de: Nardo <10030016@unmsm.edu.pe>
para: Edmundo Roca <Exxxxxxxxxxx@gmail.com>
fecha: 23 de abril del 2015, 19:13

J U A N M O R G A N

algo aburrido, la ciudad y su desbarate, todo predecible, hasta la ebriedad. Puedo afirmar que el aburrimiento es un síntoma de irresponsabilidad vital. Muerte, potestad sobre nuestros dogmas, nuestros territorios. Hijos nobles de Lucio Anneo Séneca. Intactos de temor, emancipados del tacto absurdo del miedo.

En fin, el sábado después de los ácidos me propuse varias cosas, algunas las recuerdo y otras sé que no las recordaré, uno poco puede hacer contra el deseo.

Es la época de la incertidumbre que se nos va tatuando torpemente en nuestro recuerdo, en la memoria, o qué sé yo, algo debe haber ahí más que materia. Esta necesidad es catastrófica porque perjudica mi desarrollo como persona social, no soy padre, hijo o amante; no me siento útil, parte o en contra, estoy apartado. Arruinado, algo limpio, pero ¿quién no se ha ensuciado?

de: Nardo <10030016@unmsm.edu.pe>
para: Sxxxxx Bxxx <nxxxxxxxx@gmail.com>
fecha: 23 de abril del 2015, 19:13

R O B E R T W A L S E R II

Fela Kuti – Afrodisiac

No sé si esto: la carencia de pasado, de recuerdos, sea un defecto o una virtud. Es más, los recuerdos no existen, o bueno, en realidad sí, pero no son lo que son. Por ejemplo: a los seis años, ‘recuerdo’ que mi padre mecanografiaba en una máquina grande, ploma y pesada la letra de la canción: Coplas del payador perseguido de Cafrune. Pareciera que ahora mismo escucho el traquetear de la máquina de escribir, que veo a mi padre sentado frente a su escritorio, que para mí era una especie de territorio privilegiado. Digo esto, porque siempre que mi viejo no estaba me sentaba en su silla, yo no entendía muy bien de que iba la vida, había muchas cosas que no me interesaban. Lo que me hacía hacer eso, era escuchar la metralla de la máquina, me gustaba, me sentía fuerte, sentía que mis dedos hacían música, pero una música de tronador.

Aunque nunca le ponía papel a la máquina, yo sentía que escribía los cuentos que papá me tendría que contar mañana, o corregía los cuentos que ya me sabía y que no me gustaban los finales. Escribía y corregía en el vacío, nunca había registro, solo el traqueteo arrítmico de mis dedos golpeando el borde metálico de la máquina. Recuerdo todo esto, pero en realidad, no es lo que pasó. Cada recuerdo es una invención nueva, nada puede repetirse, cuando uno recuerda, no hace más que generar una nueva imagen que imita lo más parecido posible a lo que pasó. Existir es una forma de dejarse ir, desaparecer. Nada puede repetirse, solo construirse lo más parecido posible, esa construcción que imita el pasado nosotros la llamamos recuerdos. Por eso nuestra nostalgia, nuestra saudade, porque nunca nos llegará a satisfacer del todo, porque sabemos que en el fondo nunca llegaremos al momento que pasó, solo un remedo, un bosquejo, una copia, una imitación. Uno nunca puede llegar a la plenitud con una copia, la originalidad de los momentos tiene un privilegio que

sabemos nunca podremos retener, nuestra memoria es imperfecta. No puede fotografiar de forma exacta, La vida es una especie de barco nómada sin estrella fija. En cambio, el recuerdo es un puerto estático, inamovible. Pero los recuerdos tienen su mérito, ese intento de traernos el pasado, nos ha hecho la vida un poco más llevadera. Nos gusta ese engaño, nos satisface, nos llena de congoja, nos hace creer en las mentiras, en la ficción. Somos un almacén de registros errados, de datos que emulan a la vida, pero siempre yerra, porque nada puede reemplazar a lo que uno vivió, a lo que pasó, a lo que no está, a lo que desapareció. Y este momento también está desapareciendo, mañana leeré este texto, y mi memoria intentará construir una imagen lo más parecida posible a lo que está sucediendo, para satisfacer mi egocentrismo humano de tener la capacidad de poseer el pasado, pero nunca será el momento que es ahora, porque ahora se va yendo por el hilo perfecto del vacío, de la nada y hacía la nada.

Desaparece.

de: Nardo <10030016@unmsm.edu.pe>
para: Sxxxxx Bxxx <nxxxxxxxx@gmail.com>
fecha: 22 de marzo del 2015, 23:09

R O B E R T W A L S E R
DESAPARICIÓN ANTES QUE DESESPERACIÓN

Las coincidencias, como el hilo viejo que entreteje nuestro destino, se enaltecen en el ruido ronco del abismo que es uno mimo: nuestra ciudad interior, el otro, nuestra multitud, los otros. Sabes, yo también tengo varias interrogantes que no espero responder, pero las tengo, las poseo o tal vez sea inversa y ellas en realidad, ellas sean las que se obsesionen anidar en mis pensamientos. Una de ella es ese extraño verde. Por ejemplo, hoy me topo con esto que menciona Magris: «aquel verde que se le escapaba, o sea el florecer, la estación, la linfa que en cambio el papel le absorbía el cuerpo, desecándolo en una sensación de pura e imponente aridez”. Los enigmas visten siempre delgados y sin sombra. El sol los peina a la distancia, mientras el viento besa las raíces que escapan de su cabeza. El drama de todo individuo es ser el observador, uno padece más observando. Son cuestiones ligadas a nuestros sentidos primitivos. Y claro, la medicación: química policial pura. Ya nadie quiere negociar con los agentes del orden, de lo establecido, del garrote y la furia, de la nanoviolencia y represión. La anarquía muy ligada a la desesperación y al desasosiego.

