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Cuento: «La condena de Ismael» por Francois Villanueva

El crepúsculo caía bañando en sangre las montañas pardas y verdecidas, y el viento agitaba los ichus y las ramas de los escasos árboles de la pampa. Una docena de ovejas se regocijaban saciándose con el pasto y recostado a pie tendido, a pocos metros de ellos, silbando un ronquido entre los labios, debajo del solemne cielo amarillándose tenebrosamente sin percatarse de la tardanza, Ismael recordaba distraído ciertas historias que le contaron de niño.

Una de ellas era sobre un pastor que volvía a casa en medio del campo, en la oscuridad del atardecer, sin su mascota. Según contaban los ancestros del pueblo, los canes se comunican con las almas y oficiaban de protectores contra los malos espíritus. Sin embargo, el pastor desprotegido aun así no tenía miedo de la lobreguez asfixiante. Cuando empezó a regresar a casa vio que un hombre con sotana y con capucha se le acercaba. Anochecía y solo se podía distinguir apenas la silueta avanzando hacia él. El joven del campo lo esperó y el extraño le hizo la conversación preguntándole dónde podía encontrar un puente para cruzar el río. El rabadán le dijo que lo acompañaría y así fueron juntos. En ningún momento, pudo verle el rostro claramente. Una sombra gris cubría la piel de su semblante, que se veía borrosamente. Solo cuando llegaron, luego de ayudarle a cruzar el puente cargándolo pesadamente, el pastor clavó su mirada llena de pavor en el rostro del extraño: una calavera hueca llena de gusanos y culebras. Se quedó mudo del susto. El extraño se despidió y se fue botando fuego por la boca y haciendo chasquear sus cadenas.

A Ismael le gustaban las historias de terror como aquella y, relajándose, recordó otra sobre María Marimacha, que también oyó de niño. Una señora envió a comprar carne a su hija María. Era mediodía y hacía un calor espeso. Ella fue a comprar, pero en medio del camino se encontró con sus amigos, quienes apostando jugaban canicas en el suelo de tierra de la plaza. El mercado aún estaba lejos y ella se quedó con ellos jugando divirtiéndose por lo menos quince minutos. Ahí perdió todo su dinero. Se quedó angustiada porque no tenía ni un centavo y sus amigos se iban dándole la espalda, hasta que tomó una terrible decisión. El único sitio donde podría encontrar carne fresca y gratis era el cementerio. Y ahí se fue. Consiguió un serrucho y, al llegar, buscó una de las tumbas más recientes donde la carne estuviera todavía fresca, y de tanto buscarlo lo encontró.

Era un nicho reciente pintado de blanco. Con esfuerzo, pudo romper la paredcilla que encerraba el ataúd y, finalmente, lo profanó. Teniendo el cadáver frente a ella, empezó a descuartizarlo y a partirlo a trocitos: le sacó una tajada del muslo y completo el corazón. Seguidamente devolvió todo en orden, excepto la reparación de la paredcilla destrozada. Colocado la carne en una bolsa negra, regresó a casa. Su madre le recriminó la tardanza y almorzaron tarde. Obvio que María no comió ni tampoco cenó. A la hora de dormir, estuvo asustada y no podía pegar los ojos. Sus padres habían salido a un compromiso con su hermano mayor. La pobre estaba sola; sin embargo, pudo conciliar el sueño. En sus sueños, soñó al cadáver vivo que le reclamaba, diciéndole: “María marimacha, devuélveme mi corazón; María marimacha, devuélveme mi corazón”. Se despertó asustadísima, y vio al alma del cadáver sentado al pie de su cama, llorando y gimiendo: “María marimacha, devuélveme mi corazón; María marimacha, devuélveme mi corazón”. María marimacha se desmayó del susto y sus padres la encontraron muerta al día siguiente.

“Qué historia”, pensó Ismael con cierto ardor. Cuando sintió el frío más apremiante, las sombras más densas y gélidas, con los dedos y las aletillas de la nariz ateridos, un impulso intuitivo le obligó desperezarse con sobresalto, a ponerse de pie con agilidad y precipitadamente alistar su regreso a la comunidad. Presuroso recogió sus pertenencias —un zurrón colmado con hojita de coca, una botella con aguardiente y un rosario blanco de cera— y valiéndose de un báculo, dirigió su rebaño por la senda de retorno.

Avanzada la cuarta parte del camino, no podía sacarse de la mente el extraño sueño que tuvo antes de recordar aquellas historias tétricas. Una iglesia ruinosa en la cima de un cerro, él al pie de ella. Al entrar, en las paredes laterales sucumbían hornacinas con cadáveres de niños y en las bancas monjes cubiertos con sotanas y capuchas rezaban reclinados dándole la espalda. Al frente, en el altar, un padre de colérico rostro y puños amenazantes gritaba a voz en cuello:

—Teme y arrepiéntete, impío, sacrílego del Mal, ha llegado la hora, tu hora. —Le apuntaba con la mano temblorosa de ira. Y él se despertaba de golpe.

