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Cuento: «Sol de medianoche» de José Mauricio Berrospi

He cavilado ya bastante alrededor de tu pregunta, y créeme…
Hoy es un día muy especial. Mi hijo menor está…
ISe levantan los hombres de Soly caminan hacia los arrecifesintentando…

La melancolía es la tristeza convertida en luz.

Ítalo Calvino

Y esperas al bus, al mismo de siempre, como cada día, como todos los días. Desde hace varios años haces lo mismo. Aunque sabes bien que todo es basura, todo, cada cosa, cada persona que ves y que te mira y que te habla. Sabes cómo son todos y aun así insistes en levantarte de esa pútrida cama cada mañana a la misma hora y con las mismas ganas de dejar de despertar, de dejar de seguir a tus pies que, involuntariamente, caminan y caminan por las calles, los postes y los basurales de siempre, y los odias, los odias porque no cambian de ruta nunca, porque te obedecen sin protestar y te conducen a la miseria siempre e incansablemente por el mismo rumbo.

Quieres dejar de creer que ya no tiene propósito levantarse para ir a enfrentar al mundo que tan mal te trató. Lo piensas mientras al borde de la cama intentas, a ciegas, encontrar tu par de sandalias que por algún lado deben estar. Lo piensas cada amanecer al escuchar cantar al gallo que tu vecino cuida desde hace un par de años. Encorvado te restriegas los ojos, sucios, abúlicos, y de pronto te percatas de la respiración de tu pareja o esposa o lo que sea, la sientes, tan profunda que casi puedes tocarla en el aire, espeso. Suspiras lentamente, tristemente y comienzas a sentir que, más allá, a unos pasos de distancia, tus dos hijos duermen tranquilos, sin preocupaciones, como solías hacerlo tú también años atrás. Sabes que no te queda de otra y por fin te paras y a tientas, con las sandalias puestas, intentas ahora encontrar el interruptor del único foco de luz que ilumina el cuarto, tu casa, tu pedazo de tierra en La Tierra. Lo encuentras. Lo prendes. Caminas con mucho cuidado porque tu mujer ya comenzó a estirarse, a restregarse, a abrir los ojos… ¡Ah! Y para no despertar a tus pequeños.

Pasan y pasan buses por la pista de aquí y la de en frente, pero ninguno es el tuyo. Notas que más gente empieza a llegar al paradero, son muchos y se acomodan como pueden o como creen que tendrán más posibilidades de subir al carro. Una pequeña masa de pequeñas personas, que se aglutinan y empujan levemente mientras alzan la cabeza para ver por encima de otras cabezas, también alzadas, si viene el carro y, efectivamente, allá viene, medio vacío, medio lleno, con el espacio apenas suficiente para todas esas personas que, aun sabiendo que alcanzarán, no dudarán en meter sus pies y sus cuerpos por delante de los otros para asegurar su viaje. El carro está cada vez más cerca, pero aún tienes tiempo de contemplar el paisaje, tan opaco, sin vida, sin colores, como visto a través de los ojos del perro que enroscado duerme o parece hacerlo pegado a la pared del puesto de periódicos que se perfila en aquella esquina, mientras exhibe, de cara al sol (que debería estar ahí), sus costillas tan pegadas a la piel, mientras los insectos que merodean su alrededor, lo consumen, mientras esperas. El bus llegó hace apenas unos instantes, pero ya no hay casi ninguna persona en el paradero, así que te apresuras a subir y cuando lo logras, ante la indiferencia del chofer, notas también las mismas caras de cada día, de todos los días y sabes que, de nuevo, bajo los colores muertos de los edificios y el cielo, un día más para que sobrevivir, comienza.

