En la columna anterior, esbozamos la idea de “Contralectura”. Para aclarar el punto principal de nuestra propuesta, nos referimos con ella al hecho de leer de manera superficial un texto. Recordemos que un texto es un entramado de enunciados que guardan un significado y que puede ser interpretado por un lector. En ese sentido, la “Contralectura” es la incapacidad de recoger dicha significación conjunta, con lo que la lectura se hace superficial y plana, sin ahondar en el meollo del mensaje. Hemos empezado la presente columna con esta aclaración puesto que, al esbozar la idea, la relacionamos con una “lectura de segunda mano”; es decir, una lectura que no se acerca a la fuente primaria, sino a una interpretación de ella. Y sobre ello vamos a hablar en esta ocasión.

La nuestra es una sociedad a la que se le prejuzga como no lectora. Esta afirmación, el decir que los peruanos no leen, no es cierta, puesto que, si hablamos de cantidad, resultamos ser una sociedad muy lectora. El problema estriba en la calidad de lo que se lee. No es fácil crear un lector que escape de la “Contralectura”, sobre todo, en un medio como el nuestro que produce lecturas y lectores de todos los calibres. Todo resulta como una cadena, pues esta lectura superficial y “de segunda mano” es una práctica que se reproduce en los estratos sociales. Y, en este nuevo hábito, la culpa es de la crítica literaria, pues esta ha entrado en una irrevocable crisis.

Sobre la crítica literaria y sus dificultades ha escrito Peio Aguirre La línea de producción de la crítica (2014), donde se descubre el travestismo que esta ha asumido: el crítico literario ha dejado de ser crítico para volverse un publicista. Prueba fehaciente de ello son los escuetos comentarios de las contracubiertas de aclamados libros, vacías de sentido y de valoración; se limitan a frase como: “No pude parar de leer… ese libro es adictivo”, palabras que Sthephen King le dedica a la saga de Juegos del hambre; o “Es un libro impresionante, y haberlo escrito además de talento, demuestra un gran coraje” comentario de Mario Vargas Llosa acerca de La distancia que nos separa. En dichos comentarios, lo que se busca es acercar al lector y vender en producto, mas no presentar una postura crítica ni valorativa. Como se lee en las citas, no se trata de tazar el texto por su importancia social o estética, sino de promocionar un producto en el Mercado, del mismo modo en que se ofrecen cigarros, jabones o ropa. Si bien se acerca a un público lector, se sigue reproduciendo la Contralectura, como práctica dosificada de venta, es decir, como añadido lector, ya que no se inquiere un nivel profundo del texto.

La crítica aquí entra en un desbalance. En una sociedad rota, donde los modelos son efímeros, algo tan institucional como el crítico literario y su labor es fácilmente mudable por algo más afín al campo comercial. En esa línea, es necesario preguntarse ¿a dónde se ha ido la crítica?, ¿en qué gabán hemos dejado la lectura crítica?, ¿qué nos queda del pensamiento crítico? A estas preguntas podemos responder que la crítica ha dejado de ser en su esencia valoración para volverse publicidad, amiguismo o simpatía. Sin embargo, todavía persiste un sector que, marfileñamente, como en una torre de soledad, ha soportado los duros embates económicos, las presiones sociales, las querencias publicistas que a la crítica literaria se le ha exigido. Es a este sector, reticente, duro contra el cambio, aferrado a los lineamientos impuestos por las teorías duras (de esas que se repiten hasta tres veces en la universidad) que regresa renovado de la soledad, con un aura que le permite evaluar, pensar y valorar un texto. Y en ese silencio ciego, este crítico ermitaño ha perdido la capacidad del habla con los demás.

