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Es de noche: a esta hora la voz de las fuentes se hace más potente, y mi alma también es una fuente.
Es de noche: a esta hora despiertan todas las canciones de los amantes, y mi alma también es una canción de un amante.
Algo inextinto vive en mí, un deseo inextinguible, uno que quiere gritar. Un deseo de amor vive en mí, uno que habla el idioma del amor mismo.  
Luz soy: ¡oh, si fuera Noche! Pero esta es mi soledad, estar envuelto de luz.
¡Oh, si fuera oscuro y nocturno! ¡Cómo mamaría los senos de la luz!
¡Y aun a vosotras bendeciría, vosotras pequeñas piedras rutilantes y gusanos luminosos allí arriba! Y sería feliz por vuestros regalos de luz.
Pero yo vivo en mi propia luz, yo reincorporo a mí todas las llamas que de mí brotan.
No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soñado que robar debe ser más agradable que tomar.
Esta es mi pobreza, de ninguna manera mi mano se harta de dar; esta es mi envidia: ver ojos esperando con avidez y noches despejadas de anhelo.
¡Oh, infelicidad de todos los que dan! ¡Oh, desvanecimiento de mi Sol! ¡Oh, afán de deseo! ¡Oh, antojo vehemente de saciedad!
Arrancas de mi pecho: ¿y siquiera conmuevo tu alma? Entre dar y recibir hay un resquicio; y el más diminuto espacio es el puente más difícil de atravesar.
De mi belleza un hambre nace: quiero lastimar a quienes encamino con mi brillo, quiero despojarlos de mis dones, ¡excesiva es mi hambre de maldad!
Retirar la mano cuando ya otra se estira buscándola; dudar como la cascada que duda mientras cae, –excesiva es mi hambre de maldad.
Semejante venganza medita mi abundancia: semejante malicia florece de mi soledad.
Mi gozo de regalar murió de tanto dar, mi virtud por su exuberancia se asqueó de sí misma.
Quien con mucha frecuencia da corre el riesgo de perder la vergüenza; a quien siempre entrega se le forman callos en la mano y el corazón por nada más que entregar.
Mis ojos ya no se desbordan en ríos con la vergüenza de los que piden; mi mano ya es demasiado rígida para temblar y dar a manos llenas.
¿A dónde se fue la lágrima de mi ojo y la pelusa de mi corazón? ¡Oh, soledad de todos los dadivosos! ¡Oh, silencio de todos los destellantes!
Muchos soles deambulan en el desolado escenario: a todo lo oscuro le hablan con destellos –para mí permanecen en silencio.
Oh, esta es la enemistad de la luz contra lo luminoso, despiadada cambia su curso.
Injusto en lo más profundo del corazón contra quien brilla, gélido contra los soles –así actúa cada sol.
Como tempestades los soles navegan sus órbitas, ese es su destino. Siguen su voluntad implacable, esa es su frialdad.
¡Oh, son ustedes los primeros, los oscuros, los que durante la noche crean calor de lo brillante! ¡Oh, quienes maman leche y consuelo de las ubres de la luz!¡Ay, hay hielo a mi alrededor, mi mano se quema por tan solo rozarlo! ¡Ay, la sed está en mí, mi sed languidece de acuerdo a tu sed!
Es de noche: ¡ay, y yo tengo que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad!
Es de noche: a esta hora surge mi deseo como un recién nacido –y el deseo me exige hablar.
Es de noche: a esta hora la voz de las fuentes se hace más potente, y mi alma también es una fuente.
Es de noche: a esta hora despiertan todas las canciones de los amantes, y mi alma también es la canción de un amor.

Traducido por César Daniel García

Día 1.

¿Por qué no? Finalmente, contaba con algo de espacio en el móvil y, si bien no era muy aficionado a la tecnología, tampoco menospreciaba la utilidad de aquellos aplicativos. Menebar era el nombre de la novedad. Algo que, sin duda, resultaba llamativo e intrigante. «Esta aplicación está basada en el exitoso libro de Carmela Medrano Juvenal, quien publicó el manual “Cómo lograr metas personales”». Aceptar.

Día 3.

