Los fallidos dados de Dios (Ebook)

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Sobre el autor
Luis Penas

Luis Penas

Chiclayo, Perú, 1991

Tiene un Bachelor of Arts in Spanish en California State University, Fresno. Su primer libro, Pakasqa: el desafío de los dioses, obtuvo el segundo lugar(…)

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Sobre el libro

¿De qué trata «Los fallidos dados de Dios (Ebook)»?

¿Dios hace trampa? Es la gran pregunta planteada en este libro de cuentos, dentro o fuera de la ficción. Las vueltas y revueltas del destino están presentes en el designio de los protagonistas esbozados por Luis Penas, joven escritor chiclayano radicado en Fresno, California, Estados Unidos. Los personajes de estas cuatro historias breves, que, sin duda, turbarán al lector, se dejan arrastrar irremediablemente por el azar y la ironía de las circunstancias.

Venganza por culpa del desprecio, deseos pecaminosos de un pervertido, una abuela injusta que irradia malestar y frustración a su alrededor, una madre que se arrepiente de sus actos son parte de este cuarteto literario que nos brinda Penas.

Pero detengámonos un momento, no anticipemos desenlaces, hay mucho por descubrir en cada episodio de este libro. Dejemos que los dados rueden y nos muestren su perverso desenlace.

Extracto del libro

Cuentas

Vuelves a contar cada dólar arrugado con olor a marihuana, vieja. Un olor que siempre te relaja. El humo de la varilla de incienso en tu mesa te acaricia el rostro, y nubla la bombilla de luz que cuelga encima de los dólares, pero no te molesta. Sonríes al darte cuenta de que los dólares van aumentando, sonríes con unos dientes carcomidos, amarillos. Toses. Ahora sí el incienso te ha fastidiado, y maldices en inglés.

Acomodas tu trasero gordo de tanta Big Mac sobre esa silla marrón de plástico. Agarras con firmeza los fajos de billetes sobre la mesa y empiezas, una vez más, a contar cada dólar arrugado. Sigues: cuentas cada vez más rápido. Tu corazón golpea salvajemente. Tus ojos se agrandan. Ríes, sobándote la nariz con el antebrazo, sin soltar el dólar restante. Veinte años, vieja, te ha valido juntar este dinero.

Habías empezado lavando platos en un pequeño restaurante latino, que a duras penas te pagaba el mínimo. No comías a veces, por ahorrarlo todo.

Tenías presente a tu hermana. Ella había sido tu motivación todos estos años, vieja. Tu motor, tu impulso.

La pila de los dólares sigue en aumento.

Das gracias al cielo, al infierno, a lo que sea. A estas alturas de tu vida, ya no te importa: sólo tu hermana. La regordeta mal teñida que te miró sobre el hombro aquel día y te dijo: «Yo tengo más plata que tú, ignorante de mierda». Tú sonreíste, serena. La miraste fijo a los ojos y te marchaste, muda, como si no hubiera pasado nada, pero se te había movido todo por dentro. Hasta amaneciste con un amargo sabor de boca.

Aquel día tomaste una sabia decisión.

Te largaste de ese país tercermundista que no te había dado más que unas pocas alegrías y una hermana cagona que te ninguneó desde el día que naciste. Pero ahora verán, vieja. Verán tu poder y sabrán quién realmente eres. Tú, la todopoderosa, la más-más.

Por eso, apenas llegaste a Estados Unidos, empezaste a ahorrar hasta el último penny, trabajando twenty four-seven.

Te cansaste de lavar platos y te marchaste feliz a trabajar a una tienda de electrodomésticos. Aprendiste hablar bien el inglés, y mucho más cuando te enamoraste del negro californiano que le entraba al negocio de la marihuana. Con él aprendiste que el amor lo soporta todo.

En tres años te convertiste en mánager de la tienda, y ganaste mucho más. El negro ya estaba en la cárcel, pero por amor o por cojuda, le pagaste la fianza. Así, te quedaste con la mitad de lo ahorrado. Y entonces fuiste más drástica en tu forma de escatimar: siempre estaba frente a ti lo que te obligaba a privarte de la cena y a rechinar los dientes.

Vieja, terminas de contar. Son trescientos mil dólares los que has ahorrado. Y te echas a llorar sobre la mesa regada con esos ojerosos y soñadores billetes. De repente el recuerdo del negro Joe aparece como un espectro, te posee, se impone ante el momento, parece congelar tus lágrimas por un segundo. Él también te cagó, vieja: te hizo abortar al hijo que tanto deseabas, para después dejarte tirada en mitad de una carretera.

Pero ahora tienes trescientos mil dólares. Mucho más de los que gana el dueño de esa tienda que te echó sin más, después de diez años de servicio, porque te tenía ganas y tú no le dabas el culo a cualquiera. Te largaste otra vez, con tus ahorros creciendo cada día. Te fuiste a vivir al valle central de California y te tuviste que meter de todo —menos de puta, claro—. Hasta trabajaste en el campo, con el sol destrozándote la nunca por cinco años. Pero ya sin darle chance al amor: esos ojos grandes color miel que enamoraban en tus mejores tiempos, ahora, opacados, solo brillan iluminados por el rencor.

Te levantas de la mesa. Respiras profundo: ahora es tiempo de volver, viejita. Mañana irás a esa agencia de viaje que siempre has visto con ilusión, a comprar tu pasaje de regreso. Aunque ya no encontrarás a tus padres. Sólo tu hermana queda viva y eso es lo importante. Llegarás a joderla, vieja. Ahora yo tengo más plata que tú, pues, le dirías, y también que te bese los pies. Que te los lave con sus lágrimas, si es posible. Ahora podrías incluso comprarla y hacerla tu esclava hasta que se funda.

Sacando pecho, caminas hacia una tosca alacena que descansa al lado de la cocina. Abres la puerta despacio y agarras un cigarrillo. Giras la llave del gas de la estufa para encender el cigarro. Fallas. No sale el fuego. ¿Esa era la que no servía? Dudas. Abres la otra hornilla y sale el fuego, vibrante como tus ojos. Acercas suave el cigarrillo y empiezas a fumar. Apagas el fuego. Te tranquilizas. Viajarás en dos días para que todos te admiren. Y ríes a carcajadas, abriendo los brazos, sintiéndote la reina de America. Sintiéndote el sueño americano en persona.

Ríes, vieja, ríes, y de tanto reír y chuparle al cigarro, te ahogas y empiezas a llorar. A llorar de ahogo y a llorar de rabia. Apagas el cigarrillo contra el cenicero. Sientes un leve dolor en la cabeza, y decides descansar un rato: mañana podrás pensar con más calma.

Te acuestas y te relajas, olvidando cerrar la hornilla que no funcionaba.

Índice
  • Cuentas
  • Diagnóstico
  • Abuela Sumak
  • Irene