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Cuento: «Pablo» por Pável Yábar

A oscuras Muertos,los focos de la ciudad,me persiguen.Apuro el pasoy…
ISe levantan los hombres de Soly caminan hacia los arrecifesintentando…
«Así como el modo de leer y la concepción del…

Para Pablo era todo más sencillo, su matrimonio agonizaba luego de una década batallando para salvarlo, y al no haber hijos de por medio, su divorcio era inminente. Su cuñada, en cambio, había celebrado, hacía menos de dos semanas, su quinto aniversario de bodas. Ella y su hermano celebraron una fiesta monumental, en donde, lógicamente, él y su esposa estuvieron presentes. Pablo y Fernando; de 33 y 29 años respectivamente, hermanos de padre y madre, ambos hinchas del mismo equipo, ambos amantes del rock, ambos enamorados de la misma mujer: Teresa. Ella no estaba segura si amaba a uno de ellos, a los dos, o, a uno con más intensidad que al otro. Pero de lo que sí estaba segura, era de la sensación de tranquilidad y dulzura que sentía al hacer el amor con Fernando de lunes a viernes antes de dormir; así como también, de la sensación de placer y delirio cuando Pablo la hacía suya los fines de semana por las tardes.

Una semana después de su fiesta de aniversario, Teresa se enteró de que estaba embarazada. Su corazón solo había palpitado tan velozmente la vez que Pablo le confesó que siempre tuvo ganas de besarla. Fue cuando aún estaba de novia con Fernando, en una reunión de año nuevo, esas que siempre se organizaban en la casa de los hermanos; y, en donde, para variar, su ahora esposo se había quedado dormido. Ese día, 1 de enero de 2015, pudo conocer realmente a Pablo. Tal vez fue la emoción de fin año, el vino hirviendo en la sangre, o la calurosa madrugada en Lima, ¿quién podría saberlo?, lo cierto es que tuvieron una conexión; no hablaron ellos, dejaron que sus corazones conversen: perdieron el sentido del tiempo. Se dijeron de todo. Todo lo que nunca le habían dicho a nadie; por ejemplo, ella le reveló que lloraba en secreto cada vez que cumplía años, y él, que quería más a su papá que a su mamá. Al amanecer, mientras todos dormían, él la tomó del brazo y la llevó a la azotea; a ella le encantó esa seguridad y se dejó llevar. Pablo la hizo suya en el cuartito prefabricado que hacía las veces de lavandería. Fue la primera y última vez que lo hicieron de manera tan expuesta. Todas las próximas veces, fueron planificadas con minuciosidad por ella; se veían los sábados, a veces los domingos y muy rara vez en feriado.

Teresa, luego de salir del estupor, tomó el teléfono y dudo por un momento sobre a quién llamar: ¿Pablo o Fernando? Prendió el móvil, fue al ícono de llamadas recientes, vio el número de su cuñado y lo marcó; él estalló de felicidad al escuchar la noticia. Ella le había confesado, luego de llegar al orgasmo por segunda vez un día domingo, que su deseo más profundo era criar un hijo o una hija. Ese día Pablo se percató que ella omitió al “padre”, es decir, que no manifiesto querer tener un hijo con Fernando, con él, o con alguien en especial. Ella quería tener un hijo, y pasaba a segundo plano quién sería el padre. Él no la cuestionó, Teresa se vía radiante y emocionada al hablar de ser mamá. Así que, como en ese preciso momento ese deseo estaba camino a hacerse realidad, solo le quedó estar feliz por ella y felicitarla. Después de hablar con Pablo, ella colgó, y sin apagar la pantalla, pasó a hablar con Fernando; “Amor, ¡Vas a ser papá!” le dijo.

