Con mi cámara fotográfica en ristre caminé por las cálidas y risueñas calles del centro de Piura. Era un mediodía de marzo y a pesar de que el cielo estaba totalmente nublado, el bochorno se respiraba caliente y la piel se ponía pegajosa. De inicio registré, como lo hago siempre cada vez que piso por primera vez una ciudad, aceras y pistas durante los múltiples desplazamientos, sin origen y sin final, sin un mapa ni un horario prefijado. 

“Era un mediodía de marzo y a pesar de que el cielo estaba totalmente nublado, el bochorno se respiraba caliente y la piel se ponía pegajosa”.

Me acerqué intentando saber por el dueño de esas palabras, el cual andaba con el pelo completamente blanco, raya al costado y recién afeitado.

Y una vez más esas imágenes, como la de otros viajes, solo desplegaban secuencias visuales repetidas: texturas, huecos, sombras, manchas, rompe muelles, baches, el puro tránsito vehicular y peatonal. Cerca de la plaza de armas me detuve frente a un semáforo para fotografiar una carreta jalada por un burro, me dije que si esa misma carreta la viéramos en la gran Lima, seguro que cualquier auto o combi loca la embestiría porque no nos deja acelerar y porque seguro    para    muchos,    en      estos tiempos de la rapidez tecnológica, resulta una imagen muy anticuada. Seguí caminando, entré por la calle Huancavelica donde se ubican los cines, luego doblé hacia la avenida Grau y cuando me disponía a fotografiar el monumento a don Miguel Grau Seminario oí una voz que se alzaba y le aclaraba a un grupo de no más de diez personas: “¡Yo soy José Estrada, el inmortal, del que Mario, mi exalumno sanmiguelino, ha escrito en su Diccionario del amante de América Latina!”. A esa voz el tiempo la había vuelto tan áspera como un viejo automóvil en medio del calor asesino del verano piurano. Me acerqué intentando saber por el dueño de esas palabras, el cual andaba con el pelo completamente blanco, raya al costado y recién afeitado. Y no solo se le notaba mejor vestido que el resto, con una camisa blanca, pantalón plomizo y una corbata roja de nudo perfecto, sino que tenía como un aura de sabelotodo y al que todo transeúnte que pasaba cerca lo saludaba muy atentamente con la palabra “profe”, que seguro era resultado de apocopar “profesor”. Ya cerca de él, me clavó una reprochante mirada y como si me conociera me dijo: “Lea, lea, señorita, que nadie nace sabiendo”. Así, sin darme tiempo para responderle, alzó las cejas y se despidió palmeando mi hombro derecho.

“Ya cerca de él, me clavó una reprochante mirada y como si me conociera me dijo: «Lea, lea, señorita, que nadie nace sabiendo»”.

Cerré aquel empolvado libro, lo devolví a su lugar y recordé la frase de despedida de Estrada.

Sorprendida un poco regresé a mi cuarto de hospedaje, y mientras me duchaba, me pregunté quién era aquel octogenario, así que intrigada salí nuevamente y me dirigí a la biblioteca municipal, entré en la sala de referencia y ubiqué en el estante de los diccionarios esa obra que forma parte de una colección francesa de obras similares, todas tituladas Diccionario del amante de… Ubiqué “José Estrada Morales”, en la página 296 y leí: “Todos mis profesores del Colegio San Miguel han muerto, menos José Estrada Morales, que está más vivo que nunca  y  que  según  rumores persistentes, es inmortal. Su prodigiosa memoria me resucita detalles y frases de hace medio siglo con una claridad cenital. Nadie alentó tanto como él, en mis años de colegio, mi vocación literaria. Sin su ayuda, jamás hubiera podido presentar en el teatro Variedades –ahora asesinado y mudado en almacén– mi primera obra de teatro La huida del inca, en aquel año, venturoso para mí, de 1952…”. Cerré aquel empolvado libro, lo devolví a su lugar y recordé la frase de despedida de Estrada: “Lea, lea, señorita, que nadie nace sabiendo”. Ya afuera, respiré tranquila, miré el tránsito y algarrobas secas en la acera, además de polvo y livianos desechos de destino incierto, liberados de toda función e impulsados solamente por el airecito de la tarde.

