Junta de propietarios (Ebook)

Cuentos sobre la triste realidad

¡GRATIS!

Prólogo: 
  • Tania Huerta
Categoría: 
Páginas: 
  • 65
Año: 
  • 2023
Sobre el autor
Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Piura, Perú, 1955.

Médico y escritor. Cuenta con publicaciones en más de sesenta ediciones físicas y digitales, entre las que se encuentran las novelas artesanales «Vientos del Apurímac»,(…)

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Sobre el libro

¿De qué trata «Junta de propietarios (Ebook)»?

Oswaldo Castro es médico de profesión, pero no por esto está imbuido solo en la realidad en que vivimos todos los seres humanos, en el día a día de una vida cotidiana y en el materialismo de la existencia mundana.
En sus textos nos hace conocer un mundo fuera de la realidad, con seres y situaciones que transforman está en momentos mágicos, trágicos o simplemente fantásticos. Trastoca, con pintas de fantasía, un mundo regido por el común de la vida.
Si bien, Oswaldo ha escrito en muchas revistas y antologías de editoriales reconocidas en el género fantástico, esta vez nos trae su opera prima literaria con una compilación de cuentos que caen creativamente en un realismo mágico urbano con una narrativa que no es fácil encontrar en otros autores de ficción.
Junta de propietarios es un libro que reúne diferentes historias, con temas variados y para todos los gustos, desde la vida aparentemente tranquila de las familias de un edificio miraflorino hasta las desventuras amorosas de una sensual mujer caribeña, todos ellos llevados a finales con vueltas de tuerca que sorprenden gratamente al lector. Los cuentos son sencillos, de lectura rápida por lo ameno de su contenido, con un lenguaje coloquial que te conecta con los protagonistas desde el primer momento y, en muchas ocasiones, te hacen remembrar alguna experiencia del pasado con nostalgia.
Las historias tienen en común que trastocan la realidad con la fantasía en forma tan sutil que te hace sentir que aquellos momentos irreales son parte de la vida diaria de cualquier persona.
En resumen, Junta de propietarios es un libro que te hará pasar gratos momentos, te arrancará una sonrisa, un pensamiento pícaro y un gesto de sorpresa en cada final inesperado.

