1


El día que papá supo que moriría pasó algo curioso. Estábamos yendo al consultorio de la gastroenteróloga; era su segunda cita con ella. Papá estaba tranquilo, miraba la calle a través de la ventana del taxi. Yo estaba nerviosa porque el día anterior me habían dado los resultados de su resonancia magnética y el término «Carcinoma» me daba una idea de lo que vendría.
Al llegar, quise ayudar a papá a bajar del taxi. Le extendí la mano, pero rechazó la ayuda. Antes de subir las escaleras, hacia el segundo piso donde se ubica el consultorio, intenté que se apoyara en mi brazo, entonces me dijo, un poco molesto:
—¡Yo puedo solo! ¿Acaso soy un viejito?
Yo no respondí.
Después de examinarlo, la doctora leyó los resultados y mirando fijamente a papá, le dijo:
—Ahora, los doctores debemos ser sinceros con los pacientes, porque tienen derecho a saber acerca de su condición para que luego sean responsables con su tratamiento. Señor López, usted tiene cáncer.
La doctora no hizo pausas, siguió hablando cosas que, según creo, tanto papá como yo no entendimos o no queríamos entender en ese momento. Miré a papá, quien permanecía incólume ante la noticia; no hubo una sola expresión en su rostro. Luego, la especialista empezó a recriminarnos que cómo era posible que nos hayamos demorado tanto en ir al médico. Yo no supe qué responder. Sin embargo, quería contarle a la doctora que papá odiaba a los médicos y solo iba al hospital si se sentía muy mal de salud. También deseaba hacerle saber que papá trabajaba en la sierra y que solo venía a casa los fines de semana. Al rato, me di cuenta que cualquier cosa que dijera sonaría a excusas y no arreglaría nada.
Sentí que el cuestionamiento de la doctora era un ataque: «¿Cómo no lo ayudaste?, ¿Cómo no lo supiste?, ¿Cómo no lo viste venir?». Yo no tenía respuesta para esas preguntas, ni para las muchas otras que se agolparon en mi cabeza aquella mañana, tampoco para ninguna de las miles que vendrían después.
Cuando salimos del consultorio, papá y yo quedamos en silencio. Bajamos las escaleras despacio; esta vez, se apoyó en mí. Escalón tras escalón, papá dejó de ser ese hombre fuerte que nunca necesitó ayuda, su espalda se encorvó y, como por arte de magia negra, se convirtió en lo que no quería ser… un viejito.


2


En enero de 2020, renuncié a mi trabajo en un colegio de Trujillo, donde me desempeñaba como asistente del director. Mi trabajo no me gustaba, era administrativo, de mucho papeleo. Sin embargo, yo era competente y amaba a mis compañeros, excepto a mi jefe, cómo no.
Ingresé a la empresa a mis veintiocho años, en el puesto de recepcionista; dos años más tarde obtuve un ascenso. Al principio estuve feliz. Hice amigos, ganaba lo suficiente para vivir sola, darme mis gustos y viajar en vacaciones. Viendo todos los beneficios que me reportaba la empresa, cualquier diría que era el trabajo perfecto. Sin embargo, tras doce años de lo mismo, terminé hastiada.
En el 2016, mi mejor amiga y yo hicimos un viaje por Europa. Quedé enamorada de las ciudades que visitamos en el tour, pero sobre todo de Madrid y Barcelona. Sus calles llenas de árboles, la tranquilidad de caminar sin el ruido de las bocinas de los autos berreando en cada esquina sin razón, la gente y el desparpajo de las conversaciones… Todo ese conjunto de elementos hizo que naciera en mi corazón el «bichito», el deseo de volver a España años más tarde para residir.
En octubre de 2019, tras varias averiguaciones, me contacté con un centro cultural español y, por primera vez, vislumbré la posibilidad de trabajar en Barcelona para cumplir mi sueño de volver al Viejo Continente. Cuando las negociaciones se concretaron, renuncié a mi trabajo. Mis funciones en Barcelona serían distintas a las que hasta entonces ejercía en la escuela de Trujillo; ahora, enseñaría manualidades a niños y adolescentes.
Todo se alineaba a mi deseo: dejar el trabajo que ya no me hacía feliz; acabar con una relación sentimental dañina de la que estaba segura no saldría sino con distancia y comenzando de cero. Lo poco que necesitaba para volver a empezar, quedó reducido a una maleta de 23 kilos y otra de 10, el resto lo regalé.
Los acontecimientos empezaron a suceder como si los estuviera viviendo otra persona y yo solo observaba: las varias despedidas que me organizaron mis amigos y otros que no lo eran tanto que de pronto sentían que me extrañarían; las muchas lágrimas que derramé; los incontables abrazos que di; el repentino «amor» que renació en mi expareja, amor que ya estaba muerto desde mucho antes. Sentir lo inevitable de una partida nos hace creer que hay más amor del que realmente existe.
Por ese entonces, ya se había oído noticias acerca de un extraño virus. Pero, así como el ébola u otros, lo imaginé lejano, ajeno a mí y al nuevo mundo que estaba por construir. De verdad, nunca creí que el virus llegara a Perú.
Viajé de Trujillo a Lima para pasar un tiempo con mi hermana Lily y sus hijas antes de partir, además, necesitaba realizar algunos trámites. Yo tenía un vuelo comprado en KLM rumbo a Barcelona para el miércoles 8 de abril de 2020. El 16 de marzo, en Perú, como si se tratara de una película, «El Observador» nos puso en stand by, como a casi todos los países del mundo debido a la propagación del COVID-19. Se paralizaron muchos proyectos; entramos en cuarentena. Mi sueño de llegar a Barcelona se redujo a espera, miedo, ansiedad e incertidumbre.
Sin viaje ni trabajo, casa o pertenencias, mi nueva vida y yo quedamos en espera. No había otra opción.