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Cuento: «En el bosque» por Italo Da Giau

Si no quieres que tu amante teabandone, cámbialo por otro.Marco…
Vagabas por las callejascon los sobacos sudadosy con el diente…
Miro la luna desde mi ventana y los cables de…

“Sin duda se equivoca quien piense que existe un límite para el horror que puede experimentar La mente humana” – Stephen King

Me encuentro escribiendo para dejar testimonio del horrible momento que viví. No puedo evitar sentirme miserable por lo ocurrido. Esta cadena de sucesos inesperados me tiene acorralado en este momento. Estoy sentado en este viejo escritorio del sótano de mi cabaña, escribiendo con tinta roja y espesa en estas viejas y desgastadas hojas, alumbrado por la luz tenue de una vela, en una oscura habitación, lleno de recuerdos y con una pistola cargada de una sola bala, la cual lleva mi nombre.

Y es que me pregunto ¿Por qué? ¿Por qué no hice algo más que solo correr? No puedo escapar de estos fantasmas que me persiguen hacia donde voy, que me indican que, del otro lado, me esperan, ansiosos por la hora en que estemos juntos nuevamente.

Trataré de ser breve y contaré el infierno que viví, fue tan impactante que me arrastró a un estado de depresión absoluta; me empujó hacia la locura, a la que no le encuentro otra salida más que la muerte misma.

Daba el invierno, hace aproximadamente un año, cuando mi familia aún se encontraba unida: mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Vivíamos en una cabaña dentro del bosque, rodeados de altos pinos que en invierno se vestían de blanco y brindaban un maravilloso paisaje para el deleite de los aldeanos, sean o no, residentes del área. Nunca nos gustó la ciudad, tal vez sea por la contaminación o la hipocresía de las personas.

Corrían rumores de que en nuestro bosque habitaban unas criaturas malditas, salidas del mismo infierno para solo dar muerte segura a quien se cruce en su camino. Nunca creímos en esas historias, vivimos buen tiempo en ese bosque y nunca vimos ni sentimos presencia alguna. Tal vez, si tan solo hubiéramos vivido en la ciudad, nunca hubiera llegado todo a este punto. Si tan solo hubiéramos hecho caso a aquellos comentarios sobre el bosque…

Mi hermana Jane, tenía once años y era realmente agraciada: cabello negro y brilloso, piel blanca como la nieve que espolvorea los pinos de alrededor, ojos color caramelo y pecas que salpicaban su dulce rostro. Era de complexión delgada y, a simple vista, muy alta para su edad.Yo, por el contrario, todo un adolescente de dieciséis años, decabello castaño oscuro, alto, delgado y ojos azules claros.

El reloj marcaba las siete de la noche cuando mis padres, como de costumbre, se alistaban para salir, como todos los fines de semana, a pasear por la ciudad y despejarse de sus rutinas. Éramos todos felices… hasta esa noche. Esa noche que me acosa todos los días…

Mi padre, como siempre, me dejaba a cargo de Jane mientras ellos salían a divertirse. A cambio de cuidarla, mi padre me compensaba con una buena propina, la que empleaba en comprar libros y golosinas. Aún recuerdo su voz, al decirme:

― Mira, hijo… ¡20 dólares! Ya sabes qué hacer para hacerte merecedor de ellos.

Nunca olvido su voz, siempre confiando en que mantendría a Jane a salvo hasta su regreso.

Cuando mis padres nos dejaron solos, comenzamos a divertirnos de diversas maneras: juegos de mesa, contarnos historias, el silencio, etc. Siempre dejaba que ella elija lo que haríamos y ponga las reglas. Yo solo intentaba hacerla feliz, y, a su vez, sentir que me merecía tener esos 20 dólares.

Jane tuvo la maravillosa idea de jugar a las escondidas. Yo me opuse, pues la cabaña me pareció demasiado pequeña para un juego como este. En efecto, no había espacio. Ante mi negativa, ella me propuso:

― ¿Y si jugamos en el bosque?