Prendes tu celular para ver la hora: cinco y quince de la mañana. Debes salir diez minutos antes de las seis para poder llegar al paradero y así alcanzar suficientes pasajeros. ¿Qué hacer? Alistarse, claro, por supuesto, que qué pregunta es esa. ¿No te estarás haciendo más imbécil, no? Que no, qué va a ser, solo, pues no hay ganas, como todos los días. Eso, eso es. Vas al baño, te vuelves de un lado a otro en la casa para alistarte. En la cocina se prepara el mismo desayuno de ayer. Los niños comienzan a moverse por el ruido que llega de todos lados y los despierta. El agujero de la pared avisa que no hay sol, no hay día y que más bien hay todo lo contrario. Te sientas para comer bajo la amarillenta que luz parece aplastarte y hacer más pesados tus treinta y dos años y recuerdas lo que te dijeron tus compañeros la noche pasada -que hoy harán operativos por acá cerca y por allá lejos. Que los fiscalizadores estarán en las avenidas principales por donde tú trabajas. Que no vayas, Jesús, puede ser peligroso, te quitan el carro, te ponen multas, te insultan, te joden. ¿Que te llega al pincho? Venga, hombre, hasta puedes ir preso. ¿Que qué importa? Bueno, es asunto tuyo, pero, mira que te avisamos, eh- mientras terminas de llevarte a la boca el último pan, mientas te despides de tu mujer, mientras sales a prender tu cúster para ir a trabajar no porque quieres, sino porque lo necesitas, mientras piensas que en realidad sí te preocupa salir hoy porque si pierdes el carro, pierdes todo y no pues, no, no quieres volver a las calles. ¿O sí? No, quién va a querer volver. No, por mis hijos, no.

Hay tanta gente que es difícil moverse y aunque estemos en primavera, aquí parece verano. Te acomodas, empujas, buscas un sitio donde crees tener asegurado un asiento porque ya conoces al que está sentado ahí. Claro, solo de vista: toma el mismo bus, baja en el mismo paradero, siempre, desde hace años, claro, justo como tú. Es igual a ti. ¿Cómo? ¿Igual a mí? No, para nada. ¿En qué nos parecemos? En todo. ¿No te das cuenta? En lo que hacen. Son lo mismo. ¿Triste, no? ¿Qué vas a hacer? Nada, bueno, a ver, qué hay hoy. Miras el celular de la chica al lado tuyo. ¿Está simpática, no? Sí, un poco, qué más da. Alcanzas, a penas, a ver la hora. Uffff, al menos hoy llegarás temprano, mientas tratas de estirarte como puedes porque nos has dormido ni seis horas y duele, duele todo el cuerpo, como si hubieras hecho ejercicio, pero recuerdas que la última vez que lo hiciste fue a inicios de enero cuando te prometiste que este año cambiarías tu estilo de vida y, como todos los años anteriores, te duró, ¿cuánto? ¿Me dices cuánto, por favor? Una semana y media, ja, ja. Sí, sí, ríe. Ríe. ¿Qué queda?

La mañana te recibe fría y a penas luminosa. Quieres que sea un mejor día que ayer y empiezas a desearlo, a pensarlo y a pedirlo mientras te pasas el pulgar por la frente ­—tic, tac— y el pecho —tic, tac— dibujando una cruz que trata parecerse a la del santo que cuelga del parabrisas que se mece y mece —tic— como un reloj —tac— de péndulo. Has repetido esa acción tanto como veces te ha fallado. Ya hasta parece que lo haces por costumbre, por inercia. Dejas el destino de tus días a aquel ritual que aprendiste de mamá cuando eras niño. Sí, ese, ¿te acuerdas? Cuando la veías en los amaneceres y en los atardeceres inclinada hacia las velas, musitando que dios mío, por favor, que no vaya a explotar una bomba por acá, con los puños y los ojos tan cerrados que parecía no querer volver a abrirlos. Claro, lo hacía con tanto fervor, que no podías evitar conmoverte, si hasta llorabas igual que ella: fuerte, fuerte, raspando los dientes, mascullando que mira que mi marido no viene desde ayer, que pobre, por favor, de seguro aún no encuentra trabajo, sí, sí, eso debe ser; mira que ya no queda casi nada para comer y allá afuera la gente ni sabe si volverá a casa, por favor, apiádate, ayúdanos, señor, mientras lágrimas se deslizaban por sus mejillas e iban a formar un pequeñísimo charco en la mesa que se teñía de naranja por la luz natural que se filtraba por un hueco que dejaba ver el cielo, casi, casi rojo. Y suspiras: a ver qué sale hoy. Sientes unos golpecitos en la ventana: señor, ¿vas a la estación del metro? Sí, sí voy. ¿Que cuánto? Cinco soles nomás, amigo. 

