La Hoguera Discreta: La contralectura

En el Capítulo VI del primer volumen de Don Quijote encontramos al cura, al barbero, a la ama y a la sobrina dentro de la biblioteca del caballero andante. Están a punto de decir qué hacer con los libros. Frente a ello, se pueden dividir en dos las posturas, las que tiene la sobrina y la ama, y la que tiene el cura y el barbero. La primera de estas, ve al libro como algo perjudicial, como la causa del dolor mental que atormenta al lector descuidado; la segunda, implica una lectura, por decirlo así, especializada, puesto que la defienden tanto el barbero[1] como el cura[2]. Para fines expositivos, podemos nominar ambas posturas como una postura “contralectora” y otra “prolectora”. El reduccionismo al cual recurro es con el fin de separar una lectura común de una lectura especializada. En este punto, deberíamos preguntarnos, apelando a nuestra capacidad ficcional, ¿qué hubiese pasado, de no estar presentes el cura y el barbero, con los libros de Don Quijote? Evidentemente, se puede afirmar que el destino de los libros estaba en la hoguera que ardería fuera.

Un destino equiparable es el que les espera a muchos libros en la actualidad. No digamos que arden en una hoguera, como reminiscencias de una inquisición que todo lo quema. Afirmemos, eso sí, que, así como lo libros arden hasta hacerse ceniza y luego nada, los libros son arrojados al hondo pozo del olvido, para caer sin fin, y no ser rescatados. Vivimos en una época acelerada (a la que, por cierto, no le vendría nada mal detenerse un poco), donde se publica mucho, en los distintos formatos disponibles, y la oferta lectora ha crecido; pero cantidad no quiere decir calidad. Precisamente, al ojo y gusto de un lector no educado, cualquier libro puede ser arrojado a la hoguera, sin importar aspectos técnicos, los aspectos de forma, puesto que, en una época de la representatividad, de la visibilización, pasan a un segundo plano. De este modo, lo político pasa a supeditarse a lo estético. Si bien todo acto estético es político, este debe ser consecuencia de aquel; lo político no debe primar sobre el objeto-arte.

 Ante el listado de títulos que se ofrecen, surge también otra retahíla de intérpretes, de gente apasionada que, generosamente, invita al lector desapercibido a digerir el nuevo texto, que es la interpretación que este hace del lector. Así, se crea un texto a partir de otro, pero es el segundo el cual se invita a leer, no el primera. ¿Las razones? Amplias: desde la falta de tiempo para una lectura sesuda hasta la mera pereza. Y creo que esta metáfora de la digestión es precisa. Nunca lo procesado va a superar a lo natural. Si entendemos que un intérprete consumirá el texto para luego entregarnos un producto final, llámese reseña, comentario, el mal llamado “artículo literario” (sobre estas denominaciones también quisiera hablar luego) o el defenestrado rótulo de “crítica literaria”, entonces, caemos en el facilismo y la rapidez que condena al sujeto posmodernos a la eterna costumbre de relativizarlo todo. El apasionamiento por la lectura, precisamente, debe generar desconfianza. No se puede realizar el acto serio de interpretar un texto sin atisbos de lucidez, que es de lo que se carece cuando lector se acomoda con la pasión, porque esta enceguece, nubla, borra la mirada crítica, crea un sesgo con el cual no se puede hacer objetivo.

Recordemos que la Literatura es portadora de conocimiento, y su finalidad, como la de toda ciencia, es generar episteme. Por ello, para evitar su estancamiento, es necesario zafarse de toda atadura seudointelectual como lo son, primero, querer digerir un texto a través de la lectura de otro; segundo, tratar de imponer una lectura globalizante; tercero, sostener que la nuestra es la lectura definitiva, y, cuarto, aunque suene contradictorio, dejar de relativizar todo.

Se ha empezado por darle voz al “lector incapaz” (entiéndase como tal a todo aquel que no puede generar conocimiento a partir de una lectura crítica, sino que vierte su visión personal sobre el objeto literario: recordemos que la identificación no es portadora de conocimiento. Así, el “lector incapaz” muestra una lectura errada, parcial y subjetiva de un texto, la cual se asume como episteme literaria. En esa línea, se debe recuperar la voz para el lector capacitado, el cual es capaz de reconocer (dada su formación cultural) un objeto literario, no solo por el simple hecho de estar frente a un texto escrito que represente una ideología o una sociedad; sino frente a todo un aparato artístico que, tras de sí, en sus sombras guarda a una mente creadora capaz de colocar cada pieza en perfecta armonía de modo que todo funcione como único todo que habla a un lector de muchas maneras.

Pululan en las redes comentaristas, opinólogos, reseñadores, seudocríticos literarios que ofertan una lectura verdadera, si no un resumen conciso y delimitado de lo que es un texto. Habría que, antes de confiar en su interpretación, atender su formación lectora y cultural. Es decir, tratar de saber quiénes lo llevaron por esa senda lectora, quiénes son sus padres literarios, sus gustos y, por qué no, su procedencia institucional. Esto último, seguramente, no es un aval de una formación de calidad; pero recordemos a la ama y a la sobrina del Quijote que, a falta de un respaldo institucional, su interpretación de los hechos les lleva a condenar a cualquier lectura por considerarla nociva. Lo que ven son las consecuencias más la esencia, en todo caso, no se atiende al proceso. Esto nos dice dos verdades que son terrible reconocer: primero, que el acto de la lectura no es para cualquiera; y, segundo, no todos están capacitados para leer un texto.

Quisiera hacer aquí hincapié sobre la etimología de la palabra “lectura”. Recordemos que esta proviene de la palabra latina legere, la cual significa elegir. Precisamente, leer es escoger la información que se ha de recibir. La información la recoge uno mismo, no otro. Por ello, la lectura de segunda mano no es aconsejable, ya que estamos frente a la información que alguien más ha escogido. ¿Qué queda para nosotros de aquello, si sabemos que no todo lo que se lee es procesado? ¿Por qué delegar en alguien no formado (la mayor de veces) la lectura que nos corresponde? Muchos dicen que leer es un placer; pero pocos reparan en que todos los placeres implican un lujo y ciertas condiciones para realizarse.

No caigamos en la posición contralectora que condena a la hoguera los libros. Acudamos nosotros mismo al texto. Mi función, entonces, es acercar al lector al texto, no decirles cómo deben leer, sino mostrar, con base, los lineamientos de mi lectura, argumentos que, por supuesto, son refutables, pero que intentan formar parte del conocimiento literario. De ahí la base de “La hoguera discreta”: un baluarte para el noble acto de leer. Todos entienden lo que leen, pero pocos logran ir más allá de la decodificación de signos. Por ello, agradezco infinitamente a los alumnos del Taller de Narrativa de este 2020 (y de los años anteriores) por haberme formado como lector y profesor. Esta columna se escribirá con un afán divulgativo y dialogador, para cruzar perspectivas, para ejercitar la lectura atenta y, sobre todo, acerca el lector al texto, reparar esa brecha acrecentada por la crisis que atraviesa la crítica literaria desde hace muchos años. Este corazón que se abre como un libro se los agradece.


[1] Recordemos que en la Edad Media e inicios de la Edad Moderna este oficio también realizaba la función de los cirujanos y dentistas.

[2] Demás está decir del predominio cultural de esta profesión.