Tania Huerta
Escritora y directora de Pandemonium editorial y Revista Aeternum

Extracto del libro

Los sueños de Clara

Desde el comienzo Clara fue la única que tuvo seguridad sobre el asunto: era mujer y el tiempo lo confirmaría. A veces su madre mencionaba los juegos hechos con su marido para adivinar el sexo que tendría, así como la alegría de los parientes cuando vieron que en la ecografía el feto no mostraba pene. Del mismo modo, su padre refrescaba la lista de nombres pensados para identificarla en la vida. Al final optaron por lo más fácil. Si nacía hombrecito, se llamaría Andrés como él y si fuera niña el escogido sería el de su cuñada, la misma que se había impuesto en el madrinazgo futuro.
Clarita, así le decía su mamá, siempre se portó bien y nunca causó problemas mayores. Al enfermar su madre enfrentó el primer desafío, acompañándola la semana de enfermedad. No quiso angustiarla más y, sufriendo en silencio, fue testigo ansiosa de su recuperación. Como no pudo ser de otra manera y, siendo tan estrecho el vínculo que las comprometía, se contagió solidariamente. Salió airosa del trance y siguió creciendo fuerte y sana. Ambas sobrevivieron a la virosis padecida y, según los médicos que las atendieron, ganaron el duelo a la infección. Su madre no quedó muy convencida con las aseveraciones de los especialistas y temió que padeciera complicaciones futuras. Sea como fuere, Clara ignoró la culpabilidad trasmitida y agradeció los mimos, cuidados y amor recibidos.
Clara, al ser la primera de la lista que su madre procrearía, ejercería su condición de primogénita y la usufructuaría en el bienestar de sus hermanos. Sin embargo, era consciente que aún no tenía edad suficiente para desempeñar el rol asignado. Nunca dudó del hogar que satisfizo sus expectativas a cabalidad. Tal como sus hermanos corroborarían luego, sus padres se esmeraron en proveerles lo mejor. Una sola vez Clara se incomodó y después cambió de opinión. Su padre, por obligaciones laborales, llevó a la familia al interior del país. A pesar de los ajetreos de la mudanza y los sobresaltos del traslado, Clara consideró que ese cambio de lugar influyó en todos. Acostumbrados a una amplia casa con jardín y parques cercanos, tuvieron que contentarse con una propiedad más modesta pero no menos cálida y acogedora.
Tato y Karlita aún no habían nacido. Desde los primeros paseos en la campiña, su madre la comprometía a ser el ángel protector en los juegos que realizaría con sus hermanos. Respirando el aire fresco que soplaba desde los cerros y escuchando el trinar de aves revoltosas estuvo convencida que jugarían en ese paraíso terrenal de riachuelos, paisajes y aromas desconocidos. Seguiría sus consejos y los llevaría por caminos seguros y sorprendentes. Les descubriría las maravillas naturales y los encantaría con mundos mágicos. Clara se esforzaría por cumplir la petición materna. En una caminata dominical escuchó a su papá prometer que alquilaría caballos para montar y una cabañita de madera en las vacaciones. Con estos sueños en mente, Clara no veía la hora en que su madre la bendijera con sus hermanitos.
Clara, fiel a su costumbre, acompañaba a su mamá en los quehaceres domésticos, convirtiéndose en su sombra irrenunciable. Jamás se consideró un fastidio o una presencia incómoda. Como si fuera una mochila a cuestas, reían en las habitaciones, ordenaban los cuartos, verificaban el almuerzo diario, apuraban a la empleada remolona, regaban el jardín, leían cuentos infantiles y aguardaban la llegada de la noche para cenar con papá. Poco a poco el nuevo hogar se enrumbaba y hacía olvidar la antigua casa. Al llegar la hora del descanso, Clara recibía las buenas noches de mamá y el beso cariñoso de papá. Cerraba los ojos y soñaba. A veces tenía sueños inquietos recordando alguna peripecia del día y sin querer se agitaba más de la cuenta. Al percatarse de su intranquilidad, su madre le hablaba muy despacio para confortarla. Clara, medio dormida, sonreía y seguía amándola más.
El gran dolor que Clara sintió, el único y terrible, fue cuando su madre rodó las escaleras del segundo piso y quedó inconsciente al pie de la consola de vidrio. Clara vivió horrorizada la caída y el largo recorrido, grada por grada, le pareció interminable. Quiso ayudarla pero se limitó a llorar en silencio y, presa de impotencia, esperó lo peor. Con el corazón agarrotado pensó haberla perdido irremediablemente. El primer golpe que su madre sufrió fue en el hemitórax derecho y, en un acto de acrobacia desconcertante, giró para golpearse la espalda y quedar con la respiración entrecortada. Luego, en medio del descenso incontrolable, la columna vertebral soportó la seguidilla de escalones. Sin poder cogerse de una mano salvadora dio varias vueltas sobre sí misma y terminó boca abajo. Totalmente aturdida fue incapaz de controlar el cuerpo y se deslizó sobre el abdomen. Finalmente, Clara escuchó el crujido de la cabeza al golpearse contra la baranda.
Clara soportó valientemente el accidente de su mamá. Sabía que en el interior de ella las contusiones en la zona abdominal habían sido severas y de pronóstico incierto. Fueron auxiliadas por la empleada y una ambulancia las llevó a la emergencia del hospital regional. En el trayecto se asustó con los latidos cardiacos acelerados y la dificultad respiratoria que presentaba su mamá. En su inocencia presentía que algo muy peligroso estaba por suceder.
Su madre estuvo internada en estado crítico y Clara la acompañó sin moverse de su lado. Compartió quietamente su sufrimiento y la pelea gigantesca para salvarse. La lucha fue titánica y Clara nunca se enteró si su madre salió triunfante de ella. Decepcionada, cerró los ojos y entendió que sus sueños de juguetear con hermanos que no conocería se esfumaron. Los médicos se resignaron en los intentos que hicieron por traerla viva al mundo. El parto inducido de su existencia frustrada mostró que hubiera sido tan bella como su mamá.

Índice
  • Prólogo por Tania Huerta
  • Los sueños de Clara
  • Rossina, La Cubana
  • Traganiños
  • La Carmela
  • Control de daños
  • Junta de propietarios
  • Rufino
  • Hasta siempre, baby
  • Ajuste de cuentas
  • Los cultivos
  • Cena navideña
  • Viaje al fin del mundo