Me explico: La sociedad posmoderna, a la crítica literaria, le impone dos rumbos: 1) te quedas conmigo y te dedicas a la publicidad de libros de manera institucional; o 2) te aíslas con los otros críticos, renuentes como tú, en un lugar donde, entre ustedes, puedan comentar sus posturas y textos. Ya explicamos lo que pasó con los de la opción 1, que conlleva a la contralectura y esta a un acercamiento fútil al texto, a través de la interpretación de otro. Pero la opción 2 es la que verdaderamente le hace daño a la Crítica Literaria (sí, como mayúsculas). ¿Por qué? Pues es una crítica especializa, que, de tanto estar aislada, de tanto recorrer los mismos círculos literarios, ha creado un lenguaje alterno, codificado dos veces, es tan extraño que le permite dirigirse a un igual en esas mismas palabras.

El problema no es que surja una comunicación activa entre un crítico de este árbol o de otro; sino que el lazo primordial crítica-lectores se ha roto. Se ha roto y, además, se ha reproducido fractalmente, Desde la parte rota, se creó un circuito propio, donde un crítico escribe para otro; y entre ambos se fagocitan y construyen lenguajes secretos, que solo ellos puedan entender.

¿Qué pasa del otro lado? Naturalmente, los lectores también crean un nuevo circuito, entre lectores; pero ¿qué leen? Leerán lo que el “lector experto” (no necesariamente especializado, pero quizá sí el que tiene el hábito lector y capacidad de discernir) les recomiende, les sugiera, les comparta o les imponga. En todo caso, la lectura que aquí se realiza es la de la Contralectura. Primero, recordemos que tanto crítico y lector son lectores, solo que el primero es especializado en ello, y el otro es ocasional o intuitivo. Puede ser un buen lector, sesudo, analítico, pero no tiene respaldo institucional, por ello no pasa a ser lector especializado, ya que las puertas del conocimiento matriz no le han sido abiertas, ni las herramientas metodológicas mostradas. El crítico realiza una lectura crítica, el segundo una Contralectura.

A diferencia de un texto científico, los textos literarios requieren ciertos especialistas para que, con su ayuda lectora, los textos, sean entendidos en su totalidad, si acaso. Sin la ausencia de esta gente capacitada la contralectura se apodera del quehacer. Y, por ser fácil, se vuelve práctica común.

Volvamos con los críticos literarios, ¿qué es de ellos? Una parte se orientó hacia la Publicidad y el Marketing; los otros vivieron aislados, crearon su propia comunidad y su propio lenguaje. Y aquí es donde todo se quiebra; no para ellos, sino para los que nos resistimos a estos modelos actuales: a) el crítico-publicista; b) el crítico-ascético.

La crítica literaria tenía por meta valorar los textos que encuentre de importancia para una sociedad determinada. Valorar, enjuiciar y acercar al lector a la literatura. La crítica no puede ser autista porque debe charlar con el público, y no en un lenguaje que solo el crítico especializado entienda, sino que sea entendido por otros.

Por ello, urge romper con el molde de la crítica y sus discursos herméticos que acercan al lector especializado a otro que decodifique su lenguaje cerrado y nada más; mientras hacen ello, el lector intuitivo, desde cualquier barraca (como las redes sociales) van captando a otros lectores, que confunden un crítico publicista con un crítico literario. Y entre todos, en esa pirámide, reproducen la Contralectura. Pero ¿qué pasaría si la crítica literaria dejará su discurso cargado de ínfulas y conceptos que no cualquiera entiende y, sencillamente, dijera todo ello con lenguaje accesible al público? ¿Qué sería de esto? Pues que la contralectura sería desplazada por lectura crítica. La crítica, al acercar al lector al texto, está invitando a una lectura “de primera mano”, es decir, que el lector no solo entienda el mensaje de un interpretante, sino que lo cuestione y se anime a él mismo acercarse al texto y contrastar la verdad de otros con la que él puede construir.

Como hemos apuntado, esta es la dinámica que sucede en las redes sociales. Si hay algo que no entiendo, siempre hay un canal en YouTube que me lo explica mejor y en menos tiempo; o hay un grupo de Facebook que habla de ello, y, en los comentarios que se hacen del tema, alguna idea se puede extraer sobre el texto.; y nunca falta una página que explica todo con memes.