La idea me pareció pésima: pensar que mi hermana correría por el inmenso bosque que no conocíamos del todo, con el temor de que pudiese perderse para siempre. Le dije que no, que no me parecía seguro y que podríamos jugar cualquier otra cosa que se pueda hacer dentro de la cabaña. Ella hizo pucheros, como siempre que me oponía a algo que ella quería hacer. Pero esta vez mis padres no estaban para consentirla, así que se marchó a dormir, y, sin más, subió hacia su habitación y tiró la puerta. Me recosté en el sofá de la sala con la chimenea prendida, observando el fuego. Poco a poco, sentí cómo mis párpados se hacían pesados, cada vez más. No recuerdo en qué momento me quedé dormido.

Me despertó, alrededor de la media noche, un fuerte viento que entró por una ventana que olvidé cerrar. La chimenea se había apagado, y junto con ella, toda señal de luz que permitiera ver lo más mínimo dentro de la cabaña. A ciegas comencé a buscar cualquier cosa que me ayude. Logré encontrar una lámpara de kerosene. La encendí y fui al cuarto de mi hermana.

Me di con la sorpresa de que ella no estaba en su habitación. Supuse que estaría en el baño, me acerqué a la puerta y comencé a tocar.

― Jane, ¿estás ahí?― pregunté.

No obtuve respuesta alguna. Hice el intento de abrir la puerta. Estaba sin seguro. Entré y no había nadie.

Sentí cómo se me erizaban los vellos del brazo y reconocí esta sensación de inmediato, esta  que todos hemos sentimos en algún momento ante la inminencia de un peligro; esta sensación que se crea ante el conflicto básico entre el inconsciente y lo no resuelto, esta sensación que te posee por completo y cambias, todas tus fuerzas se van y solo quedas en pánico: el miedo.

Comencé a caminar por la cabaña gritando

― ¡Jane! ¡Esto no es gracioso! ¡¿Dónde estás, Jane?!― pero no obtuve respuesta.

Decidí bajar ala primera planta, donde hace unas horas había caído rendido entre los brazos de Morfeo, para pensar qué iba a hacer para encontrarla.

Al sentarme, posé la lámpara sobre la pequeña mesa de estar que se encontraba entre el sofá y la chimenea, y me di cuenta de que había una nota que decía «Jacko» (A pesar de que mi nombre sea Jake, mi hermana siempre hacía caso omiso a este y siempre me llamaba así). La abrí apresurado y leí: «Jacko, ya que no quieres jugar a las escondidas conmigo me adentraré al bosque mientras duermes, y así, estarás obligado a jugar conmigo. Te espero, no demores.»

Sentí cómo se me helaba la sangre que corría por mis venas, tomé la linterna y me apresuré, como nunca, hacia el bosque, con la seguridad de que no sería fácil encontrarla. Por si fuera poco, sentí cómo me invadía el temor de solo pensar las cosas que hablaban sobre el bosque y las criaturas que lo habitaban. Historias sobre personas que se adentraban en él y nunca salían. Pero era mi hermana, ¡tenía que sacarla de ahí!

Comencé a seguir el rastro de huellas dibujados en la nieve. Caminé largo rato por el bosque, al pie de los árboles y la oscuridad. Quizá hubiera podido ver algo gracias a la luz de la luna, pero los pinos eran tan altos que no dejaban que esta luz llegue hasta mí. Escuchaba ruidos a mi alrededor, me sentía observado, pero, a pesar de ello, no podía dejar de llamar a mi hermana

― ¡Jane! ¡¿Dónde estás?!… ¡Jane! ―sin importar qué pudiera atraer, solo quería encontrar y sacar a mi hermana de ahí.

Pasaban los minutos, o tal vez horas, no sabría decirlo porque estuve tan concentrado en no perder el rastro de los pies de Jane. Seguí y seguí caminando hasta que el rastro se perdió. Había un pequeño río dentro del bosque donde terminaban las huellas. No sabía qué más hacer, solo seguir por mi propia cuenta. No podía dejar de pensar por dónde iría Jane si quisiera esconderse bien. Así que crucé el río y seguí caminando.

