La alarma del whatsapp le quita la somnolencia de la espera. Lee el mensaje y la entrega del pedido se hará en quince minutos. Se levanta del asiento donde hace guardia y va al baño para mojarse la cara. Pablo Castillo retorna y aguarda en el pasadizo que comunica el anfiteatro de anatomía con la puerta trasera de la facultad de Medicina Humana. Es el tercer pedido que ha hecho y todavía se pone nervioso. La situación no admite equivocaciones. La vigilancia policial durante el toque de queda instaurada para frenar la pandemia del COVID-19 no es broma. Ha conseguido la forma de agenciarse dinero extra en tiempos difíciles. Tiene la aprobación del jefe de logística y arregló el precio. Nadie se entera y cuando el gobierno restaure las clases universitarias, los estudiantes practicarán en cuerpos verdaderos y no en maquetas. Al estar en planilla tiene el sueldo asegurado, pero debe velar por sus dos mujeres que quedaron desamparadas, una como ambulante en el centro de la ciudad y la otra cocinando en un puesto de mercado.

            Tres golpes secos, contar hasta diez y repetirlos. La clave de acceso es correcta y abre el portón. Su figura obesa se dibuja en el dintel y la luz del celular alumbra la cicatriz en la mejilla derecha del recién llegado.

            ─ ¿Nadie te ha seguido?

            ─No, tayta, nadie.

            Lo hace pasar. Ambos usan mascarillas faciales protectoras y guantes de látex. El reciclador introduce el triciclo y debajo de una pila de chucherías extrae la bolsa negra que contiene el cadáver. Lo coloca sobre el hombro y con paso firme se dirige hasta la poza de formol. Lo desnuda y deja caer suavemente. Mete la ropa del muerto en un maletín de plástico y consigue nueva indumentaria. Bastará lavarla y usarla. Castillo le entrega el dinero convenido. Antes de despedirlo le solicita:

            ─En quince días necesito dos más, un flaco y una mujer joven.

            ─Un poco difícil, tayta. Lo llamo al celular…

Erasmo Pachas es uno de los primeros en sacarle la lengua al COVID-19. Nunca supo cómo se infectó y estuvo internado veinticinco días en una unidad de cuidados intensivos, conectado al respirador automático. Durante la convalecencia creyó firmemente que el virus le perdonó la vida por esquivar una matanza terrorista. El enemigo invisible no pudo torcer su destino y le dio una nueva oportunidad de vivir. El día que la subversión quemó el pueblo, estuvo escondido en el campanario de la iglesia y presenció el ajusticiamiento de las autoridades locales. Vio cómo sus amigos adolescentes fueron enrolados en el ejército popular. Al cumplir la mayoría de edad trepó a un camión, dejó su tierra natal y desafió los caminos plagados por subversivos y efectivos de las fuerzas armadas. El paradero final fue el mercado mayorista y con la ayuda de un paisano empezó a trabajar como estibador de frutas. Dos años después, con la espalda destrozada y una hernia lumbar, abandonó ese mundo. Lo ahorrado le permitió comprar un triciclo y comenzó a caminar las calles de la gran ciudad.

            Con cerca de treinta años como caminante callejero, recolector de lo impensable y revendedor de cualquier cosa, Erasmo Pachas está graduado en la universidad de la vida. Con maña y disimulo ubica a las potenciales víctimas. Sabe por dónde andan, en qué momento morirán y si serán recogidas por alguien. Es un sabueso que huele el aroma de la muerte. Por haber derrotado al COVID-19 se siente invencible. Piensa que está inmune y que no se contagiará nuevamente. Cree estar protegido de la parca que ronda por todas partes y que morirá por tuberculosis, acuchillado o baleado por extorsionadores. Si se cuida bien, cumplirá lo ofrecido y consolidará la nueva cartera de clientes. En su modesta opinión y precaria inteligencia, asume que el virus arrasará con el país y el sistema de salud colapsará, como ya está ocurriendo. De ser cierta su visión, se cansará de vender cadáveres y renacerá de entre las cenizas…

            Tres golpes secos, contar hasta diez y repetirlos. La clave de acceso es correcta, Castillo abre el portón. Su figura obesa se dibuja en el dintel y la luz del celular alumbra la silueta esmirriada del recién llegado.

            Entran en silencio. El visitante es de pocas palabras y ademanes frágiles. Baja del triciclo una carretilla y deposita el cadáver. Castillo lo ayuda a empujarla y la rueda delantera se atasca en una grieta del piso, ladeando el cuerpo. Castillo observa que el nuevo inquilino de su reino luce una cicatriz en la mejilla derecha. Le recuerda a un antiguo conocido.

            ─Era un colega ─musita el reciclador.