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Poesía: Un poema inédito de Carlos Castañeda

Me encuentro escribiendo para dejar testimonio del horrible momento que…
Por: Martha Zoila Duharte Roca Un día lluvioso te vi…

[1]

Jueves frío de otoño
en el lodo de todos los días
en el vértigo que sella cada una de mis salidas
que tranca con picaporte y barreta a la esperanza
al sol que besa el asfalto
a la bulla, apaciguada en su paso.

Niebla blanca y espesa
lechosa catarata
que se posa en estos ojos angustiados,
llenando sus esquinas de tercas preocupaciones

  de ver el fondo del saco de arroz
  de la interrogante encima de mi torta

plegarias que se elevan buscando un respiro corto
rogando deje de apuntar con tanta maldad sus recibos sobre la sien.
Y se descuelgan los pasos cándidos a pisarme el cuello
entre risas de niños inquietos y la mirada pétrea de hombres sin rostro
que extraños rumorean
que extraños levantan sus cejas en desconcierto total.

(Mediodía y mi brazo descansa sobre una banca de fierro roído por la humedad)
Entonces caen sus flechas de luz sobre la espalda desnuda
y las palmas besan el suelo en sublime sumisión.
Socavando 
la maldad que como lluvia
marca nuestros hombros desnudos.
Hombros que han sufrido tanto
cuarteados como campo estéril
reseco ante tanta necedad
ante el vuelo altanero de su gente.

He vuelto a despertar en Lima otra vez
como hace treinta y tres años
con tantas amargas historias entre copas exaltadas
que giran alrededor de una mesa
perdiéndose entre el barullo y el sonido de vidrios baratos
que hacen salivar los corazones
derramando sabiamente la amargura en las heridas.
He vuelto a contemplar en Lima
las olvidadas esquinas del jirón Zepita
de sus hombres y mujeres
bajo un poste solitario
cegados de tanta humanidad desmedida
de esas puertas que nunca terminan de cerrarse.
¿Por qué no disparan en esta alacena que llevo en el pecho?
Será que he dejado soleando mi buen gusto.
Si he despertado,
si mis ojos se han enterrado en este punto negro de suelo
¿Por qué se pierden los colores? ¿Cuál es el precio en este gran mercado?

Y me miran los HOTELES
aquellos que no han sucumbido al tiempo
férreos pedazos de historia
donde ahogué mi primer amor.
Mamaé –dama que enseñaste el delirio–
ahora duermes discreta
bajo el título que pisotea los retazos de tiempo.
UNA VEZ MÁS CRISTIANANDO ESAS VEREDAS
(un taco nueve nigérrimo marcó el ritmo de las campanadas de mi iglesia laica)
y seguimos la misma fantasía
divinidades particulares que construimos
en la arrogancia
en ese ceño fruncido que demuestra la fragilidad,
aquella banalidad burguesa de tu oler a rosas
de estrujar mi cigarrera
porque el humo negro y gris
suele trasminar hedor a molicie

                          a reunión proletaria
                                  a izquierdistas radicales
                                     a confederación comunista

Esa es tu pasión por el hombre
el hombre-máquina que requiere el mundo
aquel producto de la alienación del trabajo
de esta separación embrutecedora
que cosen sus miedos a la demagogia
que lamen botas para aplastar a sus hermanos
que enjuagan miles de rostros tiernos
tendidos al crudo rectángulo oficinista
donde el dedo acusador del amo
cae sobre ellos
los aplasta
(Ellos requieren de nuestras bendiciones para renacer al nuevo día)