«Un día de lluvia», texto exclusivo del libro «El Peso del Vacío», de Heber Snc Nur

heber lluvia

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Los relámpagos a lo lejos rugen. No hay equivocación: una tormenta se avecina, al parecer de grandes proporciones. Estoy contemplando la ciudad desde lo alto. Parece tan infinita y desierta, aunque todo cambia una vez que estás cerca de ella. Poblada de carteles luminosos y monumentos a la deriva, poca gente y tanta soledad junta. Esa aglomeración, el panal de abejas abierto y las picaduras que vienen en forma de recuerdos. Es medianoche y nadie me ha advertido que, si paso tanto tiempo solo, me hago más vulnerable a la tristeza; nadie me ha advertido que el frío se hace más intenso, que quizá no me queden muchas fuerzas después para poder dormir sin soñar que no te has ido.

3:33 a. m.

Me ha despertado el sonido del celular. Un mensaje. He dormido poco más de una hora y te he oído llamándome en sueños. No veía tu cara, solo tu voz ondulaba en aquella penumbra líquida. Algunas líneas de luz se filtraban desde lo alto, pero todas ellas se desvanecían antes de llegar al suelo. Yo me encontraba en medio, como un niño solitario hasta que tu voz me despertó. He leído el mensaje y nuevamente no es tuyo. Me pregunto si alguna vez has sentido lo mismo, y si el insomnio te ataca sin piedad hasta que comienzas a desesperarte. No lo negaré, lo he intentado con otra chica, pero a quién quiero mentirle: sigo siendo un suicida atado a la roca de tu océano. A veces me hundo y desde el fondo oigo alguna canción con tu nombre. Nunca me ahogo. Esa es la peor parte. Te echo tanto de menos que esta habitación todavía huele a ti, a tu belleza. Tu maldita, tu dolorosa, tu contemplativa, tu inalterable belleza.

5:48 a. m.

Tal como lo intuí, amaneció lloviendo. He salido a mirar la ciudad nuevamente y me ha azotado una ráfaga de aire gélido. Las gotas no han dejado de acribillar el techo, ni las ventanas. Los regueros que se han formado en el suelo parecen dibujar palabras, o seré yo, que busco señales por todas partes. Asumo que nunca volveré a verte, que probablemente estás mejor sin mí, pero cómo me gustaría saber si me piensas, si mañana, cuando me persiga la incertidumbre, podré encontrar un ápice de seguridad al verte. Si es que te veo. Si es que todavía no me odias. Si es que el recuerdo también te pesa y las heridas en tu piel forman palabras, tal como los regueros que veo tras la ventana. Y si aquella palabra es un nombre y ese nombre me pertenece. Espero que entiendas que me dolería menos saber que te duelo. Y mientras escribo esto, un relámpago suena de fondo. Aquí sigue lloviendo, cada vez con mayor intensidad.

10:03 a. m.

Nubes bajas reptan en los entresijos de una ciudad que apenas despierta. Todo se ve gris, desde las colinas hasta mis manos. Gris, como el color de un alma que echa de menos. Y sigue lloviendo. No he comido ni he salido de la cama. No tengo la necesidad ni la urgencia. Llevo despierto varias horas; no diría que carezco de sueño, sino de razones. Además, nunca me ha sido fácil pegar ojo. Siempre tengo cosas que contarme, siempre alargo los minutos y meto la esperanza en ellos, como si al pasar las horas pudiese recuperar el equilibrio de esta sonrisa desproporcionada, que no es más que una mueca de alguien que ha visto demasiada  gente irse de su vida. Adónde se habrán marchado, no lo sé. De ellos me  quedaban las huellas, pero la lluvia las ha borrado casi todas. La última vez que los vi no me reconocieron y se encerraron en un corro que no admite extraños. Sé que es mi culpa, así que más que esperar que me acepten, lo que quiero es que me comprendan. Incluso tú, estando ya lejos, sepultada en la neblina de la nostalgia, como esta ciudad que sigue sufriendo bajo la lluvia. Nunca más desde aquel día volví a decirte que te  quiero. Me siento vacío desde entonces.

