Se busca cementerio

Novela de fantasía oscura escrita en relatos breves

S/ 30.00

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Sobre el autor
Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Piura, Perú, 1955.

Médico y escritor. Cuenta con publicaciones en más de sesenta ediciones físicas y digitales, entre las que se encuentran las novelas artesanales «Vientos del Apurímac»,(…)

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Sobre el libro

¿De qué trata «Se busca cementerio»?

En dos mundos simultáneos, separados por el espacio y antecedentes históricos, un gran cataclismo geológico golpea dos pueblos pacíficos: uno en la sierra y otro al pie del litoral. Ambos cementerios sufren las consecuencias del desastre natural. Los fantasmas, desorientados e ignorantes sobre los sucesos, necesitan ayuda para iniciar el peregrinaje que los conduzca a la nueva tierra prometida. A través de cuarenta y cuatro relatos breves de fantasía oscura, Oswaldo Castro indaga entre las diversas situaciones tragicómicas, dramáticas o contestatarias de los personajes, dando cuenta que los más variados sentimientos persisten más allá de la vida. Con «Se busca cementerio» el doctor Oswaldo Castro, cierra la trilogía de relatos breves y microrrelatos de fantasía oscura iniciada en «Bocaditos para velorio» (2020) y continuada en «Gárgaras para ahorcados» (2021).

Extracto del libro

El escondite perfecto

Escondido tras los cerros que protegen el alma fugitiva de Zegarra, el célebre abigeo que convirtió los caminos, quebradas y recodos en rutas de escape, Zilencio languidece con el paso del tiempo. Los extensos pastizales en los que el ganado engordó con hierba inacabable, se marchitan lentamente y los campos de cultivo se muestran abandonados. Los arados y herramientas de labranza desperdigados en los surcos cuarteados de la tierra, son exponentes de la miseria en que cayó luego del gran terremoto. Las lagunas que refrescaron a los lugareños durante décadas están casi secas. El socavón minero, informal y clandestino, que enriqueció a unos cuantos, yace moribundo y las vigas de madera que lo sostienen, crujen con el ataque de las polillas.

De los pujantes fundadores que desviaron la ruta del río para sembrar los durmientes del ferrocarril, solo quedan descendientes somnolientos y asustados. Al parecer, nunca se liberaron de la maldición del periodista que testimonió la inauguración de la estación del tren.

Hace ciento diez años, el corresponsal de un diario capitalino, cuyo nombre se prohibió pronunciar para borrarlo de la historia, cubrió diariamente el progreso de la modernidad.

El hombre de prensa se ganó la confianza de las autoridades y ocupó la tribuna de honor para ofrecer uno de los discursos. Al llegar su turno, olfateó el aire y, sin razón aparente, afirmó que traía la peste del sonambulismo. Advirtió que estaba envenenado y afectaría al pueblo, no como una venganza bíblica, sino como una casualidad del destino.

Zilencio desestimó el augurio y, a medida que los nacimientos se dieron, fue más frecuente que las mujeres parieran críos que se levantaban de las cunas para aparecer lejos de casa, extraviarse o morir por la helada.

La histeria se volvió colectiva y algunos adultos se afectaron con ese trastorno. Unos rodaron las escaleras, otros fueron atropellados por caballos desbocados o se ahogaron al caer en las acequias.

Medio siglo después, el profesor Zurita ganó la alcaldía y, en su primer acto público, decretó, mediante edicto municipal, el destierro de la peste del sonambulismo.

A partir de entonces, y durante cincuenta años, Zilencio aportó a la escena nacional personajes desconcertantes. De su tierra salió un general revolucionario, dos diputados corruptos, un gobernador fugitivo, un congresista asilado y un asesino serial capturado y sentenciado a muerte en el extranjero. Sea como fuere, la aparición de estos personajes no impidió que las costumbres y buena voluntad de sus habitantes predominara.

El gran terremoto desmoronó las paredes de los cerros, descalabró el cauce de los ríos, desdibujó los límites naturales y descuajeringó los cimientos de las construcciones.  El aluvión que siguió fue la procesión de lo increíble, el cortejo fúnebre natural que no fue avizorado por los fugitivos del ejército de la resistencia que, al escapar del enemigo, no contemplaron el peligro de las murallas naturales que siempre rodearon Zilencio. El capricho geográfico los blindó por años, pero el final vino con la seguidilla de huaycos, al desmoronarse las fortalezas protectoras.

Sin pedir permiso, el gran terremoto fustigó la solemnidad del cementerio y destapó los ataúdes; le demostró al «más allá» que él estuvo por encima de la muerte, le sacó la lengua y condenó a los desenterrados a la calamidad más profunda.

Los fantasmas liberados aparecieron por todas partes. La mayoría no se conocía y vagaron a la deriva. La tropa fantasmal se convirtió en el hazme reír del inframundo. Desarraigados, expulsados y extraditados de sus tumbas, formaron la comparsa de lo inexplicable.

Índice

Zilencio

[1882]
El escondite perfecto

[2007]
Los sueños del alcalde
Por las puras
Los del socavón
Protestas de pacientes
Palabra de sacerdote
Alas y buen viento
Zoilo
Desarraigado
El manuscrito del doctor
Muerte imprevista
Adiós a la fosa
Nube de insectos
El aroma
El reclamo
Nuevas pruebas
El fugitivo
Los perros
Demasiada demanda
Los ojos
La carta de amor
Extraviado
Las iguanas
La búsqueda

Caleta Zoledad

[1747]
El refugio

[2007]
La pesca de siempre
Zantacruz
Deudas del pasado
La espera
Sin brújula
Zafado de varadura
Hechizado
Cruce de caminos
De otro mundo
Zartófagus
La neblina
La noche del acontecimiento
Zarratea
Diálogos de fe
El último diálogo

[2010]
El fantasma ubicado
Zancivar
El inicio
Polvillo de muertos