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Cuento: «La Herencia» por Mirza Mendoza

Mirza Mendoza

Mirza Mendoza

Lima, Perú 1985.

Cuentista y contadora de profesión. Sus cuentos «Asistente Personal» publicado en Primero Sueño, es su más recientes entrega. Autora del ebook «Tenebrismo» editado por Sexta(…)

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A partir de aquel día, luego de discutir por enésima vez con su esposa, no paró de beber.

Había heredado una antigua, grande y abandonada casa a las afueras de la ciudad. El dilema era si vender la casa o quedarse a vivir en ella. Su esposa quería mudarse para alejarse del bullicio ensordecedor de los cláxones y de sus vecinos quisquillosos y arrogantes. Él, muy terco, no quería dar su brazo a torcer. No estaba dispuesto a cambiar su rutina ni su zona de confort por el canto de pajaritos y atardeceres de fotografía.

Esa fue, tal vez, la semilla de su grave error: la obstinación.

Luego de separarse de ella, estuvo tres meses yendo constantemente a la corte. El desgaste físico y emocional se veían reflejados en la piel adherida al hueso. Superado el dictamen de la justicia, pasaba los días en su nuevo y derruido hogar; escuchando el chillido de las ratas,de aquellas ratas que, con sus negros, curiosos y pequeños ojos lo veían siempre acostarse ebrio, afligido y destrozado.

Borracho y perdido, recordaba aquellas noches de caricias, placer y lujuria junto a ella. Si tan solo hubiera puesto atención a sus súplicas, a sus buenas razones, no estaría ahora así: solo y al borde de la muerte. La ira y el enojo son malas consejeras, reflexionó.

Habitó, pues, la dichosa casa heredada. Al final fue allí a parar ─sí, a parar como un objeto inanimado porque ya no vivía, ni siquiera sobrevivía─. Para notar su desahuciada realidad bastaba con ver sus vómitos malolientes en la entrada, escuchar a las goteras que, con su incesante tintinear, eran, junto a los ecos de las riñas de las ratas, los únicos sonidos del sitio.

Aturdido en esa casa, tras los hechos de la separación, lo que sentía era culpa. Culpa inmensa, culpa terrible, culpa desquiciada. Pero ya no había nada que hacer, salvo esperar su propia muerte en dicho recinto.

Luego del accidente y el juicio, pensando en sí mismo como un loco, lo supo de alguna forma: «En la gran casa abandonada me espera ella», se dijo y fue para allá. «Me tiene que perdonar» decía para sí, como consigna mientras iba en camino, mientras se desorbitaban sus rojas pupilas de tanto llorar. Llegó.

Ahí estaba ella, su esposa, aún molesta, enfadada con él. La encontró, como pretendía, aunque ella diariamente lo hacía padecer de largos dolores y sufrimiento. Esa mujer le mostraba sus brazos sangrantes, su clavícula rota, arrastraba sus vísceras colgantes a cada fantasmal paso que daba hacía él. Verla así le recordaba el fatídico día de la discusión por la maldita herencia de la casa…

Platos rotos, gritos ensordecedores, forcejeo entre ambos. Salen a la calle. Él se sube al auto. No arranca. Ella camina rápido y, enfurecida, va alejándose. Él golpea el timón y grita; algunas lágrimas de impotencia salen. Arranca y acelera. Al terminar la segunda calle, ella la está cruzando; él no la ve, ni sabe quién es aquella mujer. El choque fue mortal. Un grito apagado y seco. El auto pasando por encima de un cuerpo. Los mirones, la ambulancia, su mujer muerta, abierta de panza; la pista ensangrentada. Los policías, la corte, los abogados, la absolución, su triste libertad.

Llora recordando, mientras toma un trago directo de la botella. El alma en pena de su esposa lo observa. No lo perdona. Las ratas se cobijan junto a su cuerpo aún caliente y dormita siempre diciendo las mismas palabras desde ese día: yo te amaba, yo te amaba…