Los Lugares Comunes, 24 de mayo del 2021

Querida Ambartalgia:

Recibe ante todo un caluroso afecto por los antiquísimos buenos tiempos que se siguen sucediendo en líneas que no me pertenecen ya. Espero que la salud, el amor y la música ronde tu vida, como un carrusel que no va a detenerse.

Sé que prometí ya no hablarte ni hablar de ti. Pero es la premura del pulso el que me hace hablar. A mi favor podría decir que no soy yo, sino el fantasma que ahora se mira solo y triste y con frío, desde un otro lado que, sospecho, te gustaría conocer.

Han sido días esclavos, todos con un largo amanecer. Y yo he estado encerrado en mi metro cuadrado de privacidad al cual he denominado “Bunker”. Y es aquí donde quiero estar. Y quisiera estar siempre así. Pero hay noches como esta, en donde el corazón se desata y late por el pasado que fue y el presente que murió como me estoy muriendo ahora, por una puñalada muy bien dada, y la sangre que voy dejando, espero que te suplique por el cariño que aún anida en ti, si acaso.

No quiero decir que luego de ti no haya vivido. Todo lo contrario, he vivido bien y mucho. Publiqué algunos libros y recorrí muchos lugares. Conocí a mucha gente y me he dejado conocer por otras tantas. Me he perdido ineludiblemente en mi soledad. Pero tú sabes que son cosas que les pasan a los sentimentales, y conoces que mi corazón está hecho de papel. Por eso es que mi corazón late como si tuviera fiebre. Y te busca y no soy yo, es él…

Hoy es mi cumpleaños. Básicamente, te escribo porque quiero sentirme querido una vez más, por la primera persona que me hizo sentir especial, que me hizo creer que ser escritor es más que redactar, porque, eso sí lo tengo claro, es también vivir y vivir después de muerto. Pero siempre he vivido muerto, incluso cuando vivía entre tus brazos y secretos.

Ya no soy más ese terapeuta improvisado que te escuchaba la noche perdida, que ataba tus desvaríos y te confeccionaba un horrible traje de sueños. Ahora soy algo más maduro, quiero creerlo. Eso también lo cree mi pequeña. Ella se llama como mi madre, y su segundo nombre es el tuyo. Por supuesto que esto no lo sabe la mamá, me mataría. La relación con ella es buena y sana. Y con la pequeña es mejor. A veces creo que soy su héroe, otras su juguete, y muchas más su padre. Nunca me gustaron los niños, por eso, cuando me enteré de que era niña, me alegré demasiado, como si algo en la vida me hubiera salido bien. Un pequeño logro.

Me hubiera gustado que la conozcas. Pero la verdad tampoco me dejé conocer bien. Y fue una pena que no haya sido así. Las cosas nunca suceden como uno se las imagina, a veces suceden peor o al revés. Y cuando sucede eso, la vida apesta.

Te parecerá raro que te escriba en mi cumpleaños para solicitarte un somero abrazo azul. Pensarás que soy un ingrato, porque yo no lo hice cuando fue el tuyo. Pero sí recordé tu cumpleaños, es una de las tantas fechas que tengo tatuadas en el alma. Y te pensé. ¿Eso cuenta como una felicitación? La verdad en esos días tenía problemas con aquellas almas que sufrieron una rotura por parte de mi personalidad toda fea y chueca. Yo te pensé. Y si lo hice, exististe en ese instante para mí. Todavía lo haces, en lo profundo de la memoria…

Te escribo porque las personas que me pensaban con amor se han ido.  Hay una enfermedad que ha nacido para pasarse los días matando. Y esa gente que yo amo ha caído en ese sueño enfermo. Y yo aquí, solo, descuidado, sin sueño y aferrado a un respirador…

Te pido, con la paciencia que tiene tu extraño novio, que me pienses un poco. Porque si tú me piensas, entonces yo existo. Y yo quiero existir, para ti, para todos, para el arte.

Te mando un abrazo inmaculado, aséptico y sano. Que la vida te siga sonriendo como lo hace. Yo te veo, aunque tú no lo sabes, porque aquí, en Los Lugares Comunes tengo una vista espectacular.

Atte. Albertini.