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Cuento: El extraño forastero por Ajedsus Balcázar Padilla

Ajedsus Balcázar Padilla

Ajedsus Balcázar Padilla

Tuxtla Gutiérrez, México, 1993

Escritor chiapaneco de ciencia ficción, terror y fantasía. También poeta y compositor. Nació el 29 de Octubre de 1993 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y vive(…)

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I

Aquella mañana una enorme estructura apareció misteriosamente y provocó el colapso de un castillo abandonado a las afueras del reino de Felipe V. 

Tan pronto el polvo y el vapor se disiparon, un escuadrón de caballería acudió al lugar a investigar qué había pasado.

—Tal parece que no ha quedado nada del castillo del viejo Andrea Portillo. Todo fue destruido por esa gran cosa blanca. ¿Tú qué crees que sea? —dijo el caballero Tymur a su comandante. 

—Hasta ahora, los alquimistas han declarado que la estructura de aquella cosa está hecha de metal sólido, de diferentes densidades. Nunca vieron algo parecido. Posiblemente más dura que nuestras espadas. Aquello podría ser un sofisticado carruaje de los dioses…

—¿Por qué dice eso? ¿Acaso encontraron individuos en su interior? —cuestionó.

—Los lugareños dicen que en la madrugada un enorme destello iluminó parcialmente varias parcelas por acá y luego una bola de fuego se estrelló. Ante las dimensiones de esto, tal vez las leyendas de grandes carruajes voladores que poseían los dioses en el pasado, pueda ser cierto. 

El caballero trataba de asimilar esto y aquello. No podía digerir totalmente semejante historia. Pero tras meditarlo, asumió que aquello podría ser la mejor explicación del calamitoso fenómeno. 

El escuadrón colocó a un grupo de herreros y alquimistas para analizar y verificar qué se podía hacer con todo ese material. Con el trabajo de cientos de esclavos, los metales de las paredes de aquel artefacto fueron despojados poco a poco. Y al final, se lograron forjar escudos, armaduras y espadas más duras y sofisticadas. 

Aunque el esqueleto de la estructura de metal se fusionó con los escombros. Cientos de enigmáticas tuberías y sistemas de cableados fueron apareciendo conforme se desvalijaba. En cierto momento los grupos sacerdotales se manifestaron en contra de los trabajos que se hacían en esa zona. La profanación del extraño objeto, posiblemente desataría la ira de algún dios desconocido. 

II

La inusual criatura fue encontrada merodeando a las afueras del pueblo de San Lorenzo, escondiéndose entre los árboles y tal parecía intentaba acercarse al poblado y robar puercos o mujeres. Portaba una armadura color blanco y sobre su cabeza llevaba un sofisticado casco con algún tipo de cristal sobre el rostro. Un equipo de la caballería real fue dirigido a la zona donde se había avistado, para averiguar qué maligna cosa podría ser aquello. 

Los gritos y el disturbio no tardaron en escucharse y los caballeros acudieron rápidamente al lugar de los hechos. 

Al principio, la criatura trataba de vociferar algún tipo de lenguaje extraño. Posiblemente era algún demonio extranjero que trataba de infiltrarse en nuestro territorio. 

Los caballeros blandieron sus espadas y se acercaron al sujeto. 

—¿Qué demonios eres y de dónde procedes? —preguntó un guerrero llamado Vasilin. 

La criatura podía medir un poco más que aquellos hombres, pero tras un rato de manipular un extraño brazalete que cargaba en sus manos, una inusual voz comenzó a emanar de su intrigante casco. 

—Una disculpa, amigos. Ahora mismo trato de procesar su lenguaje. —dijo con voz ronca y prosiguió—. Soy miembro de la Fuerza Espacial Mexa, y tal parece que he tenido que aterrizar en sus tierras. ¿Me podrían decir en qué lugar estamos? 

Los hombres lo vieron con perplejidad y bajaron sus armas. 

—Hablas latín… pensamos que serías una bestia o quimera de las montañas. Ahora mismo usted pisa los territorios del reino de Felipe V.  

—¡Felipe V! Demonios, ¿acaso estamos en el siglo XVIII?  —vaciló el extraño sujeto y observó a su alrededor. 

Luego de un rato, llevó sus manos al cuello y algún tipo de gas fue liberado. Los guerreros se alejaron y colocaron sus escudos en defensa. 

—¡No intentéis nada, maligno forastero! O aquí mismo te acabaremos con espadazos… —maldijo el comandante con voz amenazante. 

El extraño sujeto se despojó del casco y el rostro de un hombre calvo y con un pequeño bigote fue revelado. Portaba algún tipo de anteojos que emanaba símbolos raros. 