Sebastián Lozano era ahora miembro y se animó a hacer el test de introducción e incluir cuáles eran sus ejes de interés, libros favoritos, artistas preferidos, logros personales, entre otros datos relevantes. Al culminar con esa fase introductoria, Lozano comenzó a responder preguntas alusivas al futuro. Como, por ejemplo, qué quisiera hacer por el resto de su vida, qué metas persigue, en qué aspectos es realmente bueno y otras cosas más. Tras unos minutos de procesamiento, dicho instrumento señaló que su vocación era la de ser actor y que, de aceptar los términos y condiciones, la aplicación podría ayudarlo a conseguir el éxito en dicha carrera. Cabe mencionar que Lozano siempre se había visto fascinado por la actuación, de hecho, era algo que había disfrutado hacer en múltiples presentaciones escolares y aunque, si bien nunca lo había considerado con determinación, ahora quería ver si, en efecto, eso le era posible. Aceptar.

Día 4.

El equipo móvil se había configurado de tal manera en que agendaba múltiples actividades durante el día. Recomendaba ver ciertas películas, leer algunas entrevistas, proporcionaba textos de un famoso dramaturgo contemporáneo y obligaba a frecuentar lugares en donde se representaban actuaciones notables. Era impresionante la cantidad de tareas diarias. Y, por si fuera poco, gestionó una docena de clases de actuación. Lozano se sentía agobiado, pero aun así era consciente de la enorme competitividad del mundo moderno y así fue que pensó en que, al fin y al cabo, ya era momento de esforzarse para cumplir sus sueños.

Día 12.

Lozano recibió una alerta: «Audición el día de mañana a las 10:00 a.m. en el Teatro Central de Montevideo». Tal notificación lo sorprendió mucho, deslizando los dedos descubrió una escueta descripción de la tarea que señalaba lo siguiente: «Menebar considera muy necesario que participe de forma activa en convocatorias de búsqueda de talentos. Hemos configurado su cita, al igual que todas sus labores, según nuestra base de datos con acceso a su ubicación, tarjetas de crédito y registro personal». En efecto, había un casting. La fila era larguísima y se tardó tres horas, pero, a Menebar gracias, lo tomaron para el papel de un joven profesor en una obra llamada «Ana Honor».

Día 30.

«El pago de la suscripción Menebar Premium ha sido realizado con éxito».

Día 32.

Sebastián Lozano realizaba las prácticas de teatro por las mañanas vía webcam a la perfección. Luego por la tarde iba a los ensayos con el equipo de la obra, más tarde leía el guión con la cena y por las noches acostumbraba ver una película sugerida por la aplicación. Por otra parte, en la red social le empezaban a aparecer diversas sugerencias de amistad que le resultaban muy provechosas pues se trataban de directores de teatro local, cazatalentos, productores de televisión, catedráticos de la Facultad de Artes Escénicas y muchos más. Esto condujo a un desarrollo positivo de sus relaciones sociales, podía ver qué obras requerían actores y qué tipo de perfil requerían las nuevas tendencias en la actuación.

Día: 47.

La obra resultó ser un éxito. «Una estrella ha nacido», El Tiempo de Uruguay, pág. 8.

Día 51.

Lozano obtiene dos nuevos papeles en las obras «La de a mil» y «Bernardo Alva con ellos». Casting «especial» para el próximo jueves a las 18:00 horas.

Día 89.

Vuelo a Miami a las 16:00 horas. Firma de contrato.

Día 182.

Lozano logró obtener el papel protagónico en la famosa película «El sauce» que se estrenaría a inicios del próximo año. La jornada iba a ser dura, pero el monto del contrato lo valía: 640 mil dólares.

*

Menebar había causado gran entusiasmo en una enorme cantidad de jóvenes. Muchos de ellos habían contemplado, al igual que Sebastián Lozano, sus intereses, sueños y propósitos vitales ante sus narices. Tan solo a cuatro meses de haberse lanzado la plataforma ya existían 850 mil usuarios. No obstante, meses después la cifra se duplicó e iba en alza, a diario eran más los jóvenes que empleaban esta plataforma para llevar a cabo sus objetivos profesionales. Muchos de ellos, que eran chicos que apenas terminaban la escuela, ya ni se preguntaban qué hacer después de esta, sino que iban directamente a la aplicación para encaminar sus vidas.

