Escondido tras los cerros que protegen el alma fugitiva de Zegarra, el célebre abigeo que convirtió los caminos, quebradas y recodos en rutas de escape, Zilencio languidece con el paso del tiempo. Los extensos pastizales en los que el ganado engordó con hierba inacabable, se marchitan lentamente y los campos de cultivo se muestran abandonados. Los arados y herramientas de labranza desperdigados en los surcos cuarteados de la tierra, son exponentes de la miseria en que cayó luego del gran terremoto. Las lagunas que refrescaron a los lugareños durante décadas están casi secas. El socavón minero, informal y clandestino, que enriqueció a unos cuantos, yace moribundo y las vigas de madera que lo sostienen, crujen con el ataque de las polillas.

De los pujantes fundadores que desviaron la ruta del río para sembrar los durmientes del ferrocarril, solo quedan descendientes somnolientos y asustados. Al parecer, nunca se liberaron de la maldición del periodista que testimonió la inauguración de la estación del tren.

Hace ciento diez años, el corresponsal de un diario capitalino, cuyo nombre se prohibió pronunciar para borrarlo de la historia, cubrió diariamente el progreso de la modernidad.

El hombre de prensa se ganó la confianza de las autoridades y ocupó la tribuna de honor para ofrecer uno de los discursos. Al llegar su turno, olfateó el aire y, sin razón aparente, afirmó que traía la peste del sonambulismo. Advirtió que estaba envenenado y afectaría al pueblo, no como una venganza bíblica, sino como una casualidad del destino.

Zilencio desestimó el augurio y, a medida que los nacimientos se dieron, fue más frecuente que las mujeres parieran críos que se levantaban de las cunas para aparecer lejos de casa, extraviarse o morir por la helada.

La histeria se volvió colectiva y algunos adultos se afectaron con ese trastorno. Unos rodaron las escaleras, otros fueron atropellados por caballos desbocados o se ahogaron al caer en las acequias.

Medio siglo después, el profesor Zurita ganó la alcaldía y, en su primer acto público, decretó, mediante edicto municipal, el destierro de la peste del sonambulismo.

A partir de entonces, y durante cincuenta años, Zilencio aportó a la escena nacional personajes desconcertantes. De su tierra salió un general revolucionario, dos diputados corruptos, un gobernador fugitivo, un congresista asilado y un asesino serial capturado y sentenciado a muerte en el extranjero. Sea como fuere, la aparición de estos personajes no impidió que las costumbres y buena voluntad de sus habitantes predominara.

El gran terremoto desmoronó las paredes de los cerros, descalabró el cauce de los ríos, desdibujó los límites naturales y descuajeringó los cimientos de las construcciones.  El aluvión que siguió fue la procesión de lo increíble, el cortejo fúnebre natural que no fue avizorado por los fugitivos del ejército de la resistencia que, al escapar del enemigo, no contemplaron el peligro de las murallas naturales que siempre rodearon Zilencio. El capricho geográfico los blindó por años, pero el final vino con la seguidilla de huaycos, al desmoronarse las fortalezas protectoras.

Sin pedir permiso, el gran terremoto fustigó la solemnidad del cementerio y destapó los ataúdes; le demostró al «más allá» que él estuvo por encima de la muerte, le sacó la lengua y condenó a los desenterrados a la calamidad más profunda.

Los fantasmas liberados aparecieron por todas partes. La mayoría no se conocía y vagaron a la deriva. La tropa fantasmal se convirtió en el hazme reír del inframundo. Desarraigados, expulsados y extraditados de sus tumbas, formaron la comparsa de lo inexplicable.

Desde el título, el libro Bocaditos para velorio llama la atención por imagen y contenido. Son una serie de microrrelatos y cuentos cortos que se han recopilado en una antología bastante amena a pesar de su fondo de fantasía oscura.

Oswaldo toma esta vez, desde un momento en que la muerte lo rodea como el mismo cuenta en el prólogo, una serie de ideas, experiencias y anécdotas de velorio que plasma en estos 50 textos que se dejan leer fácilmente. Bocaditos para velorio, es exactamente eso, pequeños y deliciosos tentempiés que puedes ir digiriendo poco a poco en diferentes momentos y lugares. Es un libro que a pesar de su tema denso, no es pesado; es bastante fresco y rápido de leer, quizás por la brevedad de los cuentos y sus variados temas.