Empezó a rezar padrenuestros y avemarías en quechua, cuando la oscuridad creaba una atmósfera más fúnebre, y parecía confiar más en las oraciones que en su juventud férrea y el báculo duro. Los bovinos balaban en coro, y el canto de los grillos y las ranas herían el silencio crepuscular.

Sin embargo, al terminar de cruzar, junto con sus animales, el puente hecho a base de tronco, maderas y lianas, una especie de ruido lacrimógeno, como un llanto desesperado, le hizo volverse y ver al otro lado del puente, aquel que había pasado sin distinguir nada ni a nadie, a un bulto con robusta forma humana. Tuvo que aguzar la mirada con esfuerzo para reconocer, con cierta duda, a una persona que creyó anciana y necesitada, solicitándole un favor.

Empezó a sudar hielo y se le escarapeló la piel, y aunque al principio decidió hacerse la vista gorda y continuar su camino, avanzando unos pasos reticentes, giró y fue a ver qué pasaba. Cruzó el puente con lentitud, como luchando consigo mismo, y casi frente a frente de aquella persona jorobada, vestido con chompa, poncho, pantalón y ojotas, sin poder verle el rostro, ocultado bajo un sombrero, le preguntó con voz recelosa:

—Disculpe, ¿qué le pasa? ¿Por qué llora?

Con palabras penosas y débiles, el hombre de figura lóbrega respondió:

—Joven, no puedo cruzar el puente. Necesito que alguien me ayude.

—Y por qué no puede hacerlo. ¿Está bien?

—Soy muy viejo. Ni caminar puedo. Necesito que me cargue a la otra orilla.

Ismael trató de verle el rostro, pero la oscuridad era mucho más palpitante.

—Creo que puedo ayudarle. ¿De qué pueblo es?

—Soy de Tulluwasi. Usted debe ser de Chinwasi, ¿cierto?

—Cierto —dijo Ismael temeroso—. Pero nunca he escuchado de Tulluwasi.

—Somos apenas siete familias —dijo el anciano—. Ayúdeme, por favor, solo quiero cruzar la otra orilla. Cárgueme, se lo suplico. 

Ismael asintió con una afirmación y, venciendo su temor, se le acercó, acomodó el cuerpo del anciano sobre su espalda, y lo cargó con esfuerzo al otro lado del puente. No obstante, lo primero que percibió al liberarse de la carga colocándolo encima de una roca, fue la ausencia de su rebaño, que había desaparecido misteriosamente. 

—Señor, usted vio a dónde se fueron mis ovejas —preguntó Ismael angustiándose.

—No se preocupe, joven Ismael, ellas ya se encuentran en su pueblo. Ellas son blancas como los ángeles más puros. Están a salvo —dijo el anciano con voz desfalleciente.

—Pero ¿cómo lo sabes? —gritó Ismael—. Seguro que usted es un ladrón. ¿Dónde están sus cómplices? —profirió con rabia.

Sin embargo, antes que tome de los hombros al anciano para sacudirlo con salvajismo hasta que confiese su delito, aquella ira empezó a declinar efímeramente hasta convertirse en un terrible miedo escalofriante. Le temblaba la lengua y le sudaban con frialdad las palmas de la mano, como decían que se sentía uno al ver un fantasma. El anciano de rostro enigmático, sombrío, esperó que Ismael sea derrotado por el pavor, y por fin habló:

—En el pueblo de usted existen varios abigeos, sodomitas, incestuosos, y asesinos. Yo conocí a uno, al tal Kuti, y conformé su banda criminal. Cuando mi pueblo anterior, donde nací, se enteró que formaba parte de ellos, me sacrificaron al apu con una maldición. Desde entonces radico en Tulluwasi, la tierra de los condenados, de aquellas almas que no pueden ir al Infierno, al Purgatorio ni mucho menos al Paraíso. Y ahora necesito de ti, que eres casto y noble, para beber de tu alma y poder ser aceptado por el inframundo.

Ismael aterrorizado vio como el anciano, hace poco encorvado, se irguió y cobró forma de espectro demoníaco de oscura perpetuidad, articulado con cadenas gruesas y estridentes sobre una osamenta esquelética en el centro de las tenebrosidades corporales, con el cráneo níveo arrojando un hálito de fuego entre la dentadura.

Como una descarga eléctrica desencadenándose en sus fuerzas, Ismael empezó a correr tratando de huir, pero una cadena ardiente le sujetó del tobillo y le tumbó al piso y empezó arrastrarle hacia el condenado sediento de muerte, quien como una guadaña mortal, le quitó la vida a Ismael.

Al día siguiente, hallarían el cadáver del joven más excéntrico de Chinwasi debajo del puente, atrapado y ahogado entre las enredaderas enmarañadas del río. Los que lo vieron entonces, dijeron que su rostro se apreciaba más aterrorizado que nunca, con el pánico y la más grande desdicha en la mirada, que viva era transparente y amistosa. No dudaron que su alma penaría, y el puente pasó a ser venerado con consideración. Al costado, le levantaron un pequeño santuario, que, cuando la miraban, se santiguaban, ponían flores y encendían velas en memoria de su alma.