Vibra el celular en tu bolsillo, no puedes sacarlo, necesitas de tus dos manos para sostenerte de pie. El tipo aún no se baja. Volteas a la izquierda, un hombre —¿Cómo se mantiene de pie?— chatea con su ¿pareja? Y te enteras de que está igual que tú, que él, en un bus, al otro lado de la ciudad, avanzando lento por el tráfico, sí, el tráfico de mierda, ¿qué jodido está el tráfico, no, amorcito? Sí, amor, pero siempre ha sido así, la misma basura todos los días, ya ni para renegar. Ay, sí, amor, pero, ¿sabes qué es lo que más me jode, me fastidia, me MAR-TI-RI-ZA al viajar así? ¿La bulla? Ja, ja. Qué música habrán puesto en tu carro. No, no, eso no, sino este olor de mierda, todos los días, no hay ni una sola vez, por estos lugares, ni un carro que se salve. ¿Cómo así?  Amor, no sabes lo horrible que es viajar oliendo a axila por un o unos pendejos que no saben lo que es un desodorante, qué asco, de verdad, es tan desagradable… ¡Ahh, no se puede ni dormir, carajo! Estoy sentada, pero esto es insoportable en serio, qué tal conchudez, ¡se pasan! El tipo, sumido en celular, se queda viendo la pantalla un rato, como pensando qué responder. Vaya, ¿cuántos buses estarán así hoy? A ver, oye, amigo, disculpa, perdón, permiso, sí, sí, ya voy a bajar, permiso, por favor. Pase, pase. Sí, pero mueve tu mochila, pues, ya ,ya, gracias. Baja el tipo, junto con tres o cuatro personas más. Te sientas, acomodas, juegas con tu cabello, respiras hondo, al fin sentado, piensas, descansaré un rato al menos, mientras ves las filas y filas de vehículos a tu alrededor avanzado en patrones de uno, dos minutos y oyes el claxon de la camioneta de atrás sonar, mientras se le suma uno y otro hasta que: ¡Oiga, señor, apúrese, pues! ¡Tenemos que ir a trabajar, otros a estudiar! ¡Apúrese! ¡Ya lleva buen rato acá! ¡Apúrese! Grita un señor, casi anciano. Y el bus, vuelve a avanzar.

Han pasado catorce minutos. ¿Cuántos pasajeros faltan para llenar? Uhmm: dos. Ya, uno más y vamos, el otro lo encontramos por el camino. ¿Oiga, señor, a qué hora va a salir? ¿Cuánto más va a esperar? Ya pues, ¡no tenemos todo el día! Sí, sí, señorita, no se preocupe, ahorita, ahorita salimos, solo uno más y vamos. Ahí viene uno. ¡Sube, sube! ¿Cuánto? Cinco soles nomás, sube, sube, apura. Duda, lo piensa, lo miras, se nota apurado, va a subir. Ya, ya, vamos —lo oyes decir— qué tarde es —putamadre—, dice en un susurro perfectamente entendible. Pedal, giras la llave, palanca. Dejas tu paradero, tuyo porque siempre empiezas el día ahí. Ningún pasajero parece tener ánimos para poner música. No, no es necesario. Solo maneja. Atento, atento por si aparece alguien para llenar el carro. Ya sé, pon las noticias, al menos eso. Enciendes la radio. Noticias, a ver, esta no, tampoco, ya, esta emisora. Atropello, reporte del tráfico, asesinato, asesinato, robo, reporte del tráfico, choque en la avenida paralela. Ojalá no desvíen para acá. Comerciales, política, robo, reporte del tráfico: uhmm, vamos por esta otra avenida. Acomodas el espejo retrovisor: sí, así está bien. Una conversación se teje atrás: Sí pues, hijita, no pagan, se demoran mucho, me dijeron que en estos días ya iban a depositar, que el martes a más tardar y mira, ya estamos viernes, los chicos necesitan para el pasaje y en el colegio de mi hijo no dejan de molestar con la pensión, que no va a dar examen si sigue así, que por el bienestar de la educación de su hijo debe, ¿que no pueden hacer eso? No, señora, no le pueden prohibir a su hijo dar examen, ¿que así dicen? Sí, pero es para presionarla nomás, sí, claro, por eso, pero no pueden hacerlo, no, no, me lo dijo mi hermana que es directora de un colegio, sí, señora, descuide, ah, pero, bueno, sí, tiene razón, la situación está terrible, en casa también hay problemas, sí, a salir adelante nomás, qué se le va a hacer, mire, yo bajo acá, baja, baja esquina, que sí señora, chau, cuídese, oh, claro, que le vaya bien, sí, igualmente, chau, chau señora.

