En las adaptaciones cinematográficas son muy pocas las películas que logran emular el éxito del libro, sin embargo, son mucho menos aquellas que consiguen sobrepasar las expectativas hasta el punto de que ya la gente empieza a comentar como si estas no tuvieran algún origen literario, en otras palabras, la película empieza a opacar el libro. Considero que Alonso Cueto[1] tiene muy buenas novelas y cuentos, pero esta vez es Salvador Del Solar quien se lleva los laureles con esta espléndida adaptación. A continuación, presentaré una breve reflexión sobre la película por medio de los elementos que forjaron lo esencial de su trama.

En el filme, el personaje interpretado por Damián Alcázar, Harvey Magallanes, se muestra como el tipo de protagonista que se va movilizando de un lugar a otro por el circuito urbano de Lima. Asimismo, se puede observar que el personaje de Celina, al que da vida una magnífica Magaly Solier, despliega toda una gama de emociones, sensaciones y acciones vinculadas todas al hecho de no haber podido superar el pasado, su memoria se mantiene vigente frente a la obnubilación producida por el alzhéimer que tiene el coronel, con la destacable actuación de Fernando Lupi en este papel. Debido a ello, se manifiesta lo que podría entenderse como una metáfora del olvido. Se produce un careo no solo entre dos estratos sociales, sino también entre dos tipos de acontecimientos, pues la memoria indígena se mantiene vigente ante la memoria de los sujetos de poder, representada en la película por el coronel y sus soldados subordinados con los que estuvo en Ayacucho, la cual se articula simplemente como una especie de “borrón y cuenta nueva”, es decir, los desastres, crímenes y violaciones que llevaron a cabo bajo la consigna de hacerlo todo en nombre de la ley se instaura como algo que prácticamente lo han llegado a normalizar.

De esta forma, podemos situar la historia tal cual el retrato de una confrontación entre la memoria y el olvido. El inicio resulta ser bastante común y cotidiano, ya que, en realidad todas las acciones que se van manifestando son situaciones extraídas de la realidad, de una realidad social que se enlaza mediante las labores que ejercen los personajes. Así, Magallanes se desempeña como chofer de un taxi que le alquila su amigo, probablemente de ahí provenga esa homonimia en cuanto al nombre con el explorador español, pues el desplazamiento del personaje resulta muy notorio, y no solo por su rol de taxista, sino también por la inquietud que le produce esa angustia de querer enmendar su error, pues muy pocas veces se le ve en su cuarto, una especie de socavón oscuro, con una tenue luz del exterior e inundado por una soledad donde subsisten los recuerdos de su estancia en el cuartel de Ayacucho.

Es menester resaltar que Magallanes tiene un pasado como soldado que participó en el conflicto armado de los años ochenta, de esa época mantiene vigente una estrecha relación con Milton Ocharán, quien, además, le alquila el taxi con el cual Magallanes lleva a cabo su premeditado plan. Como se ha mencionado antes, se cuenta también con la presencia del coronel, un personaje de edad muy avanzada que ya no dispone de autonomía, pues el alzhéimer que padece lo presenta como una persona incapaz de reconocer hasta a su propio hijo, interpretado por Christian Meier, un exitoso abogado que goza de una buena y bastante cómoda posición económica y social. En contraste, encontramos a Celina, una joven mujer de ascendencia quechua que, si bien trata de surgir de forma emprendedora al poseer su propio negocio donde se desempeña como peluquera, ella esconde un terrible y doloroso pasado, quizá personificado en la figura de su hijo, un joven con habilidades especiales, al cual mantiene encerrado en un cuarto por temor al rechazo de las personas que podrían verlo. De este modo, cuando ocurre el altercado donde se revela la presencia de su vástago unigénito, y más aún cuando ella se da cuenta de la verdadera identidad de Magallanes, Celina percibe el recuerdo vivo de los abusos sexuales que padeció en Ayacucho por parte de los militares, pero, sobre todo, del coronel.

En ese sentido, mientras unos buscan la redención de sus agravios y otros procuran olvidarlo como si padecieran de la misma enfermedad degenerativa del coronel, habrá otros que no dudarán en reconstruir los sucesos tal cual como si hubiesen sido recientes. Ese es el caso de Celina, quien nos brinda un parlamento excepcional que vuelve a colocar a todos los implicados en la cruda realidad. Si bien sus palabras no llegan a ser entendidas del todo por los demás personajes al ser enunciadas en quechua, se logra captar aquello como un código perteneciente al pueblo andino que fue brutalmente violentado tanto por los terroristas como por las fuerzas del orden, pues estas palabras llevan una poderosa carga emocional que llegan a ser profundamente conmovedoras. Asimismo, se hace visible la pervivencia de una comunidad que aún anhela justicia, pero que lamentablemente debe soportar la incomprensión de una sociedad que no la reconoce como parte íntegra de una nación, sino que más bien cree que compensando económicamente podrá reparar los daños realizados y con esto obtener un olvido generalizado que cubra todo el desastre ocasionado por una supuesta fuerza del orden cuya función era protegerlos, esto personificado en las figuras del coronel y de su hijo.

Finalmente, Magallanes simboliza a todas aquellas personas que son conscientes de la situación nefasta que ocurrió y tratan de revertirlo con bastante persistencia en su caso él lo hace para hacer sentir bien no solo a la víctima, sino a sí mismo; sin embargo, se da cuenta que sus esfuerzos son insuficientes y eso le causa una mayor angustia, frustración y desesperación, puesto que aparentemente nada puede hacer salvo pedir perdón.

[1] Alonso Cueto es autor de «La pasajera» libro adaptado al cine con el título de «Magallanes»,