Para finalizar esta columna, este es el esquema de lectores que presento hoy, que están ordenados y categorizados según su función e impacto social.  En la próxima columna ahondaremos en ello. Esta es solo la presentación de una elucubración que busca reparar, resumir y reiniciar la crítica literaria con la premisa: “Volver a acercar al lector con la literatura”, muy distinta a la frase “Juntar al lector con el libro”, porque libros hay montones, lectores también. Los pocos son los lectores de literatura y la literatura en manos de un lector.

En el Capítulo VI del primer volumen de Don Quijote encontramos al cura, al barbero, a la ama y a la sobrina dentro de la biblioteca del caballero andante. Están a punto de decir qué hacer con los libros. Frente a ello, se pueden dividir en dos las posturas, las que tiene la sobrina y la ama, y la que tiene el cura y el barbero. La primera de estas, ve al libro como algo perjudicial, como la causa del dolor mental que atormenta al lector descuidado; la segunda, implica una lectura, por decirlo así, especializada, puesto que la defienden tanto el barbero[1] como el cura[2]. Para fines expositivos, podemos nominar ambas posturas como una postura “contralectora” y otra “prolectora”. El reduccionismo al cual recurro es con el fin de separar una lectura común de una lectura especializada. En este punto, deberíamos preguntarnos, apelando a nuestra capacidad ficcional, ¿qué hubiese pasado, de no estar presentes el cura y el barbero, con los libros de Don Quijote? Evidentemente, se puede afirmar que el destino de los libros estaba en la hoguera que ardería fuera.

Un destino equiparable es el que les espera a muchos libros en la actualidad. No digamos que arden en una hoguera, como reminiscencias de una inquisición que todo lo quema. Afirmemos, eso sí, que, así como lo libros arden hasta hacerse ceniza y luego nada, los libros son arrojados al hondo pozo del olvido, para caer sin fin, y no ser rescatados. Vivimos en una época acelerada (a la que, por cierto, no le vendría nada mal detenerse un poco), donde se publica mucho, en los distintos formatos disponibles, y la oferta lectora ha crecido; pero cantidad no quiere decir calidad. Precisamente, al ojo y gusto de un lector no educado, cualquier libro puede ser arrojado a la hoguera, sin importar aspectos técnicos, los aspectos de forma, puesto que, en una época de la representatividad, de la visibilización, pasan a un segundo plano. De este modo, lo político pasa a supeditarse a lo estético. Si bien todo acto estético es político, este debe ser consecuencia de aquel; lo político no debe primar sobre el objeto-arte.

 Ante el listado de títulos que se ofrecen, surge también otra retahíla de intérpretes, de gente apasionada que, generosamente, invita al lector desapercibido a digerir el nuevo texto, que es la interpretación que este hace del lector. Así, se crea un texto a partir de otro, pero es el segundo el cual se invita a leer, no el primera. ¿Las razones? Amplias: desde la falta de tiempo para una lectura sesuda hasta la mera pereza. Y creo que esta metáfora de la digestión es precisa. Nunca lo procesado va a superar a lo natural. Si entendemos que un intérprete consumirá el texto para luego entregarnos un producto final, llámese reseña, comentario, el mal llamado “artículo literario” (sobre estas denominaciones también quisiera hablar luego) o el defenestrado rótulo de “crítica literaria”, entonces, caemos en el facilismo y la rapidez que condena al sujeto posmodernos a la eterna costumbre de relativizarlo todo. El apasionamiento por la lectura, precisamente, debe generar desconfianza. No se puede realizar el acto serio de interpretar un texto sin atisbos de lucidez, que es de lo que se carece cuando lector se acomoda con la pasión, porque esta enceguece, nubla, borra la mirada crítica, crea un sesgo con el cual no se puede hacer objetivo.