Desde el día que Teresa se enteró de su embarazo, no dejó de comunicarse con su cuñado. Ella estaba decidida a ser MADRE, así, con mayúsculas; dejaría todo aquello que se lo impida, quería que su bebé crezca dentro de una familia sana, amorosa y estable. Pablo no encajaba en esta etapa de su vida. Ella dejaría el placer que sentía al ser cogida fuertemente por él, reprimiría por siempre el deseo de sentirse sucia y salvaje (que tanto amaba). Cambiaría y sacrificaría lo que sea, por ser la mejor protectora y guardiana de su hijo, de ese ser que se iba formando en su vientre y que, por primera vez, le daba un sentido completo a su existencia. Estaba decidida; luego de más de 5 años de planificar, organizar, posponer, adelantar, cancelar y confirmar sus encuentros con Pablo, lo dejaría para siempre. Sin embargo, ella quería un último encuentro, una última sesión de lujuria y pasión, quería que su despedida le dure por el resto de años que le quedaba de vida. Pablo, al escuchar que su romance llegaría a su fin, fue embargado por una angustia profunda; pero, no le quedó otra opción, no podía hacer más que aceptar y resignarse a un último encuentro. Teresa se encargó de organizar y planificar todos los detalles; harían un viaje de cinco días: de jueves a lunes; saldrían por la mañana y regresarían por la noche. Las mentiras a sus respectivas parejas, fueron magistrales, con argumentos diferentes, pero igual de contundentes. Pablo viajaría con la excusa de una urgencia forzosa de negocios (no sería la primera vez); ella lo haría por exigencias laborales (su trabajo como socióloga lo justificaba). La pareja de Pablo ni siquiera mostró interés cuando este le comunicó su partida; Fernando, emocionadísimo con su paternidad, no quería que ella viaje sola, pero Teresa le explicó que serían cinco días y que, al regresar, no trabajaría nunca más. Él nunca quiso que su esposa trabaje, con el dinero que cobraba mensualmente como ingeniero les alcanzaba de sobra; pero ella le aclaró que su trabajo era parte de su vida; aunque realmente no lo sentía así.

Teresa planificó hasta el último detalle, de tal forma, que hasta se dieron el lujo de viajar en el mismo vuelo; y, más exactamente, de sentarse juntos. Tenían exactamente 5 días para concluir cualquier asunto pendiente. Ella quería aprovechar cada segundo a solas con Pablo; luego dejar todo zanjado. La determinación que estaba mostraba solo la había experimentado al cumplir 16 años, cuando su abuelita estuvo agonizando en casa, y ella se encargó de cuidarla; según dijo su familia, lo hizo mejor que la enfermera que habían contratado. Se despediría para siempre de Pablo; era la única manera de concretizar el anhelo de ser una madre ejemplar, una esposa ejemplar y tener una familia ejemplar. Cosa que ella, como bien lo sabía, nunca tuvo.

El viaje demoró 15 minutos más de lo previsto. Aterrizaron en el aeropuerto internacional Velasco Astete, a 3310 msnm. Ni bien salieron del control respectivo, tal como lo planeó Teresa, llamaron a Lima a reportarse. Para Fernando, Teresa llegó a Ayacucho; para la esposa de Pablo, él llegó a Arequipa, pero no le importaba. Fernando y la esposa de su hermano, nunca habían tenido comunicación, incluso, en persona, solo se saludaban por cortesía. Teresa le dijo a su esposo que llamaría el domingo; él sabía que ella se adentraría a un pueblito alejado de la ciudad. Pablo pensó en no recordarle a su esposa que la llamaría en 3 días, pero Teresa lo miró seria mientras hablaba, así que no tuvo opción. Después de despedirse, apagaron los teléfonos.

El auto que Teresa había contratado, los esperaba afuera, ella se había identificado como Elena Maritza Oré Alegría con DNI 44897686. El camino era largo, y el cobro por la movilidad algo excesivo; pero la discreción valía la pena. El recorrido pasó de carretera a trocha en menos de 15 minutos; 1 hora después de subir 150 metros, llegaron al centro poblado “Wasanchay”. La casita donde se hospedarían pertenecía a la familia de Teresa; estaba vacía, solo la ocupaban para la fiesta patronal de agosto que se celebraba en la comunidad. La última vez que ella había ido, fue hace unos 10 años, cuando su abuelita aún vivía. En el lugar había 102 casitas y 439 personas.  El pueblo había sido una laguna, por lo menos esa versión era la que compartían sus habitantes, y ciertamente tenía esa forma. Al centro del lugar, en la zona más baja y plana, se mantenía desolada una placita y al frente de esta, la parroquia y el municipio. Fue ahí donde los dejó Justiniano, que había vivido sus primeros años en el pueblo, antes de mudarse a la ciudad de Cusco. Subieron muy lentamente hacía la casa, que era una de las más alejadas; no llevaban más que una mochila mediana y una maleta pequeña. Solo se besaron luego de entrar a la habitación principal y dejar completamente cerradas todas las puertas exteriores.

Jueves 12 de marzo de 2020

1pm – 4pm: Conversación, sexo, conversación, caricias, conversación, sexo y baño.

4pm – 4:30pm: Teresa salió a comprar víveres. Quiso ir sola por seguridad.

