«La doble naturaleza del ser humano» por Óscar Perlado

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Muchos dicen o creen que las ideas están por encima del cuerpo. El cuerpo crece y se deteriora; es afectado por el tiempo. Pero mientras esto pasa, ¿el pensamiento permanece quieto, no se mueve? Nada más erróneo. Para pensar es necesario el movimiento. Haciendo una síntesis o una figura, el pensar puede resumirse en una serie interrumpida de oraciones. Vemos un árbol y nos parece feo o atractivo. Decimos, por ejemplo: «Qué árbol más feo» o «¡Qué maravilloso árbol!». Todo el tiempo estamos formando oraciones acerca de nuestras vivencias. Pensar es algo inevitable (al igual que esas breves pausas en que no pensamos). ¿Por qué? Porque también las ideas son afectadas por el tiempo. El mismo acto de pensar o razonar se da gracias a ese transcurrir, en que se suceden una tras otra las proposiciones que hagamos. Si no fuera por ese transcurrir, las ideas se quedarían sin desarrollar, si asociarse una con otra y no avanzaría nuestro razonar.

El hecho de hacer uso de nuestra razón no contradice lo que digo, porque la razón sigue siendo una capacidad de la mente. El hecho de que usemos la razón valiéndonos de nuestra voluntad, no quiere decir que el pensamiento cese cuando la voluntad está ausente; incluso no estamos seguros que la razón sea usada sólo en el estado consciente. Es posible que en el inconsciente se desarrolle dándonos soluciones que nos aparecen como intuiciones. Pero volviendo al tema, decía que la voluntad no puede impedir el pensar (de lo cual podríamos inferir que no somos el pensar) y que más bien, el pensar es algo en gran porcentaje, involuntario. ¿Pero cómo podemos pensar y no ser el pensamiento? ¿Cómo podemos desear y conseguir, y no ser voluntad? No somos el pensamiento, así como tampoco el silencio. Somos ambos.

Somos dos cosas al mismo tiempo: somos el ser que se desarrolla sin nuestra voluntad, nuestra naturaleza sin nuestro permiso y a la vez, nosotros mismos, el yo y la personalidad. Asumimos nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestros actos como propios, pero no son estos lo único que sucede en nosotros mientras existimos. ¿Eso qué quiere decir? Que nuestra naturaleza es doble, no somos sólo mente o sólo cuerpo. No podemos evitar ninguno de dichos procesos. Es probable que «vivir” en su doble naturaleza y por tanto complejidad se trate de una vivencia que en apariencia es totalmente mental o   totalmente física, cuando en realidad no ocurre ninguna de estas cosas por separado, sino que es un engaño de nuestra ansia de apoderarnos del mundo con la razón, razón que solamente le sirve a nuestra naturaleza.

Pero hay otro problema aquí, y es: ¿por qué destruir el planeta está dentro de las posibilidades del hombre? ¿Por qué tomar una decisión humana, mental, racional puede a la vez, destruir o mantener el orden mundial? Es como si la capacidad de elegir se nos hubiera dado para llegar a entender que todo depende de uno mismo, que somos dueños de nuestro futuro. La razón tendría el poder, la capacidad de crear la armonía o la estabilidad tanto del gobierno del mundo como de la conservación del planeta. ¿Estamos siendo lo suficientemente racionales en nuestras leyes, en nuestras decisiones políticas para sacar adelante el destino de una especie, que como ya hemos visto ostenta una gran poder y complejidad, una especie que vale la pena conservar? Al final todo depende de nosotros, de eso se trata nuestra libertad, pero también la necesidad de desarrollar nuestra razón, ya que es una posibilidad de nuestra naturaleza doble.