Podremos ver tramas tan variadas como los fantasmas, monstruos, zombis, criaturas del inframundo, la misma muerte; así como temas más terrenales, de misterio, policiales, personalidades múltiples, personas con algún poder mortal entre tantos otros que el autor usa para crear los diferentes relatos que nos tendrán cautivados de principio a fin.

Estos distintos contenidos, en su mayoría, hablan de la muerte; de su presencia como parca, de la forma de llegar a ella, de lo que viven los que ya se encuentran en ese estado, de los que quieren conseguir justicia si fueron cegados de la vida.

Por otro lado, hay un pequeño grupo que toca otro tipo de temas como el amor, la participación de autores consagrados como protagonistas, como Lovecraft y Julio Verne y un par de cuentos con temas grotescos donde Oswaldo se luce con su vocabulario y su experiencia médica haciendo de sus descripciones una “asquerosa delicia”. Un ejemplo de ello está en este pequeño párrafo del cuento «El Gargajo»:

“Me concentro y en una especie de ritual aprendido, hurgo en lo profundo de mi árbol bronquial para capturar la flema remanente. La extraña sensación de que algo asciende por mi tráquea y queda detenido a medio camino, me sobresalta. Inhalo aire, organizo las fuerzas evacuatorias y el sonido anfórico del triunfo remece la habitación. Sin querer y en medio de la sorpresa, sale disparado el gargajo”.

Pero Oswaldo no solo nos trae una narrativa con descripciones de este tipo, también podemos encontrar cuentos con vocabulario y expresiones más urbanas y otros que llegan a tener un lenguaje lírico, como el siguiente:

«Regreso a casa»

“La casa está en el lugar habitual y la puerta cerrada es el único vestigio que queda en pie. La contemplo indeciso y se abre esgrimiendo el chirrido del ayer. Ingreso y el polvo de las habitaciones es tanto que parece haber hundido los cimientos. Es la muestra del tiempo atrapado en las paredes.

Las telarañas que protegen marcos y ventanas son tan tupidas que pueden atrapar fantasmas distraídos. Son expresiones de palabras fugitivas”.

Como verán, cada página de este libro es un descubrimiento de cuentos de diferente temática y de los estilos que maneja Oswaldo en los cuales se desenvuelve cómodamente. Vivirán pequeñas aventuras en cada texto corto que los llevará por diferentes caminos oscuros iluminados con la lucidez de la pluma del autor.

Revisaron el Manual de Normas y Procedimientos y no encontraron la sección pertinente. En el párrafo final del penúltimo capítulo solo se mencionaban medidas de seguridad y exigencia de personal experimentado. Asimismo, quedaba estipulado que el responsable debía ostentar buen juicio y sentido común.

Se miraron desconcertados y reclamaron la ausencia de datos específicos y concretos para una actividad que imaginaron remota, por no decir, casi improbable. Al no hallar la directiva respectiva, definieron el objetivo y discutieron cómo cumplirlo. Contaban con la logística, infraestructura física y recursos humanos.

El más joven releyó el manual y con voz desarticulada informó no haber descubierto alguna luz que los orientase. Entre la confusión reinante, surgió la voz de otro para relatar pasajes de una novela leída sobre el asunto que los convocaba. No fue de gran ayuda, pero sirvió para ordenar el plan de trabajo. De acuerdo a la historia escuchada momentos antes, un hombre patilludo y con tono gangoso tomó la iniciativa y dispuso las tareas. Aparentemente, el evento empezaría a tramitarse y solo el destino sabría cómo terminaría. La reunión finalizó al caer la tarde y tenían las órdenes escritas a mano. El patilludo fue muy detallista y recalcó extremar las precauciones a fin de evitar accidentes imprevistos o descuidos imperdonables.

