Fernando es un niño adulto, un adolescente tardío, un hombre con alma infantil.

No tiene estudios secundarios, menos primarios. Mínimamente, y a mucho esfuerzo, logra leer y escribir, pero mal. Y sonríe.

Fernando se expresa pobremente al hablar y se dificulta al escuchar palabras desconocidas. Si no me entiende, solo finge entenderme y sonríe.

Miente y fantasea experiencias, cual escritor adornando su pasado para darle mayor realce. Y lo dice tan tiernamente ilusionado, que le sonrío para que sienta que le creo.

Vivió en la chacra desde niño. Ha trabajado sin remuneración por más de veinte años. Conoce a fondo sobre plantar, sobre animales de granja, sobre trabajo de campo y mil ideas que nunca me interesaron, pero que me tome el tiempo de escucharle, porque eso hacen los amigos, ¿no? Y a pesar de todo eso, hoy en día, lejos de su pueblo, sonríe.

Cuando lo conocí, le pedí a Fernando que anotara mi número y mi nombre. Fernando avergonzado fingió escribir. Cuando culminó, le pedí que me mostrara lo que apuntó. No apunto más de dos letras, mal escritas, y un número tras muchos nueves. Me molesté internamente. Estoy hablando como cojudo y no apuntas, pensé. No tuve la bondad de ayudarle a aprender a escribir, en cambio lo hice yo mismo. A lo que me agradeció y evitó explicar por qué no lo hizo él. Me sonrió y me dijo: Eres un buen amigo. No merezco el aprecio de tan buen corazón.

Discutimos sobre distintos temas. Él, con una visión que yo no comprendía, me planteaba sus gustos e ideas de lo correcto. Yo con mi forma de entender el mundo intenté reformularle sus prioridades, cuestioné su vida y critiqué su comportamiento. Él se molestó conmigo, o se deprimió; pero no me dejó de lado y solo dejó pasar las cosas. A pesar de mis ácidas críticas, que siento, que él no comprendió. Fernando seguía sonriendo. Él sin entenderlo era feliz. Y es mejor persona que yo porque ha sabido perdonarme.

Fernando se enamora, Fernando siente y me ha confesado sus deseos que son tan tiernos e importantes como los de cualquier persona. Fernando no es culpable de su pasado, no eligió dónde nacer. Cuando es sincero se nota, no titubea, muestra tristeza, pero no se derrumba, deja un silencio, suspira y sonríe.

Fernando es un enigma complicado de resolver, es un niño grande. Tentaciones de adulto, pero comportamientos de infante.

Yo me vestía distinto cada día, no podía admitirme vestir igual dos días seguidos. Fernando, en cambio, usaba el mismo atuendo para todo; cuidando extremamente sus zapatos.

Me siento culpable, y te pido disculpas, de haber mencionado alguna vez que tu casaca estaba vieja. Días después te compraste otra casaca que alternabas con la anterior. Supe internamente que te la compraste solo por mi comentario, perdón. Aunque te lo dije, me disculpe y tú sonreíste y lo negaste, y eso no lo entiendo, sonríes huevón, sonríes.

Quiere casarse algún día. Casi me saca lágrimas de felicidad cuando me lo dijo. Sé que lo logrará. Y espero que el niño grande que es Fernando llegue a la adolescencia y luego sea un adulto, tardío pero adulto.

El valor en el fondo de Fernando, es que tiene una visión distinta de la vida. Es bueno de corazón y pícaro, juguetón como un niño. Estar con Fernando me recordaba a estar a cargo de un hermanito. Probablemente él ignora voluntariamente sus responsabilidades, y no está exento de pecados en su vida, que no son necesarios de narrar.

Él se hace creer que no da para más, que así es la vida que le tocó y tiene que disfrutarla.

Fernando tiene deseos, metas y anhelos que son incongruentes, incoherentes o inexplicables; pero son factibles en su mundo.

Fernando intenta ser feliz, o sentirse serlo. Me enseñó, sin saber enseñar, que la felicidad es una decisión, no una meta.