Seguidamente volvió a hablar, pero su lengua era tan enigmática que solamente su casco liberaba palabras en el lenguaje autóctono de los pobladores. 

—No teman, estimados amigos. Soy un humano como vosotros. Únicamente que de un lugar muy lejano entre el tiempo y espacio. 

Una multitud se iba conglomerando en las cercanías del lugar y todos observaban con asombro al inhóspito hombre. 

—Hasta ahora, podrías ser un demonio o algún alquimista hereje. Por orden del sagrado reinado de Felipe V. Usted será llevado al tribunal para verificar su destino —dictaminó el comandante y ordenó a sus compañeros que colocaran unas pesadas cadenas en las piernas del hombre. 

—Comprendo su desconfianza, con gusto iré con ustedes. 

Pronto las campanas de las iglesias empezaron a sonar de manera estridente y toda la población corrió a sus hogares, escondiéndose de alguna amenaza mayor. 

—¡Por los dioses! No ahora… jalen al prisionero y llévenlo al carruaje. Debemos ponernos a salvo —ordenó y todos comenzaron a moverse y mirar a los cielos. 

—¿Qué sucede? ¿De qué huyen? —cuestionó el forastero preocupado. 

—Los dragones gemelos se acercan al poblado. Seguramente con hambre de carne y caos. 

—¡Carajo! ¿Dragones? 

—Por las alas del dios Galmut. ¿Realmente eres humano y no conoces las amenazas del mundo? 

A lo lejos se lograba escuchar el alarido de una gigantesca criatura. Y gran parte de la caballería se dirigió a las altas murallas para tomar los arcos y las ballestas de lanzas. Hasta que, entre las montañas los dos enormes dragones gemelos aparecieron lanzando llamaradas sobre el bosque y las granjas aledañas. 

Ante el extraño panorama, el forastero se preguntó realmente si aquello era otro planeta o su propio mundo en el pasado de alguna dimensión paralela.

III

Alfonso Rivero era su nombre, comandante de la nave Pakal y miembro de la Fuerza Espacial Mexa. Ante su perturbación no lograba recordar mucho de su travesía, algunas memorias pasaban velozmente en su mente, dilucidando breves pasajes de lo ocurrido. 

—¡Ayuda, Base Tlaloc! Necesitamos soporte para alunizar —declaró Ignasio en el intercomunidacor, sus manos trémulas se movían en el tablero de mandos. 

—No llegaremos a tiempo para escapar de la llamarada solar X. La lluvia de fotones y rayos gamma será crítica para nuestros sistemas —explicó el alto y moreno biomédico, Mauricio, quién observaba el radar y cómo las gráficas incrementaban sus indicadores de radioactividad. 

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —comentó la ingeniera Petra en el momento exacto en que los indicadores mostraran niveles críticos y todo el sistema de alarma se encendiera. 

—¡Coloquen los propulsores de fusión a su máxima capacidad! Tenemos que llegar a la Base Tlalot cuanto antes.  

La tripulación hizo los movimientos pertinentes para lograr desplazarse lo más rápido posible en el espacio. Tras salir de Marte su próximo destino sería la Tierra, pero por emergencia debían arribar a la Luna antes de que fuera demasiado tarde. 

Algún extraño cuerpo celeste supermasivo se había posado cerca del Sol y la estructura de la estrella se volvió inestable. No se lograría hacer más conjeturas sobre lo que era aquella cosa hasta lograr estar en un lugar seguro. 

    Una monstruosa marea de radiación se extendió velozmente en todo el vacío espacial. Aniquilando sondas de monitoreo que estaban muy cerca y otras más de exploración en Mercurio y Venus. 

Cuando la potente llamarada clase X alcanzó a la aeronave Pakal, su dirección fue cambiada para dirigirse directamente a la Tierra. Todos los sistemas habían colapsado dentro. 

Los muchachos se dirigieron a las cápsulas de escape, pero cuando menos se dieron cuenta, cayeron invadidos por un fatal sopor. 

El gran Pakal se dirigió salvajemente a la órbita terrestre, llevando consigo a más satélites cercanos.  Pronto esta se volvió una mole de fuego que descendió sobre alguna parte del hemisferio norte. 

Alfonso recobró la consciencia por una extraña razón, observó a sus compañeros desmayados en las paredes y otros abrazados al tablero de mandos. Él trató de reactivar los comandos de descenso, pero todo el sistema se había estropeado. Ninguna señal activa. 

Ante su pánico y desorientación, optó finalmente por tratar de alcanzar una cápsula de escape. La abordó con todas sus fuerzas y salió expulsado hacia una zona llena de vegetación. 

La aeronave se perdió entre las montañas para finalmente escuchar un fuerte impacto más adelante.