«El escondite perfecto». Cuento incluido en «Se busca cementerio» de Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Oswaldo Castro

Piura, Perú, 1955.

Médico y escritor. Cuenta con publicaciones en más de sesenta ediciones físicas y digitales, entre las que se encuentran las novelas artesanales «Vientos del Apurímac»,(…)

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Escondido tras los cerros que protegen el alma fugitiva de Zegarra, el célebre abigeo que convirtió los caminos, quebradas y recodos en rutas de escape, Zilencio languidece con el paso del tiempo. Los extensos pastizales en los que el ganado engordó con hierba inacabable, se marchitan lentamente y los campos de cultivo se muestran abandonados. Los arados y herramientas de labranza desperdigados en los surcos cuarteados de la tierra, son exponentes de la miseria en que cayó luego del gran terremoto. Las lagunas que refrescaron a los lugareños durante décadas están casi secas. El socavón minero, informal y clandestino, que enriqueció a unos cuantos, yace moribundo y las vigas de madera que lo sostienen, crujen con el ataque de las polillas.

De los pujantes fundadores que desviaron la ruta del río para sembrar los durmientes del ferrocarril, solo quedan descendientes somnolientos y asustados. Al parecer, nunca se liberaron de la maldición del periodista que testimonió la inauguración de la estación del tren.

Hace ciento diez años, el corresponsal de un diario capitalino, cuyo nombre se prohibió pronunciar para borrarlo de la historia, cubrió diariamente el progreso de la modernidad.

El hombre de prensa se ganó la confianza de las autoridades y ocupó la tribuna de honor para ofrecer uno de los discursos. Al llegar su turno, olfateó el aire y, sin razón aparente, afirmó que traía la peste del sonambulismo. Advirtió que estaba envenenado y afectaría al pueblo, no como una venganza bíblica, sino como una casualidad del destino.

Zilencio desestimó el augurio y, a medida que los nacimientos se dieron, fue más frecuente que las mujeres parieran críos que se levantaban de las cunas para aparecer lejos de casa, extraviarse o morir por la helada.

La histeria se volvió colectiva y algunos adultos se afectaron con ese trastorno. Unos rodaron las escaleras, otros fueron atropellados por caballos desbocados o se ahogaron al caer en las acequias.

Medio siglo después, el profesor Zurita ganó la alcaldía y, en su primer acto público, decretó, mediante edicto municipal, el destierro de la peste del sonambulismo.

A partir de entonces, y durante cincuenta años, Zilencio aportó a la escena nacional personajes desconcertantes. De su tierra salió un general revolucionario, dos diputados corruptos, un gobernador fugitivo, un congresista asilado y un asesino serial capturado y sentenciado a muerte en el extranjero. Sea como fuere, la aparición de estos personajes no impidió que las costumbres y buena voluntad de sus habitantes predominara.

El gran terremoto desmoronó las paredes de los cerros, descalabró el cauce de los ríos, desdibujó los límites naturales y descuajeringó los cimientos de las construcciones.  El aluvión que siguió fue la procesión de lo increíble, el cortejo fúnebre natural que no fue avizorado por los fugitivos del ejército de la resistencia que, al escapar del enemigo, no contemplaron el peligro de las murallas naturales que siempre rodearon Zilencio. El capricho geográfico los blindó por años, pero el final vino con la seguidilla de huaycos, al desmoronarse las fortalezas protectoras.

Sin pedir permiso, el gran terremoto fustigó la solemnidad del cementerio y destapó los ataúdes; le demostró al «más allá» que él estuvo por encima de la muerte, le sacó la lengua y condenó a los desenterrados a la calamidad más profunda.

Los fantasmas liberados aparecieron por todas partes. La mayoría no se conocía y vagaron a la deriva. La tropa fantasmal se convirtió en el hazme reír del inframundo. Desarraigados, expulsados y extraditados de sus tumbas, formaron la comparsa de lo inexplicable.