Resultará difícil al lector imaginar mi llegada a Danzig, en plena crudeza del invierno alemán. Durante este largo viaje, la diligencia tuvo que hacer varios altos, a fin de retirar la nieve que obstruía el ascendente camino. Pero al final la ciudad apareció: estrecha y a la vez majestuosa. Ella albergaba al filósofo más comentado en toda Europa, incluido Inglaterra, donde, como sabemos, solo con pinzas se toman las obras de cualquier kantiano.

Arthur Schopenhauer es kantiano, ciertamente. Y al igual que el filósofo de Königsberg, ha asumido un estilo de vida no ruidoso: es decir, dedicado a los libros y erradicado el matrimonio. Y es cierto también que los enemigos de Schopenhauer lo atacan comparándolo con el antiguo Séneca. ¿Hay una dosis de hipocresía en la vida de este, al parecer, modesto alemán? De mi parte, les puedo asegurar que, ante mis inquisiciones visuales, nada de ello se ha dejado revelar, y el hotel donde me recibió —el Hôtel Beauville— es tan austero que más serían bienvenidos aquí soldados de campaña que turistas aburguesados.

Schopenhauer se hallaba sentado en un tresillo de la antecámara, revisando el Times. Verlo era casi confundirlo con las cosas, porque mostraba una severidad, inclusive cuando me alzó respetuosamente la mano; y, durante la conversación que sostuvimos, mantuvo el mismo aplomo. Creo que todo hombre de nuestro siglo puede esperar esto del filósofo ilustre.

—Señor Schopenhauer —comencé diciendo—, entiendo que la «comedia de la fama», tal como usted mismo ha llamado a su tardío reconocimiento, implica el recibir a un corresponsal de un periódico casi completamente desconocido por estas tierras.

—La razón más concreta es que su periódico no lo lee nadie —respondió alcanzándome el objet—. En cambio, este diario inglés es leído por medio mundo y mire lo que dice: «Darwin’s theory has begun to overcome all philosophy…». Esto también es una comedia, ¿no?

—Usted ya conoce entonces la teoría de Darwin —dije—. Pienso que las ideas evolucionistas de este inglés superarán más bien, en vez de la filosofía, toda religión. Por fin el hombre se conocerá a sí mismo, ¿no cree ello?

—No. Lo de Darwin es pura artificialidad y todos estamos obligados a buscar la verdad.

—Le recuerdo que usted asumió una tesis evolucionista en su obra principal El mundo como voluntad y representación.

—Y yo le recuerdo que el prólogo de esa misma obra decía que había que leerse dos veces el libro. ¿Supongo que lo ha hecho?
Había previsto yo que la conversación con un eminente pensador no iba a ser delicada. Pero, en ese momento, lo que realmente me hubiera gustado era un poco de brizna, aunque sea la gélida de estos tiempos, que pudiera por lo menos revolotear sutilmente la partida cabellera del maestro. Solo que las ventanas estaban precintadas.

[Fin de fragmento]