Romero acondicionaría el escenario y aislaría el perímetro para enmascarar el acontecimiento. Mantendría a los curiosos alejados y preservaría la reserva del caso. Por su parte, Herrera seleccionaría el personal idóneo y confiable. Después de revisar la nómina alfabética, escogió a cuatro. Tenía dudas sobre Buendía, pero los otros tres eran disciplinados y eficientes. La discreción importaba mucho. Uno de ellos ejecutaría el plan y los demás serían simples comparsas, sabiendo de antemano que estaban de adorno. Los elegidos se enterarían después de la cena. La antigua amistad entre Buendía y Gómez era el principal inconveniente. Herrera se encogió de hombros y asumió que Buendía entendería y aguantaría a pie firme. Ordenes son órdenes, se dijo para tranquilizarse.

El aspecto logístico recayó en los buenos oficios de León. El patilludo lo conminó a proveer el material con pulcritud y operativo. León, enterado de lo que ocurriría al día siguiente, inspeccionó su área de responsabilidad y escogió lo solicitado. Verificó que estuviera en perfecto estado para no dilatar o posponer el desenlace. Asimismo, de uno de los anaqueles extrajo los accesorios complementarios y corroboró que eran los que correspondían. Separó uno diferente y lo guardó en el bolsillo del pantalón. No quería enredos ni confusiones. Muy temprano los repartiría en la zona escogida por Romero.

Ramos, el patilludo de voz gangosa, se entretuvo revisando el diseño de su imaginación. La luz mortecina del candil de la pared le permitió repasar el croquis trazado y el emplazamiento de la gente. El lugar escogido por Romero satisfizo sus expectativas. A simple vista, era un sitio algo alejado, libre de personas y rodeado por elevaciones naturales del terreno, las que lo disimulaban y protegían las zonas colindantes.

Ramos reconoció la eficiencia de sus subordinados. Romero le garantizó la integridad del evento y la lista de nombres entregada por Herrera lo tranquilizó. Antes de acostarse buscó a León y supervisaron los equipos a emplear. Sonrió de satisfacción y esperaría las cinco de la mañana para alistarse y cumplir lo estipulado en la reunión de la tarde.

A las diez de la noche la puerta se abrió. Buendía se dejó ver al trasluz del candelero que portaba y distinguió a Gómez. Fue necesario despertarlo y los ojos adormecidos del herido vieron el rostro cariñoso de su amigo. Buendía lo abrazó y observó el vendaje enrojecido que cubría su muslo derecho. Las manchas sanguinolentas recordaban la herida profusa que casi lo mató. Lo ayudó a incorporarse y notó el gesto de dolor en el movimiento. Al verle la lengua seca, solicitó un vaso con agua. Gómez bebió atorándose por el apuro y le clavó la mirada de agradecimiento. Estrecharon las manos de viejos camaradas y se despidieron hasta el día siguiente. Gómez soñó con los aires de libertad de su adolescencia y Buendía corría con él.

El amanecer los despertó inquietos y sobresaltados. El cielo neblinoso caía sobre la instalación militar y el corazón de sus efectivos. En pocos minutos la ejecución borraría la vergüenza propia y el escarmiento serviría de ejemplo para los que intentaran torcer el curso de la guerra. El pelotón de cuatro fusileros desarmados estaba apostado frente al poste enterrado por Romero. Gómez fue conducido a rastras y el camino de sus pasos se tiñó con las huellas sangrientas de la herida. Los dos hombres que lo empujaban de mala manera lo ataron con sogas alrededor del cuello y cintura. Con las manos amarradas por detrás de la espalda levantó la cabeza y sus ojos pitañosos vieron la cara del amigo eterno. La capucha cubrió su rostro y la oscuridad reinante se apoderó de su alma. León mezcló las balas y cargó tres fusiles con munición de salva y el proyectil mortal encajó en el restante. Cerciorándose que las armas estaban abastecidas correctamente, las entregó al azar. Los cuatro sabían que una de ellas sería la responsable de la muerte. El punto de impacto asignado era la zona cardiaca. Una bala bien dirigida sería suficiente para terminar con el desertor.

A la orden de Ramos, rastrillaron al unísono, adoptaron la posición de fusilamiento y esperaron.

─ ¡Fuego!

La voz gangosa del patilludo estremeció la infancia de Buendía y los recuerdos detectaron el peso extra del fusil. Alzó demasiado la mira y aceptó su destino.