Recordemos que la Literatura es portadora de conocimiento, y su finalidad, como la de toda ciencia, es generar episteme. Por ello, para evitar su estancamiento, es necesario zafarse de toda atadura seudointelectual como lo son, primero, querer digerir un texto a través de la lectura de otro; segundo, tratar de imponer una lectura globalizante; tercero, sostener que la nuestra es la lectura definitiva, y, cuarto, aunque suene contradictorio, dejar de relativizar todo.

Se ha empezado por darle voz al “lector incapaz” (entiéndase como tal a todo aquel que no puede generar conocimiento a partir de una lectura crítica, sino que vierte su visión personal sobre el objeto literario: recordemos que la identificación no es portadora de conocimiento. Así, el “lector incapaz” muestra una lectura errada, parcial y subjetiva de un texto, la cual se asume como episteme literaria. En esa línea, se debe recuperar la voz para el lector capacitado, el cual es capaz de reconocer (dada su formación cultural) un objeto literario, no solo por el simple hecho de estar frente a un texto escrito que represente una ideología o una sociedad; sino frente a todo un aparato artístico que, tras de sí, en sus sombras guarda a una mente creadora capaz de colocar cada pieza en perfecta armonía de modo que todo funcione como único todo que habla a un lector de muchas maneras.

Pululan en las redes comentaristas, opinólogos, reseñadores, seudocríticos literarios que ofertan una lectura verdadera, si no un resumen conciso y delimitado de lo que es un texto. Habría que, antes de confiar en su interpretación, atender su formación lectora y cultural. Es decir, tratar de saber quiénes lo llevaron por esa senda lectora, quiénes son sus padres literarios, sus gustos y, por qué no, su procedencia institucional. Esto último, seguramente, no es un aval de una formación de calidad; pero recordemos a la ama y a la sobrina del Quijote que, a falta de un respaldo institucional, su interpretación de los hechos les lleva a condenar a cualquier lectura por considerarla nociva. Lo que ven son las consecuencias más la esencia, en todo caso, no se atiende al proceso. Esto nos dice dos verdades que son terrible reconocer: primero, que el acto de la lectura no es para cualquiera; y, segundo, no todos están capacitados para leer un texto.

Quisiera hacer aquí hincapié sobre la etimología de la palabra “lectura”. Recordemos que esta proviene de la palabra latina legere, la cual significa elegir. Precisamente, leer es escoger la información que se ha de recibir. La información la recoge uno mismo, no otro. Por ello, la lectura de segunda mano no es aconsejable, ya que estamos frente a la información que alguien más ha escogido. ¿Qué queda para nosotros de aquello, si sabemos que no todo lo que se lee es procesado? ¿Por qué delegar en alguien no formado (la mayor de veces) la lectura que nos corresponde? Muchos dicen que leer es un placer; pero pocos reparan en que todos los placeres implican un lujo y ciertas condiciones para realizarse.

No caigamos en la posición contralectora que condena a la hoguera los libros. Acudamos nosotros mismo al texto. Mi función, entonces, es acercar al lector al texto, no decirles cómo deben leer, sino mostrar, con base, los lineamientos de mi lectura, argumentos que, por supuesto, son refutables, pero que intentan formar parte del conocimiento literario. De ahí la base de “La hoguera discreta”: un baluarte para el noble acto de leer. Todos entienden lo que leen, pero pocos logran ir más allá de la decodificación de signos. Por ello, agradezco infinitamente a los alumnos del Taller de Narrativa de este 2020 (y de los años anteriores) por haberme formado como lector y profesor. Esta columna se escribirá con un afán divulgativo y dialogador, para cruzar perspectivas, para ejercitar la lectura atenta y, sobre todo, acerca el lector al texto, reparar esa brecha acrecentada por la crisis que atraviesa la crítica literaria desde hace muchos años. Este corazón que se abre como un libro se los agradece.


[1] Recordemos que en la Edad Media e inicios de la Edad Moderna este oficio también realizaba la función de los cirujanos y dentistas.

[2] Demás está decir del predominio cultural de esta profesión.