Piernas y brazos cruzados, pegada la cabeza a la ventana. ¿Qué hora es? Mierda, se hace tarde, no avanza este carro, ¿por qué va tan lento? Levantas la mirada: hay, notoriamente, menos personas. Un chico está, en los asientos del otro lado, leyendo, ¿qué leerá? Y recuerdas que también tienes un libro en la mochila, ¿vas a leer? Estoy cansado. No, mejor duermo. Pero, quieres. ¡Ah! Sí, ya, mejor en el siguiente paradero. Notas que, adelante, dos ancianas conversando de lo más normal, como si se conocieran de toda la vida, ¿será así? Quizás se acaban de conocer. Una chica lee unas fotocopias de algún texto, seguro tendrá algún examen, porque subraya y subraya con un resaltador, pero no puede evitar voltear de rato en rato para mirar el celular del chico de al lado, ¿tú no tienes examen? No, en dos semanas todavía. Ah, falta entonces. Una chica delante de mí parece leer sus apuntes —¡qué bonito y ordenado tiene todo!— mientras el tipo parado a su lado parece tararear débilmente lo que en su libreta está escrito. Sí, debe ser eso, por como mueve los labios. Casi en la parte final del bus, dos amigos parecen conversar, amenamente, que qué tal estuvo la fiesta, nada no fui, mejor, hermano, estaba aburrido y ¿oye hiciste el trabajo? No, no he avanzado nada, hoy me amanezco y lo termino, sí, sobrado, ¿que solo falta mi parte? Asu, entonces como sea lo acabo, oye te lo mando en la madrugada, ¿ya? Bacán. Otra vez vibra el celular. Cierras los ojos y tratas de ver tu casa, que siempre luce igual, tus rutas, tus pasos: todos iguales. ¿Oye, amigo, cómo se llama este paradero? Ah, gracias, gracias, oye y por si acaso sabes cuánto falta para llegar a este otro, ¿que ya falta poco? Es dentro de dos paraderos, entonces, genial, mi amigo, gracias, sí, es que aquí no avisan a qué paradero vas llegando y peor que no conozco, pues, para una es facilísimo perderse por aquí ja, ja, ja. Todos, todos iguales. Cansado. ¿Cansa, no? ¿Hasta cuándo con esta monotonía? Que jalé dos cursos nomás, sí, normal, casi jalo uno más, pero el profesor me aprobó, no sé por qué, sí mamá, ya en verano los recupero, sí, me depositas, como la vez pasada, ya, mamá, sí, sí chao, cuídate. ¿Cuánto más? Ves el celular, que no deja de vibrar: ¿Estás bien? ¿Por qué no contestas? No mucho, ya muy poco. Sí, estoy bien, mamá, no te preocupes. Y te dejas llevar, la tristeza te consume, porque es más fácil el sufrimiento que el placer. Nos tienes preocupados, contesta cuando te llamamos. Porque el sufrimiento es más didáctico que la felicidad: sufrir enseña mucho. Sí, lo siento, no volverá a pasar. Y lo apagas, te recuestas, ya vas a llegar. Y miras por la ventana los edificios que se pierden atrás. Y cierras los ojos y sonríes, porque sabes que, de verdad, no volverá a pasar.

Señor, y usted, ¿qué piensa de los operativos contra los carros informales, los colectivos como este? Que se pueden ir a la mierda todos los encargados de ese plan para retirar la informalidad. No se dan cuenta de que no podrán, de que la informalidad vive, crece y se respira en el país. Es parte de nosotros y por más que intenten desaparecerla, siempre volverá. Ah, o sea usted está a favor del transporte informal, de los buses que no respetan nada y tiene multas por montones. Mire, joven, la verdad, yo solo quiero trabajar, porque mi familia depende de mí, por eso estoy acá, con esto comen, con esto estudian, con esto vivimos, no tengo más. Bueno, sí, al final todos queremos eso. No lo digo por mí, lo digo por… bueno, quizás más adelante también esté en la misma situación, sí, por lo del trabajo y eso, bueno, baja en el siguiente paradero, tome, cóbrese.

