendero, por los militares o se les declaraban desaparecidos a sus padres o estos se unieron a la guerra de un lado o del otro o por lo que sea se habían quedado solos. No era nuestro caso. Nosotros teníamos a nuestra madre. Yo creía que este hombre nos retenía sin considerar ni sin saber eso.

El padre Oswaldo nos había impuesto un horario, bañarse, ordenar la cama y el cuarto, orar, desayunar, ir al colegio, almorzar, ordenar por zonas, deportes, juegos, tarea, agradecer a Dios por todo y dormir. Ya nos estábamos conociendo y contándonos lo que nos trajo a la aldea. Tratábamos de planear, organizarnos y nos decíamos: «En qué momento nos dejarán libres, no nos dejan respirar, todo es con horario. ¡Qué se han creído!»

Decíamos este hombre qué sabe de nosotros para que nos hable como si fuéramos sus hijos.

Poco a poco conocí la historia de cada uno de ellos.

Braulio  era  de  Choras,  asesinaron  a  sus  padres delante de ellos, cinco hermanos, entre cinco y 15 años, quedaron huérfanos por una guerra sin piedad.

Basilio nació en Chupán. Llegó a la aldea tras la desaparición de su madre y el rumor del asesinato de su padre junto a su abuelo y sus hermanos.

Ambos se volvieron mis amigos y, junto con los otros niños, planeamos una suerte de «grupo vengador»: escaparnos para viajar Choras y Chupán y matar a los que arrebataron a nuestra familia.

Teníamos en contra los horarios apretados.

Fui rebelde y me enfrenté al padre varias veces; solo quería escapar, concretar mi venganza y buscar a mi madre. Ese hombre sabía cómo manejar mi mente y dominarme; eso sentía. Me decía: «Tú no estás obligado a estar aquí, cuando quieras puedes irte, pero recuerda dos cosas: primero, si te vas, no hay retorno, se te cierran las puertas, nunca más ingresarás aquí; segundo, puedes haber perdido mucho allá afuera, pero hoy debes velar por tus hermanitos, hoy esa es tu responsabilidad, si te vas, los vas a dejar solos, con más dolor y soledad de los que ya tienen, si lo que quieres es irte dime. ¿Cómo vas a verificar si tus hermanitos están bien, si comen, si estudian o se forjan un futuro? Si a ti, que eres su her- mano, no te importa y los dejas, a quién les va a importar». Me dolían sus palabras.

Tuve dos fallidos intentos de escape. Las palabras del padre me detenían, pero tenía que encontrar a mi madre y vengarme de lo que le hicieron a mi padre. Mi tercer intento se concretó. Con apenas 12 años regresé a mi pueblo para buscar a mi madre.

Encontré a mi pueblo convertido en un desierto. La gente había huido. No encontré a mi madre ni a mis tíos. Caí en la cuenta de que solo no podía vengarme. Era imposible sacar de mi mente las palabras del padre:

¿quién verá por mis hermanos? Ahora quién velará por mí. No tenía techo ni comida. No tenía más opción que regresar. ¿Cómo hacerlo? El padre me había advertido:

«Si me voy, no hay retorno», pensé que quizá el padre no se había dado cuenta de que había huido. Apenas habían pasado unos días. Así que regresé., Busqué el modo más discreto para ingresar. Después de trepar y saltar y estar dentro de la casa vi de lejos al padre que arreglaba la camioneta. Estaba debajo como si fuera un experimentado mecá-nico. Sentí nostalgia. Con esa camioneta, el padre recorría lugares, buscaba ayuda, se movía de un lado a otro con tal de conseguirnos alimentos, ropa y juguetes. Me sentí terriblemente mal.

Ese día, durante la cena, el padre dirigió la oración para dar gracias por los alimentos. Me miró, entendí que sabía de mi huida, que estaba feliz por mi retorno. Me regaló una sonrisa sutil; la sentí como una bienvenida. Nunca más intenté huir. Acepté y agradecí que mis hermanos y yo teníamos un hogar.