Nerval y Pessoa, hermanos de la misma hebra, hermanos de la misma hembra. Dictan en el enjambre de sus palabras, el arquetipo de un lenguaje oscuro y antiguo.

Ayer garuaba en Lima, prácticamente era el inicio pagano del otoño. Mis pensamientos crecían como mandrágoras sobre la ciudad. Una visión que se asemejaba a un cementerio lleno de amigos cantando a la vida mientras sus palabras escavaban sus propias tumbas. Recuerdo que se brinda mejor con la luminosa sangre del tributo del desahuciado. Ayer aparecí en México, no funcionaban los relojes, el universo detenido me extendía la mano y entre sueños cuidaba la dirección de mis pasos. Muchas catedrales, dioses y mujeres con

blusas bordadas de colores auténticos, como las piedras negras que construyen el misterio de la noche. Ayer saqué el vodka que quedó de hace una semana. Me invitaron a un concierto punk, pero desistí. Preferí la monotonía de embriagarme frente al monitor para construirme monosilábico. La angustia de perderlo todo. Ayer también decidí eliminar, o bueno, escribir un último post en un blog de los tantos que abro y cierro, esto fue lo último que escribí: www.todoseincendiayseva.blogspot.com/2019/11/si-te-entregas-al-mar-que-tu-barco-no.html

He decidido tener una especie de diario, por eso abandono este barco para ingresar a otro, más infausto y subterráneo. Soy un animal que regresa del mar. ¿Para qué? Para contemplarlo. Escribo esto y recuerdo a Wilde. Y mis banderas izan despedidas cortas, iluminaciones nocturnas que brillan como incendios sobre la superficie robusta del mar.

de: Nardo <10030016@unmsm.edu.pe>
para: Sxxxxx Bxxx <nxxxxxxxx@gmail.com>
fecha: 15 de marzo del 2015, 13:29

LA CHICA FUGUET[1]

“…con una mano escribo y con la otra me sostengo
Malcolm Lowry 
1/09/2013 16:44
No escribo, no leo.

Algunas personas me huelen a muerte, a azufre, a encierro. Por ejemplo, ayer: la chica Fuguet no paraba de hablarme de sus miserias. Tenía los ojos un poco más hundidos que la última vez. Sus conversaciones ya no giraban alrededor de temas como ansiolíticos o barbitúricos, ahora me hablaba del color y la energía de las estrellas. Le gustaba observar las líneas de las manos, por eso pienso que se quedó prendida un rato sentada frente a mí repasando todas las líneas de mi mano.

Me contó que la semana pasada estuvo en La Isla por Caral, y vio por primera vez una estrella fugaz. No le creí. No le importó. Decía que en los astros hay un mapa antiguo, una colección de fotografías del tiempo. Y que de alguna forma había rastros cartográficos en los lunares de mi rostro. También me habló del suicidio y su cercana relación con la cocaína, de sus amigos los pájaros y sus contradicciones.

Ella siempre se arrepentía cada domingo, es más le enfermaban los domingos, le dije que era normal y que haciendo un pequeño cálculo se podría concluir que los suicidios reincidían siempre más los domingos. Y las sobredosis los viernes, raras veces los sábados. No le gustaba hablar de cosas concretas como la muerte, pero si del flaco Spinetta, Luca Prodan o José Sbarra. Seguíamos en el malecón cagándonos de frío; yo más, porque no llevaba una polera puesta. Me invitó algo de hierba mientras lloraba. En realidad, nunca me dio curiosidad el origen de su estado. Percibía en ella como si de pronto recordara algo y lo inevitable se hiciera presencia. Lloraba, pero sin derramar una sola gota del vaso de plástico en el que bebíamos.

Yo le decía la chica Fuguet, porque la primera vez que hablamos, ella llevaba un libro de título «Tránsitos» de Fuguet. Me habló más de tres horas de él, y de los escritores cinéfilos. Hicimos un recorrido empezando por Juan M. Bullita, Cabrera Infante, Manuel Puig, Andrés Caicedo para terminar en Fuguet. Por veces se la notaba incendio cuando hablaba, en cambio otras veces no había rastro de luz en ella. Sus emociones transitaban en un subibaja impredecible, producto de todas las drugs que ella iba acumulando. Pero ayer estaba abandonada, cansada.

Era maja, pero olía a muerte.

Me dijo que ya era tarde, que teníamos que ir a otro lado, que hacía mucho frío, le respondí que sí, tal vez, que aún podríamos encontrar el bus. Se quedó callada, y empezó a hablar del mar. A ella nunca le gustaba el mar, sentía que no era su elemento. Es muy impredecible y salvaje, decía. En cambio, ella se sentía más río, fluir en una sola dirección, saber lo que vendrá después, predecirse. Caminamos hasta la plaza principal, todo el camino de subida era oscuro y olía a hierba, solo distinguía la forma de las personas moviéndose como sombras. Me dijo que aún no, que no se quería ir. Vayamos a otro lado más caliente, dijo y sonrió. Yo aún estaba puesto, y ahora era yo el que me quedaba callado. Recordé a Lauren de Perdidos en la noche, el cuento de Galarza que había leído horas antes de encontrarme con ella. No quería terminar en un hotel. Le hablé de otros temas. Me preguntó por Marcela, hablamos de ella y también de Monar, otro buen amigo. También me comentó de su primo Antonio y las frutas de los domingos, y de cómo murió su prima.

Tal vez la muerte, el frío, el alcohol y otras excusas me llevaron a pernoctar en su carne. 


[1] [El presente texto es parte del proyecto Correspondencias]