Me sentía desesperado por encontrar a mi hermana, por ello comencé a correr entre la inmensa oscuridad que había dentro del bosque, solo alumbrado por la lampara que sostenía en mis manos temblorosas. Sentía cómo mi corazón había incrementado su ritmo. Sentía también cómo la sangre corría cada vez más rápido a través de mis venas. De pronto, tropecé y caí de bruces en la nieve. No veía nada más que la luz que brotaba de la linterna a unos pocos metros de mí, en donde cayó.

Estiré mi brazo para alcanzarla, y al buscar con qué me tropecé, se apoderó de mí un pánico. Vi un esqueleto que yacía en medio del bosque. La nieve alrededor de este no era tan blanca, tenía un color rojo más oscuro, y entonces comprendí que aquello era sangre.

Ignoro cuánto tiempo llevaba el cadáver allí para encontrarse en ese estado, pero la sangre que lo bordeaba no parecía tener mucho tiempo. No soy un experto en determinar estados de sangre ni nada por el estilo, pero el rojo de este se notaba oscuro, y a la vez de un color vivo.

Comencé a arrastrarme hacia atrás, tratando de alejarme de este, hasta que sentí que estaba moviéndome por encima de otra cosa que no era la nieve. ¡Eran más huesos! Grité del susto como nunca antes había gritado. Sentía que me iba a desmayar, cuando de pronto lo vi.

Terminando todo el tumulto de huesos que se encontraban dispersos por la nieve, encontré el abrigo de Jane. Me levanté y fui corriendo hacia él con la esperanza de encontrar a mi hermana. Al llegar, me di cuenta que solo era su abrigo. No había rastros de ella. Lo levanté y me di cuenta de que estaba manchado de sangre. Por partes estaba roto, como si alguien…o algo, lo hubiera alcanzado con algo afilado y hubiera rasgado el abrigo.

― ¡Jane! ―comencé a gritar― ¡Jane! ¡¿Dónde estás?!

Sentí cómo me invadía la desesperación, sentí cómo mi corazón latía más fuerte y rápido, cómo sudaba, cómo corría fría la sangre por mis venas. Sentía que iba a enloquecer.Se me cruzó por la cabeza un pensamiento alocado: algo había perseguido a mi hermana. Algo que era culpable de todos los huesos que se encontraban tirados y abandonados en medio del bosque, y, tal vez, ella era uno de ellos.

― ¿Qué clase de abominable ser deja huesos así? ―me pregunté― ¿Y yo? ¿Dónde estaba mientras esto ocurría?―Estaba dormido. No pude evitar culparme. No pude evitar sentirme culpable de que ella terminara así en el bosque. Si tan solo hubiera aceptado jugar a las escondidas dentro de la cabaña, por más pequeño que sea el espacio para ello…

Me puse a llorar y gemir desesperadamente.

― ¡Jane!… ¡¿Por qué!?―gritaba, sollozando.

Me encontraba totalmente resignado a lo ocurrido. Mi hermana había muerto, pensaba,y de la manera más trágica y horrorosa que alguien pudiera imaginar, tal vez, desollada, como desecho de la merienda de alguna bestia que habitaba el bosque.

Me encontraba delirando. No sabía qué hacer. De repente, escuché un grito, un grito ahogado:

― ¡Ayuda! ¡Alguien ayúdeme!

Al comienzo no supe qué pensar. Pensé que me encontraba delirando.

― ¡¿Jane?! ―grité.

Luego un silencio, un silencio que sentí como una eternidad, esperando su respuesta.

―¡Ayuda! ―escuché e inmediatamente reconocí la voz: ¡era mi hermana! Seguía gritando, pero, se escuchaba cada vez más lejos.

