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Cuento: «Saji» por Bryan Barona

Bryan Barona

Bryan Barona

Lima, Perú, 1994

Periodista audiovisual. En 2019 ganó la edición Lima del campeonato de improvisación literaria internacional Lucha Libro. Ha publicado en revistas y plataformas peruanas como El(…)

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Reiteremos la anécdota breve a modo contrario según su profunda incidencia en mi también vida de escritorcillo groupie y curioso y alguna vez trotamundos de verdad, fuera de los linderos de este país y deambulando por ciertos páramos al lado de autopistas extranjeras. Era, entonces, una madrugada de martes furiosa; francamente nostálgica, para ser precisos. Estaba yo bailando con un buen y entrañable amigo en una discoteca gay una música bastante estrambótica, un frenesí por completo, y me quedo corto al describir así tal desmadre auditivo-sensorial (y los dos andábamos solamente con algo de ron inoculado en las venas, por si llegases a pensarme o pensarnos dentro de algún desvarío noctámbulo-beodo), cuando de pronto me parece ver acodado sobre la barra de cervezas y la hilera de otros tantos licores importados en el extremo opuesto de la pista de baile, arrojando al vuelo mi mirada por encima de infinitas cabezas brillantes y tempestuosas, calcinadas cada una por el flúor de los reflectores y demás maquinaria llamemos báquica, nada más y nada menos que al cubano Reinaldo Arenas: aunque ni tú ni yo caigamos en la cuenta de estas maravillosas y literarias eventualidades de la vida (o de la propia muerte). Recuerda que esto aconteció en febrero, el verano de 2017 (de mi defraude-rompimiento amoroso con ella) en el centro de Lima, y no se suscitaba a mediados de 1970 en La Habana (o, específicamente, durante el presidio del hombre juzgado por “sodomita disidente político” dentro del castillo del Morro) ni en el diciembre navideño de 1990 en Nueva York (hacía muchos años ya exiliado de su patria y a punto de…). De inmediato me hice paso entre la púrpura o verdosa (estas variaciones de color, disculparás, son intermitentes en mi recuerdo o bien sea en el mismo pintoresco recinto del antro en sí); me abrí espacio, te decía, en medio de esa hojarasca de cuerpos de varones harto menudos junto a varones triplemente musculosos que cualquiera de los comunes mortales, meneando y meneando, refocilando a duplas o en redondeles cerrados de gente el corazón a cántaros de sudor, allí, en plena pista de baile; voy atravesando ya la marea de esos placeres crepitante-festivos, una locura zarandeada por el techno/eurodance de los noventa o de reminiscencias sonoras similares a cuando gruñían esos baratos y defectuosos aparatos de radio mientras íbamos subidos a las combis durante los primeros años del colegio (y, por supuesto, sobreentenderás, melancólicamente te recordé escribiendo a la mesa-comedor de la cocina de casa “El jarrón y la flor”, de los primeros sino el inicial intento en tu existencia creativa y fabuladora de escritorcillo wannabe), hasta que por fin me doy, frente a frente, entiéndase suspiro a suspiro, con el mismísimo Reinaldo Arenas Fuentes, el por completo luminoso, pluma de donde nace Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas entre otros títulos igual de rebosados en su poesía magmática con facilidad narrativa por lo de sus imágenes tras imágenes, su copioso realismo onírico. A intentos vanos de susurrarle algo en el oído, el barullo de los ritmos electrónicos crujiendo en el aire medio penumbroso a mentol-nicotina, las sombras escurridizas de algunas pocas mujeres cerca de ambos, superponiéndose a besos iracundos cargados por el neón fucsia y el neón azul al compás de semejantes bramidos desde los parlantes (uno de ellos contiguo a la barra donde un tipo obeso sospechosamente cruzado por un tajo carnoso sobre la nariz fungía de bartender), terminé por gritar a garganta rajada su nombre de lo puro hermoso que a ti y a mí siempre nos has resonado en mente (Rei, Rei, Rei…), y con la voz ya vuelta polvo o ceniza deslizo las preguntas de manera tan sutil como pudiese hacia su lóbulo diestro exudado a chorros y chorros por todo el revuelo de la noche o más bien lo hago antes de que prosiga anocheciendo para los dos. ¿No andabas desaparecido? ¿Que el dictador barbudo y de mofletes cadavéricos no te había dado, irónicamente, muerte, dar muerte por así referirse al destino al que te orilló? ¿Que el amor fermentado en tu cuerpo paliducho —de balsa, literatura y éxtasis— no había…? ¿Y el muy hijo de…? Pero él, atendiendo con sumo detalle la recatafila de cuestionamientos a mitad de las penumbras teñidas por las cuchilladas de luz bajo los reflectores y a pesar de los estruendos danzarines de al lado, estribillos en un inglés jamaiquino nefasto a metralla enfebrecida, loca-loca a partir de las rejillas del estéreo, calla mi propia balacera de preguntas retóricas y a ciencia cierta puestas sobre ese rincón de la pista de baile a fin de entrarle en confianza dizque gracias a mi parloteo pomposo del “yo-también-escribo”, “mírame-soy-tu-lector-y-admirador-ahora-casi-biógrafo-de-tu-biografía-apócrifa”, “yo-tu-groupie-limeño-ángel-del-Caribe” y una extensa perorata que bien entiendes raya tremendamente en la empalagosa pretensión de nuestro pequeño egocentrismo por y desde las letras, las propias palabras. Reinaldo Arenas me dio un beso que en rigor no fue un ósculo según las definiciones del contacto físico-facial como las entendemos el resto de los seres terrenales, la carne dicha tal cual carne: imagínate tú entonces tamaño y particular acontecimiento en este mundo, durante no más de siete u ocho segundos dentro de un lóbrego recoveco para el baile y un etcétera de furores emocionales justo en el epicentro de Lima, el lujurioso corazón de la ciudad. Es que así es el lenguaje de las almas desbocadas, asumo que convenimos, sin argüir la juiciosa y metálica voz de las respuestas, en nuestro silencio chispeante por el bullicio y sus colores espasmódicos a todo pálpito, a toda pulsión vivaz entre los dedos del disc-jockey de aquella disco gay. Y giró y giró, circundó, pues, Reinaldo encima de su eje similarmente guiado por la mano de un hechicero noble e invisible hasta terminar diluyéndose su figura en el vaho de otros poros, las transpiraciones del vértigo y efímera alegría por doquier…