Las clases son aburridas, ya no como antes, cuando daban ganas de levantarse. La ventana te permite reconocer las últimas calles del recorrido, estás cerca, queda poco.

Dejas al último pasajero y das vuelta en u para volver a hacer la misma ruta. Bueno, todo ha ido bien hasta ahora. ¿Por qué habrían de salir mal las cosas? Vamos, una vuelta más.

Sobredosis estará bien, supongo. Habrá que investigar un poco, claro. ¿De qué? ¿De qué puede ser? Mejor te paras para estar listo y bajar más rápido. Sí, párate, sí, cerca de la puerta.

Te estacionas bastante cerca a la vereda. Apagas el carro. Pegas un cartel fosforescente en el parabrisas. Recuestas la cabeza hacia atrás. Piensas: ¿Cuántas vueltas de más tengo que hacer para ir a comer con los niños? Creo que dos. ¡Sube, sube! ¡Nos vamos!

¿Cuánto falta? Es el siguiente paradero, sí, esa chica parece que va a bajar también: te mueves.

Ves un policía acercarse —mierda—, mejor anda, ve de una vez, enciendes el carro, pero ya te hizo la señal para que te detengas. Bueno, una vuelta en vano, habrá que darle algo. Acomodas el espejo retrovisor: dos tipos en chalecos amarillos, uno sostiene un celular que apunta a la parte baja de tu herramienta de trabajo —mierda, mierda—, tiemblan tus huesos.

Bajas del bus. Qué cansado resulta viajar una hora ahí. Estiras los brazos, sacudes las manos. Caminas. Falta cruzar una avenida más a pie. Vamos, es solo una cuadra, vamos, como despidiéndote.

Buenos días, jefe, qué tal, a qué se debe… ¿Mis papeles? Claro, aquí están. ¿Que faltan? Pero, jefe, ahí está mi brevete y también está mi SOAT, ¿cómo que falta? ¿Cómo? ¿Que servicio público no autorizado por la municipalidad? Pero, jefe, eso desde cuándo… ¿que me tengo que bajar del vehículo? ¿Pero, por qué? Si no he hecho nada. ¡¿Cómo que dieciséis mil de multa?! ¿Que se van a llevar mi carro al depósito? Que como medida preventiva, pero qué, ¡¿acaso le hago daño a alguien?! Que se calme, que es por el bien del país, ¡¿pero, cómo?! ¡¿Cómo MIER-DA me calmo?! ¡¿Qué bien le hacen al país quitándole el trabajo así a una persona con una familia que alimentar?! ¡Abusivos de mierda! Suelten, ¡Suelten!

Cruzas la última avenida, por última vez. ¿Por qué hay gente rodeando esa cúster? Hay un tipo enmarrocado en el suelo. Vaya, pobre, se ve muy mal. Pero, bueno, ¿está bien, no? La informalidad le hace mal al país. Pasas. Tienes que ir de frente, pero lo haces con tu mirada fijada en aquella escena.

Duele, duelen los brazos, la cara, el alma, el futuro. Duelen tanto que si pudieras ver tu cara ahora mismo, jurarías que todos los dolores del mundo se podrían ver ahí. El asfalto te raspa el mentón, la mejilla y sientes como eres aplastado por la gravedad, por el miedo, el odio y sientes cómo arden, arden como si el sol que ahora comienza a verse, entrará por tus heridas, tus poros, por cada uno de ellos: gusanos dispuestos a devorarte hasta no dejar nada de ti. ¿Ahora qué harás? No sabes, pues, qué puedes hacer. Estas resignado. Desde el día en que te dejaste consumir por la vida. Desde el día en que te ganó y te dejaste llevar por ella. Desde el día en el que abandonaste tus sueños. Desde que no encontraste ni felicidad, ni alegría, ni un sentido y te contentabas con no sufrir. Piensas: desde que naciste. Mientras un chico pasa delante de ti, parece comprenderte, porque lo ves.

Caminas, lento, lento —pobre, sufre mucho—.

Y cruzan miradas. Él de despedida y tú de no sabes qué.