―¡Jane! ¡Resiste! ¡Ya voy! ―grité, sin saber qué era lo que la alejaba, sin saber qué era lo que me aguardaba al encontrarla.

En plena oscuridad comencé a correr en dirección a sus gritos. Sentía cómo perdía fuerzas en mis piernas mientras corría, pero seguí corriendo y corriendo. Comencé a escuchar sus pedidos de auxilio cada vez más cerca y, al mismo tiempo, se oyó unos rugidos. Unos que no le pertenecían a un animal. Era algo aterrador. Ni siquiera el rugido de un león o de un oso me daría tanto miedo como este. Me sobrepuse al miedo y seguí corriendo.

Al adentrarme al bosque, había un claro, de forma circular. Al otro extremo, donde comenzaba el bosque nuevamente, vi a una persona que yacía en el suelo. Tenía el largo cabello negro: era Jane.

Alzó la vista y gritó:

―¡Jacko! ¡Ayúdame! ―y comencé a correr hacia ella tan rápido como pude.

A mitad de camino, mi hermana gritó:

―¡Jacko! ―y una fuerza extraña la jaló por detrás hacía el interior del bosque. Seguí corriendo, pero no pude hacer nada más que ver cómo mi hermana era arrastrada por algo que se ocultaba en la oscuridad y no podía ser visto.

Seguí corriendo en pos de ella. Tratando de alcanzarla, corría con todas mis fuerzas. Nuevamente, me encontré sumergido en la oscuridad. Con la lámpara en mano, iluminé la senda que recorría, tratando de salvar a mi hermana de lo que sea que fuese lo que la acechaba.

La encontré sentada, apoyada en un árbol, con el rostro y las manos ensangrentadas. No supe si todo su cuerpo estaba ensangrentado, pues estaba cubierta por su vestimenta oscura, desgarrada tal como encontré el abrigo suelo, hace un rato.

Intenté alzarla, pero gimió de dolor. No sabía qué hacer, ella se encontraba sufriendo por las heridas que le habían ocasionado…Y todo era mi culpa.

De repente, el rostro de Jane cambia por completo a una expresión de terror

―Ja…Ja…Ja…― intentaba pronunciar mi nombre, pero tartamudeaba mientras levantaba su mano apuntando en dirección a mis espaldas. Y yo cometí el peor error de mi vida: volteé. No sé muy bien lo que vi. Solo sé que era grande, peludo,y soltaba unos rugidos escalofriantes sin comparación. 

Comenzó la lluvia, y con ello, los rayos. Nos quedamos inmóviles, petrificados por el terror que recorría nuestros cuerpos, sin evitar pensar en la posibilidad de que nuestras vidas se acabarían esa misma noche. Al caer el primer relámpago iluminó parte de nuestro alrededor por unos segundos, acompañado, unos segundos después, del estruendoso sonido que emitía. Esperando a los siguientes, presté atención a lo que se encontraba frente a mí.

Era algo cubierto de un pelaje oscuro, grande, musculoso y con unas zarpas gigantes, tan enormes que podrían decapitar a alguien de un manotazo. Todo quedó oscuro, nuevamente, excepto por mi linterna y sus ojos.

―¡Dios mío! ¡Sus ojos! ―pensé.

Sus ojos eran de un rojo vivo, que destacaban sobre la oscuridad, cual las vivas llamas de la chimenea frente a la que reposé horas antes. Tras el siguiente relámpago me di cuenta de que tenía cuernos y un hocico prominente, con grandes colmillos que sobresalían. No quería averiguar si bastaban para, de una sola mordida, arrancarte la carne del cuerpo.

Hubo un momento en que solo nos quedamos mirando. Entonces, la bestia comenzó a avanzar hacia nosotros. En plena oscuridad podía ver cómo se acercaban sus ojos grandes y rojos. Sentía su respiración cada vez más fuerte. Ya casi su sombra nos aplastaba más en la oscuridad.

