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Cuento: «En el nombre del padre» por Rafael Roque

A los once años creía que las lámparas de kerosene…
La reunión está agendada para el mediodía y las secretarias…
Vagabas por las callejascon los sobacos sudadosy con el diente…

El húmedo entre mis piernas propició las lágrimas. No hacía ni diez segundos que había terminado el sueño y ya estaba mojado otra vez, raspante. El olor era el de todas las mañanas anteriores, la impotencia y rabia, de toda una vida. Otro pan­talón pijama arruinado, otra sábana sucia, otra vez tener que soportar el rostro y las burlas de mi padre.

Me pregunta ¿por qué? Es difícil de explicar, pero lo recuerdo bien, como si fuese ayer, como si me hubiese sucedido hace instantes, cuan­do niño. De repente estoy en medio de una nube, es blanco angelical, es el cielo. Caigo sin expli­cación, no la busco y solo trato de no hacerlo, sé que es un sueño y cómo no serlo, si es todo tan confuso. Pero qué hacer si estás en medio del cie­lo y caes a toda velocidad, si estás en pijama y caes.

Escucho el andar lento de mi mamá, las pantuflas que se inflan y silban a cada paso que da, la voz que dice “ya es tarde, el colegio no te va a esperar”. Imagino su rostro, la resignación y los ojos enrojecidos de la pena. El silencio, antesala del “otra vez”. Siento ganas de llorar, quiero pedirle que no le diga a papá, que por favor me guarde el secreto, lo prometo, última vez, mamá.

A mitad de la caída siempre recuerdo el día anterior, el pijama anterior, la mancha amarilla anterior. Sé que lloro, no puedo controlarlo, agito mis brazos con fuerza, pero nada. No subo y no sé si bajo, solo siento el aire golpear mi cara, el ardor de los ojos y la imposibilidad de mantenerlos abiertos, me guío por eso  

Siento miedo y vergüenza. Sé que va en busca de papá aunque no lo haga, una mirada al vacío, un “no importa”, o simplemente decir que todo está bien me delata. Él vendrá veloz, no quiere perderse el rutinario acontecimiento, escucho cómo mamá reúne las hojas de pe­riódico. Ahora papá se levanta, creo escuchar la correa salir del pantalón, ya estoy llorando. Seco lo que puedo, quiero que vea que hoy fue poco, que voy mejorando, que me estoy curando.

Veo el suelo, estoy a unos metros de ahí, la estrellada es inminente, el dolor ausente, todo sucede tan rápido… es difícil explicar, el tiempo transcurre absurda y cruelmente. El impacto no lo siento, no, solo lo advierto cuando todo está consumado, cuando estoy mojado y muerto, de vergüenza.

Mi madre trata de ayudarme inútilmente, ella siente mi dolor, coge periódicos viejos y los pone encima del colchón gastado y amarillo de sucio, retira todas las sábanas y se lamenta que otra vez tendrá que lavar después de cocinar. Mi padre entra en la habitación y nos ve, la escena es triste, madre e hijo llorando. Él sonríe y nos mira como si fuese eso lo que estuvo esperando durante toda la madrugada, mi madre me ex­cusa, pero él no entiende razones. Me insulta, me dice maricón, que le salí chueco, tú tienes la culpa huevona, por consentirlo tanto, por apañarlo en todo, si lo hubieses dejado hacerse hombrecito, otra sería la historia, cojuda. Los dos lloramos siempre sin consuelo.

Mi padre se retira de la habitación, mamá aconseja que me bañe porque ya es tarde, que no debo faltar otra vez al colegio, que todo va a estar mejor si me levanto. Me voy inmediatamente a la ducha, cierro la puerta con llave y siento alivio. Como tantas veces antes, el baño siempre ha sido el mejor lugar de la casa, los pocos mi­nutos que paso ahí son de tranquilidad, porque sé que mi padre no puede ingresar, porque ase­guré la puerta, porque estoy solo entre estas mayólicas blancas.

El agua está tibia y cae en forma de cho­rro grueso, dejo que caiga en mi cabeza y chorree en el cuerpo, enjabono mis piernas melosas, las limpio con fuerza, con odio. Recuerdo las veces que mi padre en sus momentos de amargura no dudó en sacarme a rastras hacia el patio y obligó a sentarme sobre un ladrillo caliente. De alguna manera tienes que aprender, decía, algunas veces, creo yo, con cierta felicidad oculta. No lo puedo perdonar, no. Las cicatrices, las marcas, el dolor no se pueden perdonar tan fácilmente.

Apuro el paso, me pongo el uniforme plomo oscuro, mi padre hace un comentario despectivo y ríe, mamá me da una moneda a escondidas y llora en silencio. Camino lento y presiento que llegaré tarde. La tardanza en el colegio es terri­ble, nos obligan a recoger toda la basura del pa­tio mientras los de limpieza nos miran y sonríen, como si pensarán que esa es nuestra suerte, que ellos también llegaron tarde de algún lado y que pagan también una culpa. Llegué tarde. El sonido de la campana anuncia la segunda hora de entrada y es mi oportuni­dad para entrar a clase, aunque no lo quiera, y es que me siento diferente, solo, sin un amigo.

Siempre traté de buscar una forma de evi­tarlo, no me molestaba tanto el orinarme en la cama, era cuestión de un cambio de sábanas, un pijama limpio y una buena ducha. Lo que odiaba era a mi padre, sus golpes, su sonrisa de medio lado, el ver cómo disfrutaba el momento, la mirada de haber esperado una noche entera para verme así, ridículo, vulnera­ble. No sé por qué me odia tanto.