¿Existe un abismo insalvable entre filosofía y literatura? Si escribimos Historia de la Literatura o Historia de la Filosofía, nos hemos de preguntar si alguna vez podremos escribir Historia de la Filoteratura. Ambos mundos son vastísimos, que no nos alcanzaría una sola vida para poder abarcarlos. Pero la pregunta principal no va por ahí, es decir, si podemos abarcar filosofía y literatura en todo nuestro programa de lecturas; más bien, si es posible hacer de la filosofía y de la literatura una sola.

Al parecer antes no existía la dicotomía Filosofía-Literatura; ambos eran lo mismo e incluso no se distinguía de la Religión, como los ritos sacerdotales. De esa manera tenemos a Empédocles escribiendo su filosofía en poemas; del mismo modo, Parménides. Podríamos decir entonces que hubo un tiempo en que filosofía y literatura estaban unidas, como si se expresara en un verso una hermosa metáfora y al mismo tiempo se develara los arcanos del universo. Otro nombre para esto sería la ‘alegoría’ o quizá el ‘mito’.

Pongamos algunos casos. Se dice que Platón antes de ser filósofo intentó ser dramaturgo. Ello puede ser verdad, pero qué lo llevó a dar un ‘giro filosófico’. Sin embargo, sus libros son piezas magistrales de buena literatura: quién no sufre la Apología, quién no aplaude el discurso de Protágoras en el Protágoras, quién no se siente inmortal luego del Fedón. Porque Platón, a diferencia de Aristóteles, usa recursos literarios y consigue hechizar a los lectores. Su libro, el Ion, nos dice que los poetas al escribir sus poemas no están en sus normales facultades, sino que poseídos por los dioses. Luego el propio Platón recomendaba prohibir la lectura libre de poesía, pues entorpecería la educación –filosófica- del alma. ¡Oh Platón qué injusto has sido contigo mismo con aquella sentencia!

J. P. Sartre en su autobiografía titulada, Las palabras, refirió que gustaba más de leer ficciones literarias que a Wittgenstein. Johannes Hirschberger en su ambicioso libro,  Historia de la Filosofía II, nos dice que Sartre es más literato que filósofo. El objetivo del francés fue plasmar en sus obras literarias sus postulados filosóficos, al igual que A. Camus.

Sin duda han quedado como buenos registros en la Historia de la literatura; creo que no en el de la filosofía. Por otro lado, Borges –se dice, nuevamente- habría intentado ser filósofo antes de ser escritor. Pero él lo descarta; siempre quiso usar la filosofía como recurso literario. Lo hizo de manera magistral. Su cuento “Las ruinascirculares” es un eco de las teorías platónicas. Y podríamos continuar con la lista: Goethe, Schopenhauer, Miguel de Unamuno… En la biblioteca Albertina, en Leipzig (Alemania), las Consideraciones intempestivas de Nietzsche están en la sección de literatura y no de filosofía.

El filósofo alemán es un caso más de nuestra exposición; no olvidemos que escribía en su juventud poemas y sentía gran admiración por Hölderlin. Este mismo era poeta y un cultivador de la filosofía.

O se es filósofo o se es escritor; a menos que nos colguemos de la rueda de la historia y volvamos al inicio y nos hagamos filósofos-poeta como los griegos. Mientras tanto, el puente que une filosofía y literatura es –y ha sido– provechosamente cruzado por los pensadores de ambos bandos. Filósofos y escritores se dan la mano, se miran, se abrazan, quizá también se compadecen. No sabemos quién podría ser más desgraciado o más feliz. Pero si se vuelven a unir, ser uno solo, no sabremos qué tipo de hombre surgiría o qué nos habría de anunciar.