Me preparé para lo que fuera que el destino nos deparase.Tomé la linterna, y esperé a que la bestia se acercará hasta una distancia en la que pudiese atacarnos. Cuando lo hizo, tiré con todas mis fuerzas la linterna hacia su rostro, (si es que a eso se le puede denominar así). La lámpara estalló en su cara, los vidrios se le incrustaron, y el fuego se avivó en su pelaje.

La bestia retrocedió con las garras en su rostro, lanzando unos gemidos espeluznantes. En ese descuido, tomé a mi hermana del brazo y le dije:

― ¡Ahora!

Nos levantamos y corrimos sin parar. Parecía que mi corazón iba a explotar del esfuerzo. Mi hermana detrás de mí se quejaba de no poder correr más, pero yo seguía y le decía

― ¡No te voy a dejar! ¡Sigue!

Después de un largo rato corriendo llegamos al río, donde se habían perdido las huellas de Jane. Estábamos cerca de la salida de este maldito bosque. De pronto, escuchamos cómo el monstruo se aproximaba a gran velocidad, con pasos firmes y duros, rugiendo aterradoramente. Pensé que le había ocasionado un daño mucho mayor, el suficiente para que podamos escapar. Lamentablemente, no se retrasó lo suficiente y, esta vez, la bestia casi nos respiraba en las nucas.

Mi hermana empezaba a gritar del miedo:

―¡Jacko! ¡Nos alcanza! ―pero, por instinto, no quise voltear y seguí corriendo. Tomé a mi hermana por el brazo. Y entonces, una fuerza en sentido contrario, nos jaló.

Mi hermana gritaba de dolor: la bestia la había prensado. Y yo intentaba arrebatársela. Cerré los ojos y jalé con todas mis fuerzas…Logré liberar a mi hermana de sus zarpas. Sin soltarla, comencé la carrera nuevamente. Oía los gritos de Jane:

― ¡Jacko! ¡Detente, por favor! ―pero no le hice caso, solo quería ponernos a ambos a salvo.

― ¡Jacko! ―escuchaba cada vez más bajo: la única explicación que se me ocurrió en ese instante era que mi hermana se quedaba sin fuerzas ya, para seguir corriendo, pero no pensaba voltear por nada del mundo.

Al fin, llegamos a la salida del bosque, y comencé a correr hacia la cabaña. Pude ver a mis padres, ellos estaban buscándonos, gritaban nuestros nombres e iluminaban alrededores. Al avistarnos, mi madre le indicó a mi padre que ya nos había hallado. Al llegar, solté a mi hermana para abrazar a mi madre. Necesitaba su abrazo, después de todo lo que había pasado esa noche. Pero, en vez de escucharla aliviada, escuché sus gritos aterrorizados, más fuertes que los truenos que retumbaban en el cielo. Mi madre gritó al darse cuenta de que, detrás de mí, donde había soltado a mi hermana, yacía su brazo. Solamente su brazo.

Mi padre, histérico, me preguntó por mi hermana y lo que había ocurrido. Les conté balbuceando lo que pude. Él, invadido por la histeria entró en la cabaña, y yo, sin saber que pasaría, aguardé, mirando la puerta, esperando su regreso.

Al rato, mi padre salió de la cabaña con una escopeta y una linterna. Me pidió que le indique el lugar donde vi a mi hermana por última vez. Yo, dentro de mi lloriqueo, me negué. No quería volver a ver esa cosa, no quería arriesgar mi vida.

Mi padre me abofeteó, me obligó a ir con él en la expedición, y así, los tres nos adentramos en el bosque con la esperanza de encontrar a Jane.

Retomamos el camino: pasamos por el río hasta llegar adonde me había caído y había encontrado ese cementerio sin sepultar en medio del bosque. Mi madre descubrió del abrigo de mi hermana y comenzó a correr hacia él. Al llegar, lo levantó y se dio cuenta que estaba bañado en sangre. Lloró y gritó como nunca antes la había visto. Mi padre intentaba que no pierda la cordura con palabras de esperanza:

― Tranquila, la hallaremos ―decía.