4:30pm – 5:00pm: Preparación del lonche y conversación en la mesa.

5pm – 10pm: Sexo, caricias, sexo, caricias y conversación.

Viernes 13 de marzo de 2020

8am – 2pm: Baño, sexo, caricias, conversación.

2pm – 3pm: Almuerzo y conversación en la mesa.

3pm – 9pm: Sexo, caricias, llanto de Pablo, sexo y caricias.

Sábado 14 de marzo de 2020

8am – 2pm: Baño, sexo, caricias, conversación.

2pm – 3pm: Almuerzo y conversación en la mesa.

3pm – 9pm: Sexo, caricias, llanto de Pablo, sexo y caricias.

9pm – 10pm: Cena especial preparada por Teresa.

Domingo 15 de marzo de 2020

Salieron a las 8:50am con dirección a la placita. A las 9am habían pactado el encuentro con Justiniano; los llevaría a la ciudad de Cusco y los recogería a las 2pm para llevarlos de regreso a su última noche en “Wasanchay”. Eran las 9:45am y no llegaba; lo extraño era el movimiento constante de los pobladores cerca a la plaza, entraban y salían del municipio. Teresa no pudo con la impaciencia; siempre planificaba todo y odiaba no controlar la situación. Entró a la misma tienda a la que fue el día jueves, y escuchó por la radio que el presidente había decretado “Estado de Emergencia Nacional por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del brote del COVID-19”[1]. Teresa buscó ayuda, pidió que la llevaran a la ciudad de Cusco; nadie podía ni quería hacerlo. Pablo no comprendía lo grave de la situación; no entendía que estaban cerrando aeropuertos y terminales terrestres; no entendía que todo lo planeado por Teresa se venía abajo; tampoco entendía que las lágrimas que Teresa derramaba, después de contenerse por más de 10 años, eran por todo el hondo dolor que había sufrido desde su adolescencia y que ahora se desbordaba. Pablo no sabía nada, no podría saberlo; lo único que él pudo sentir en ese momento fue un ligero mareo, “la altura pensó” y trató de calmar a Teresa. Ella le rogó, le suplicó, ir caminando hasta la ciudad de Cusco; es imposible le dijo él; “llegaríamos en 1 día como mínimo” (teniendo en cuenta el estado físico de ambos, serían 47 horas y 25 minutos).

Retornaron a la casa, Pablo trataba de consolarla y calmarla. Él seguía sin entender que Teresa adoraba a su mamá, que nunca hubo una persona en la que pudo confiar tanto; no tenía idea que la mamá de Teresa murió luego de mezclar 9 pastillas y media de clonazepam con media botella de Chivas Regal; y que también presencio como los bomberos sacaban a su madre cubierta con una sábana. Aunque lo que más le dolía a Teresa era que Pablo no se diera cuenta, que mientras se la cogía, ella siempre cerraba los ojos; y recordaba las 195 veces que su padre abusó de ella, entre los 15 y 20 años; y, era lo que más le dolía, porque por dentro ella lo disfrutada.

A las 10pm de ese mismo día, Pablo comenzó a sentir mareos intensos, e incluso nauseas; si la altura lo había afectado al inicio, ahora lo estaba golpeando. Teresa entró en trance; Pablo trató de consolarla, pero ella se había quedado sentada frente a él, con los ojos abiertos, ya sin lágrimas, con la mirada perdida.

Pasaron las horas más difíciles para ambos, Pablo empeoraba y Teresa estaba más ausente que nunca, así fue la madruga y primeras horas del lunes 16 de marzo de 2020. Su vuelo estaba programado para las 5:15pm; a las 3pm Pablo no volvió a levantarse de la cama. A las 7pm Teresa aprovecho que el descansaba; salió de la casa con dirección a la placita, al llegar, suspiró y entró a la Parroquia, así fue como la conocí. Quería hablar con alguien antes de irse del pueblo, me confesó que no creía en Dios; yo le dije que era agnóstico. Luego de contarme su historia, me exhortó a que le jure mi silencio. Así lo hice. Ella se fue exactamente hace 5 horas, y como última voluntad, me dijo que avise a las autoridades sobre el cadáver Pablo, no sé si realmente será su nombre, pero estoy completamente seguro de tres cosas: primero, que ella lo envenenó, segundo, que no hallaremos ningún documento que lo identifique y tercero, que a ella nunca la encontraremos.

Don Eusebio Nácar Aldave
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Párroco


[1] DECRETO SUPREMO Nº 044-2020-PCM