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Cuento: «ANHEDONIA» por Keidin Yeneska González

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La alarma ha sonado a la misma hora que todos los días, 5:00 a.m. 

Pero me encontraba despierto, desde hacía tiempo, tal vez no dormí en toda la noche, no lo recuerdo, a veces tengo lagunas mentales después de escuchar la alarma.

No quiero levantarme, no tengo ningún motivo real para hacerlo. Mi cuerpo yace inmóvil en la cama, duele, con un dolor ajeno, casi incorpóreo, por contradictorio que parezca.

Siempre tengo dolores somáticos, como suele llamarlos el psicólogo, él gusta de nombrar cualquier cosa que yo pueda sentir, o captar, yo estaba bien hasta que él le puso nombre a lo que siento.

Hay una macha de humedad en el techo de concreto, brotan un par de gotas que caen sobre mi frente, las dejo correr, no tengo fuerza para limpiarlas, cierro los ojos para imaginar la gota destrozarse contra mi frente, splash.

Abro los ojos y noto que la mancha tiene forma de América del Sur, me fatiga afinar la vista para ubicar países y nunca fui bueno en geografía.

Deseo volver a dormir, y soñar que estoy vivo. Me gusta dormir, la muerte es hermana del sueño me dijo alguien alguna vez.

Los músculos de mi cuerpo aún no reaccionan, duelen con ese dolor tenue e incorpóreo. La alarma suena de nuevo, recordándome que han pasado diez minutos desde que desperté, esta vez me sobresalto, y me siento en la cama en un solo impulso, dispuesto a levantar mi inútil cuerpo que hoy por lo menos duele, casi siempre parece el cuerpo de otra persona.

El suelo está frío, encamino mis pasos descalzos hacia el baño, donde lavo mi rostro con agua fría y me veo al espejo, ¿Quién es el del espejo?

No lo reconozco, su rostro no me es familiar. Lo observo con deseo averiguar quién es. No logro satisfacer mi curiosidad.

La ducha, ¿Por qué me bañaría?, por solidaridad con la sociedad, tal vez.

¿Solidaridad? ¿Es en serio?

Hay en mi cabeza dos corrientes, una es el qué, otra es el por qué, la primera me excita, la segunda me ralentiza.

He abierto la ducha, sin darme cuenta ya estoy bajo el agua helada. Un tren de pensamientos cruza por mi mente, no puedo entender, imágenes, voces, situaciones hipotéticas, como una pantalla de cine, incoherente, maldita.

Trato de encontrar un espacio entre un pensamiento y otro, un espacio vacío, una laguna para detenerme allí y ya no pensar, estar en el vacío. Terminó mi ducha matutina, ni siquiera usé el jabón, ahora debo vestirme, tengo poca ropa, cinco pantalones, cinco camisas, algunas pendas interiores y un par de zapatos. Me senté en la cama, observo la ropa que uso todos los lunes, pasan los minutos, sólo observo a mí alrededor.

“No, no tienes poderes telequinéticos” – me digo.

Terminé de vestirme e hice la cama con resignación, vi algunos objetos fuera de lugar, libros, papeles sueltos, lápices, pensé en ordenarlos, pero no tengo estómago para hacerlo, salgo de la habitación con algo de prisa. En la cocina tomo un vaso con agua del refrigerador, tengo hambre, pero no quiero comer, sólo tomaré agua, el día está lento.

Reviso los mensajes, tengo un mensaje de mi hermano: ¿Cómo estás?

Estoy igual que siempre, nostálgico, deprimido, anhedónico, cansado, dolido, esperando que me salve la muerte.

“Estoy bien, hermano, un beso” –Respondo

Aunque sea una simple pregunta de cortesía, me confunde, se espera una respuesta cortés, pero en realidad no sé lo que siento ni cómo me siento, sólo siento que no siento nada.

Pero sí puedo captar a nivel intelectual las emociones, generalmente me siento tranquilo, malditamente tranquilo, eso es todo. No logro percibir nada más, aunque quiera no puedo sentir mis pensamientos ni pensar mis sentimientos, como decía el filósofo, no encuentro conexiones entre ambos.

Salgo de casa, la ciudad aún duerme, apenas empieza a amanecer, la melancolía y el silencio del amanecer me agrada. Media hora en la estación del metro, esperando un vagón donde meter mi humanidad sin violar las leyes de la física, una tarea casi imposible en esta ciudad atestada y maloliente que me abruma. Humanos por todas partes, viviendo sus infelices, inútiles e incoloras vidas.

En el camino, el metro sale del subterráneo un breve trecho, por la ventana observo una ciudad hostil, deteriorada, arruinada. Tuve un mareo, pero ya estoy bien. Hay un parque con árboles desmedrados, repleto de ancianos desdentados ejercitándose, patético.

Bajo dos estaciones después, mi sentido del olfato es en extremo deficiente, pero percibo el olor a basura podrida, me hiere las fosas nasales. Apresuro mis pasos y paso frente a una iglesia, donde un sacerdote de mediana edad con cara de perro hace contacto visual conmigo, mientras ejerce su función como empleado de una gran multinacional, frente a decenas de fieles que buscan librarse del infierno, malditos, hipócritas, infelices.

Camino con lentitud, con algo de torpeza, entro en un café, el mismo al que voy cada mañana, soy un hombre de hábitos, se me hace imposible dejar de repetir conductas o situaciones, soy bastante recurrente, me siento en la misma mesa y sólo hago una seña, ya saben que tomaré un café americano, el empleado me saluda y balbucea algo, no escucho lo que dice, pero no me interesa, sólo puedo sonreír y asentir con la cabeza, mientras lo espero saco un libro de mi bolso y finjo que leo, para no tener que socializar con nadie, no lo encuentro necesario.

Pero la sangre se me ha helado de pronto, porque al abrir el libro encontré la fotografía. De nuevo no sé lo que siento, sólo una ligera sensación de extrañeza y frío. ¿La amaba? No sé si tengo capacidad para amar a alguien. ¿La extrañaba? Sin duda nunca he extrañado a nadie. Nunca siento nada por nadie.

Mis respuestas emocionales son frecuentemente frías, lentas, poco convincentes, incluso para conmigo, suelo pasar de la ira a la euforia en un momento, no porque sea bipolar, sino porque mis emociones son superfluas. Nunca he sido capaz de crear un vínculo emocional con alguien, simplemente carezco de esa capacidad. Todo me resulta como yo: vacío.

Decepcioné a las personas que me amaron, hombres y mujeres, a quienes no fui capaz  de dar amor, a quienes engañe pidiendo redención, no he sido capaz de complacer sexualmente a alguien, ¿cómo podría, si ni siquiera siento mis propias eyaculaciones? me precio, sí, de tener un apetito sexual voraz en solitario, veo pornografía y me masturbo varias veces antes de dormir, pero cuando tengo un cuerpo demandando mi atención, no siento nada, ni deseo, ni placer, ni amor, a menudo tiendo a sentir desprecio por los cuerpos desnudos, me asquea el contacto directo con piel que no sea la mía.

Esta es una fotografía hermosa, la guardaré como recuerdo, no me entristece que ella no está en mi vida, pronto alguien me amará de nuevo, habrá rodeos, coqueteo, mentiras, sexo y decepción, terminará odiándome –me pregunto qué se sentirá odiar. Nunca, en ninguna circunstancia he sido capaz de amar u odiar-. Soy fácil de amar y de odiar, soy un encanto, un encanto superficial.

-Su café, señor Ruz, se enfría.