Luego de un largo rato en el bosque, llegamos a lo que parecía ser el lugar donde la bestia nos había acorralado. Aún no puedo creer lo que vi. Todos nos quedamos petrificados, con el corazón que quería salirse por nuestra boca.

Sollocé y vomité sin parar. Sentí que echaba la vida misma. Mi madre cayó rendida y maldiciendo a dios, en sollozos. Mi padre no sabía qué hacer, nunca vi una expresión como la suya en su rostro. Si el terror como tal pudiera tener un rostro, sería el de mi padre. Y es que lo que encontramos fue tan terrible que no se lo podrían imaginar.

En la nieve se encontraban huesos, rodeados de lo que parecía ser carne, restos de un mutilado cuerpo. La escena era grotesca, lo suficiente como para acabar con la cordura de cualquier persona que viera esto, más aún, para nosotros, sus seres queridos. Pero lo peor era lo que completaba la escena. En el árbol donde encontré a mi hermana recostada la última vez estaba su cabeza clavada en una de las ramas: mi hermana había sido decapitada.

Los meses siguientes fueron los más traumáticos para nosotros. Les conté todo lo ocurrido numerosas veces, pero no me creyeron. Me culpaban por esa noche una y otra vez. Finalmente, mi padre, después de meses de sufrimiento por la abominación ocurrida, y el no poder superarlo, decidió acabar con la agonía de mi madre y después con la suya: le disparó a mi madre mientras ella dormía y después se suicidó, para encontrarse con ellas nuevamente.

Yo no pude quedarme después de todo lo que aconteció en este lugar maldito, así que, ese mismo día escapé, con la esperanza de poder encontrar la forma de mantenerme en la ciudad.

Intenté acudir a los amigos de mis padres, pero no me creyeron, es más, me tildaron de ser un asesino. Realicé algunas labores de apoyo en construcción en uno que otro lugar que me ayudaron a solventarme unos meses, pero este tipo de trabajo no era recurrente, por lo que pasé varios meses viviendo en las calles, pidiendo limosnas para poder sobrevivir mientras esperaba encontrar un trabajo que me permitiera subsistir.

Finalmente, al no ver futuro en la ciudad y no encontrar apoyo por ningún lado, opté por regresar al lugar donde todo comenzó. La sola idea de regresar a ese lugar maldito me daba escalofríos, pero era el único lugar que tenía, donde existía un techo con el cual pudiera cubrirme del crudo invierno que se acercaba nuevamente.

No puedo evitar sentirme culpable por la muerte de mi hermana y por el suicidio de mis padres. Ha pasado un año aproximadamente desde aquel infierno vivido aquella noche de invierno. Me he vuelto loco. Mientras escribo no puedo dejar de ver el arma que tengo al costado. La misma con la que mi padre mató a mi madre y se disparó. Solo puedo ver cómo me persiguen los fantasmas de mis padres y mi hermana. Siento que me encuentro vacío, mi vida no tiene sentido, me encuentro sumido en la depresión y la locura. Pronto será invierno, nuevamente. Volverá a caer la blanca nieve del cielo con la que mi familia era feliz, esperando la navidad, jugando con mi hermana en ella, armando muñecos y jugando a la guerra con bolas de nieve… Pero estos recuerdos fueron manchados por la desgracia. No podré soportar ver la nieve una vez más. Cada vez que me asomo por la ventana y veo el bosque, veo a mis padres y mi hermana, tomados de la mano, haciéndome señas como diciendo:

―Ven, ven con nosotros.

Por si fuera poco, no sé, pero me parece escuchar los rugidos de la bestia, o quizá solo me visitan desde mis recuerdos. Los recuerdos me atormentan noche y día, y me mantienen preso de esta incongruencia mental en la que vivo. No encuentro otra salida más que la muerte. Tengo el arma cargada, una sola bala para una sola cabeza. Espero pueda unirme con ellos y puedan perdonarme por ser el causante de sus muertes.