Un día una de las madres (así se llamaban a las mujeres que nos cuidaban) lloraba desconsoladamente porque una de las niñas de dos años no aceptaba comer; era su segundo día en la aldea. Desesperada le decía a Juan, el hermano mayor de esta: «Ayúdame. Si sigue así tu hermanito se va a morir; no sé cómo hacerle comer».

El niño había llegado un día antes con tres hermanos más desde Las Palmas. Juan contaba que tenía la misma suerte que nosotros. Una noche ingresó a su casa unos hombres encapuchados y asesinaron a balazos a sus padres frente a ellos. Los vecinos, al conocer la situación, hicieron una colecta para que uno de ellos viaje a Huánuco. Se corría la voz que había una aldea y un sacerdote que podía ayudarlos.

Juan le respondió: «Mi hermanita no come nada si antes no le dan pan remojado con cocoa. Mi mamá la acostumbró así».

Recuerdo la cara de esa mamá de la aldea cuando decía: «Pero de dónde voy a sacar cocoa».

En la aldea siempre teníamos desayunos muy nutritivos: quinua y avena con leche. Corrió a sacar su dinerito para buscar quién le ayude y le compre cocoa. Desde la puerta gritaba: «Alguien que me ayude, alguien que me compre cocoa».

Así la pobre madre aldeana consiguió lo que bus- caba. Le dio a la niña cocoa y pan remojado y empezó a comer.

Lo recuerdo con mucha gratitud. Aquel día mi corazón sentía tristeza por lo que esa madre sentía; era nuestra madre sustituta.

Reconozco que los horarios los hizo sabiamente. No había tiempo para llorar ni pensar en lo que pasó.

Nunca nos habló de lo que les pasó a nuestros padres y nos llenaba de mensajes positivos. «Ten fe, cree en ti; solo el estudio los hará grandes, todo lo pueden; sé íntegro». Quería que saquemos de la mente cualquier idea de venganza y dolor. Sin que nos diéramos cuenta, nos había sumergido en un mundo de competencia: quien estudiaba más, quien terminaba la tarea antes, quien tenía las mejores notas. Nos dimos cuenta de nuestras metas: ser profesionales y tener futuro.

A mis 18 años le pedí al padre que me permitiera buscar  a  mi  madre.  No  quería  estudiar  una  carrera superior; no dejaba de pensar en ella. El padre habló conmigo.  Me  contó  mi  historia.  Él  sabía  nuestras historias mucho más que nosotros mismos. Nosotros, durante todos estos años, creímos que él no sabía nada de nosotros.

Willy me contó el día que mi madre nos trajo. Le pidió que nos ayude. El padre me contó que ella tenía una enfermedad terminal. Quería sentir un abrazo nuestro en su último momento, pero prefirió que la recordemos fuerte. Willy dijo que mi madre murió unas semanas después.

Me contó dónde podía encontrarla para rezarle; así lo hice.

Confieso que lloré muchísimo. Sabía que ya no la vería. Lloré por lo injusto, rebelde y cruel que yo fui muchas veces con Oswaldo, mi padre.

Regresé a la aldea, mi casa; él me hizo culminar la carrera.

Braulio, Basilio, Juan y yo hoy somos profesio- nales, como la mayoría de los que ahí vivimos; somos hombres de bien. Puedo decir, con toda la jerarquía, que la vida me ha dado varias oportunidades.

No es la historia, no es lo que te ocurrió en el pasado lo que marca tu destino, sino cómo es conducida. Son las palabras que alimentan tu alma, que creas en ti. No te detengas en lo que pasó, busca crecer cada día. La vida ya tiene suficiente pesimismo y dolor, le falta actitud, positivismo, alegrías y, sobre, todo fe. Cree en ti.

Los  niños  siguieron  llegando  constantemente. Calculo que fuimos un promedio de 120  niños con el mismo destino; todos terminaron como hermanos.