Todos voltearon para ver al tardón, yo es­taba parado en el fondo con las rodillas tembloro­sas, lleno de polvo y algo despeinado, la maestra gritó algo y me senté solo, en la segunda carpeta de la tercera fila de la derecha, la clase de his­toria es tristísima y vieja como la profesora, yo pensaba en mi sueño y lo extraño que era. Re­cordaba la altura, el viento que golpea mi rostro, las nubes blancas, me siento libre y muy cansa­do, mis ojos se hacen de concreto y un cosqui­lleo se interna en mi estómago. Las risas de mis compañeros de aula me despiertan. El rostro de la profesora es conocido, la sensación también, me levanto avergonzado y siento que estoy mojado.

Mi padre reía, yo nadaba en un charco de orines mientras él observaba, carcajeaba y comen­taba al aire; sus amigos también sabían, él me se­ñalaba cuando se reunían para ver el fútbol los domingos. Les decía que me hacía en los pantalo­nes y reían todos, menos el gordo Gonzáles, él solo miraba con su cara de estúpido, tenía el rostro del recuerdo, alguna vez llegué a pensar que él tam­bién se orinaba cuando era niño.

Mi padre leyó con esmero la nota de la pro­fesora, el placer con que finalizó la lectura y el énfasis que puso en la palabra “meado”. Me lle­nó de cólera, quería matarlo, quería que muriera en ese instante, que mamá lo hiciera porque le correspondía, ella también sufre, lo sé, ella lo odia. Pero ese era un pensamiento malo, yo no quiero ser como él. No podía suceder otra vez, ya no. Era tar­de y pronto oscurecería, la hora de dormir ya llegaba. Sentía miedo, no quería cerrar los ojos, no quería ver el cielo, las nubes.

Las noches son mi tormento, se que va a su­ceder, ya siento el húmedo de antemano, me pon­go trapos en el sexo para evitar filtraciones, no tengo casi sábanas, las he desechado porque me recuerdan, con esa mancha amarilla oscuro, el miedo, mi vergüenza, mi cielo blanco.

Me arrodillé a los pies de la cama y recé. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu san­to, amén. Le pedí a Dios que me ayudase, que ya no quería mojarme así, que mi padre no me gritase. Pedí por favor, prometí, lloré, le implo­ré ayuda, no quería ver esos rostros, no quería imaginar el mío después de eso. En ese momen­to sentí esperanza, un sentimiento como nunca antes se apoderó de mí, algo así como felicidad. Sin embargo, no quería cerrar los ojos, imaginaba los pocos momentos felices, alguna ocurrencia mía, una sonrisa perdida de mamá, el ronronear del gato negro de la vecina, imagi­né todo lo posible, pero fue inevitable.

Me quedé dormido.

Empieza de cero, en la blancura de la nube, siento el viento, la precipitación, el corazón se acelera, las manos sudan frío, el cosquilleo en el estómago es indescriptible, caigo y no puedo evitarlo, siento el suelo y antes de impactar me levanto con un jadeo y la vergüenza.

Estoy en el aire otra vez, mis cabellos se mueven furiosos, mi cuerpo corta las nubes blan­cas, siento el viento y tengo miedo. Recuerdo la oración que le dediqué a Dios, y sigo cayendo.

Estoy con el pijama rojo y recuerdo el de ayer, el amarillo con rayas azules; pienso en el rostro de mi madre cuando vaya a levantarme, cuando vea el húmedo en la cama, el beso de pena y su “otra vez” inconfundible.

Ya puedo ver el suelo, la velocidad aumen­ta y el movimiento de mis brazos es inútil, sé que lo volveré a hacer, que estaré mojado y llo­raré, que mi padre me gritará y humillará, que me señalará el retrete y hundirá mi rostro en él, sacará la correa y comentará con sus amigos lo maricón que le salí, que ya no se puede hacer nada conmigo.

Caigo y abro los ojos con violencia, siento el miedo de todas las mañanas. Extrañamente las nubes están por encima mío, estáticas, no hay aire ni movimiento, pero siguen encima.

La cama esta dura y mi respiración se dificulta, es el suelo. Los músculos ahora es­tán entumecidos, mi mano suavemente toca la entrepierna que no está mojada. Dios ha cumplido, no me falló. El dolor de la herida en la cabeza es insoportable, el charco de sangre que se ha formado a mí alrededor me alarma, me asusta. No puedo levantarme, con dificul­tad muevo los ojos para encontrar algo, algún indicio de mi estado, tengo miedo y los huesos rotos; ahora está todo claro, Dios cumplió, lo sé… El final llegó. Es una pena que papá no esté cerca.  

Tenía que hacerlo. Fueron veinticinco años de mañanas mojadas, de sábanas vergonzosas y diarios insultos. El miedo, la incertidumbre del amanecer, la certidumbre de los golpes de mi pa­dre, su rostro. El placer de verme recostado en orines, mis lágrimas impotentes, los sollozos de mi madre. No lo dudé. ¿Por qué lo maté? Simple, tenía que hacerlo, no me dejaba vivir, estaba pre­sente en todo, antes de acostarme y al levantar­me, mi padre me golpeaba y lo odiaba, tenía que dejar de orinarme en la cama y la única solución para ser libre era haciéndolo, él lo hizo primero. Él se lo buscó.

Lo curioso es que aún sigo teniendo, todas las noches, ese sueño, el mismo húmedo sueño de cuando era niño.