16:14 p. m.

De fondo suena una de esas canciones. He aprendido la letra de la mayoría. «Que, a pesar del tiempo, te juro que no lo olvido; qué fuerte soy  con la gente y qué débil que soy contigo». «Resume el amor en dos actos:  vestirse de blanco y acabar de luto». «Cogí la ropa, la desilusión no entraba en la maleta». «Miro en mi pecho, ahí dentro hay un desierto». A veces pienso que esas canciones las escribí yo sin darme cuenta y que te has  colado entre las palabras como si no te bastara que todo girara alrededor  de ti. Quisiera volver a ese lugar, volver a nosotros, creer en el paraíso  que me tendían tus manos, que acariciaban con esa destreza de borrar  mis cicatrices y que, en lugar de ellas, me ofrecían razones para seguir intentándolo. Tu calor y esa magia, la de tu boca pegada a la mía; el tiempo tomando un descanso, como si tuviera miedo de arruinarnos el momento. El mundo no me parecía un lugar cruel por entonces. No  dolía tanto amarte. Pero, inevitablemente, todo se ha tornado gris y el  sol no ha salido en todo el día. Qué novedad; a fin de cuentas, vivo en  penumbra la mayor parte del tiempo desde que no estás. Mis ojos se ajustan a la oscuridad y a veces dan contigo. Pero te esfumas. Tus manos no han vuelto a curarme las heridas y las canciones siguen hablando de nosotros, de lo mucho que duele extrañarte.

19: 45 p. m.

También sé que eres capaz de sentir, de querer, de echar de menos. ¿Lo haces conmigo? ¿También te duele esta distancia? He de confesar que yo sabía que algún día ibas a irte, y aun así siempre te vi con ojos  de bienvenida.

22:58 p. m.

Ha sido uno de esos días en los que siempre es de noche. Ha sido tan largo que tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido y que la lluvia apenas comienza. Las luces de la ciudad se han encendido una por una, y parece que una madriguera de luciérnagas ha anidado en aquel valle rodeado de cerros. Es una ciudad que tiembla, que espera demasiado para recibir poco. Hoy no he visto a nadie, ni me he acordado de comer, ni de salir siquiera. Mi aspecto en el espejo es la de un hombre diez veces mayor. Es como si la lluvia me hubiese tallado un nuevo rostro adaptado a la falta de gestos. Ya no he dado más vueltas y la única canción que suena es la de las gotas golpeando azoteas. En silencio como siempre, y a oscuras como siempre, pienso en una salida como nunca. Me queda alta, como todo en la vida. Debería intentarlo, pero por temor a encontrarte esperándome ni siquiera me arriesgo. Es contradictorio porque pienso en ti y no quiero verte, tal vez porque tengo la impresión de que vives mejor en mi recuerdo, que traerte o tenerte cerca es romper con crueldad la nostalgia, la sutileza con la que todavía me sonríes desde el pasado. Que me siento más seguro pensando en todas las cosas que dijiste que esperar las que aún no han salido de tus labios. Me siento mejor sabiendo que exististe y que te tuve, que pese a no merecerte me diste más de lo que pedía y que con eso fue suficiente. Yo te quise también, a mi manera y con defectos. Tú sonreías, yo lloraba. Éramos expertos en darnos la contra. No fuimos el uno para el otro; tú nunca miraste más allá de mis fronteras ni yo supe saldarte el precio que les ponías a todos tus secretos. Guárdalos y ponme a mí entre ellos. Que nadie me encuentre nunca si permanezco contigo. Créeme que me sentiré más seguro si lo haces. Yo pensaré que quizá algún día podré subir aquella cuesta y hallar la salida. Si cierro los ojos puedo oír los relámpagos a lo lejos, como voces que me recuerdan que hace tiempo que nada en el amor dura para siempre.