La cantidad de gerentes comerciales, chefs internacionales, políticos, actores, cantantes, científicos y opinólogos crecía exponencialmente, al igual que el número de suscriptores a la aplicación. Esta, que había empezado con la tarifa mensual de 38 dólares, con el tiempo aumentó ampliamente su costo, puesto que vieron los enormes logros económicos que forjaban los usuarios desde la plataforma. En el año 2031 ya el 43% de estadounidenses estaba suscrito a la plataforma y había logrado numerosos avances en el campo profesional.

No obstante, si bien el aplicativo había estudiado muy bien los patrones del exitismo y en base a ello había diseñado planes de acción, lo cierto es que el mundo laboral se había tornado cada vez más automático. Las aspiraciones laborales apuntaban siempre a cargos directivos, lo que generó mucha competencia en estos espacios y poca oferta laboral en cargos intermedios o puestos de labores físicas. Al cabo de un año, el país se sumió en una recesión debido a que, económicamente, muchos sectores habían perdido su motor laboral. Las calles estaban descuidadas por falta de personal de aseo, ausencia de mecánicos, era imposible hallar una niñera y aún resultaba muy difícil poder ubicar un taxi.

Blass Byrne, creador de este aplicativo, no se sorprendió cuando le comentaron que, tras un estudio socioeconómico, se había llegado a la conclusión de que esta herramienta iba a causar mucho más desorden en el mundo que muchas de las crisis de las décadas anteriores. ¿A qué se debía esto? Sencillo: la economía no podía tolerar aquel gran número de personas exitosas. Si los tecnócratas habían pensado que todos podían ganar cinco sueldos mínimos, estaban equivocados. Se necesita mucha mano de obra barata para que nazca la plusvalía; solo los líderes pueden acceder a cargos directivos y al mundo ya le sobran fotógrafos y actores. El desastre empezó al agudizarse más con la inflación por exceso de activos en circulación. La demanda de obreros y empleados paralizó diversos sectores comerciales. Menebar era tan efectiva que dejó sentir su impronta en la realidad de las naciones, si hubieran sabido todos estos emprendedores cómo fue creciendo la pobreza en aquellos países del Asia y América Latina en donde la aplicación no fue publicitada. Pero no fue hasta que el efecto se sintió en los países «importantes» que decidieron ponerle un alto.

En una reunión reservada de la Organización de las Naciones Unidas se determinó tomar cartas en el asunto. Es así que Blass Byrne sostuvo un diálogo con algunos líderes mundiales, banqueros internacionales y sus accionistas. Tras dos horas de reunión se pactó, previo pago multimillonario, deshacer progresivamente los efectos del aplicativo. Menebar ya no iba a motivar patrones de conducta para obtener logros, sino que, iba a forjar la inconducta por parte de los usuarios para, así, retornar al estado normal de las cosas. Se decidió empezar por el primer grupo de usuarios que adquirió dicha herramienta y luego continuar por bloques. Este primer 10% ya se había consolidado como un grupo de gran poder adquisitivo que ocupaba grandes cargos en las mejores esferas del país.

¿Qué más se podía hacer sino mandarlos a la quiebra? Es así que 2.7 millones de personas, sin darse cuenta, comenzaron a cambiar su rutina de «actividades» en la aplicación.

*

Día 678

Sebastián Lozano andaba frustrado al no saber qué texto sería necesario leer para la clase de actuación que iba a dictar, Menebar no tenía sugerencias al respecto y afirmaba que era mejor «Aplicar la técnica de la improvisación creativa ante los alumnos».

Día 701.

Sebastián Lozano renunció al papel en la película «Camino ficticio». Si bien en un inicio no sabía exactamente por qué lo hacía, pensó que las sugerencias de Menebar lo estaban encaminando para, así, encontrar una oportunidad mejor. Aunque, ¿algo mejor que ganar 1.6 millones de dólares en los 4 meses siguientes? Confiaba en que sí. Aceptar.

Día 703.

Aceptar el papel en «Amantes pasajeros» del cuestionado director Enrique Castro. Dicho personaje no había tenido protagonismo en los últimos años, Sebastián creyó que este seguro iba a ser su regreso por todo lo alto.

Día 758.

Estreno a las 6:00 p.m. No se vendieron todos los boletos, no acudieron críticos para dar una opinión al respecto y la escenografía fue, honestamente, pésima.

Día 764.

Se agenda una visita a la casa del productor de televisión Marco Popolizzio por su cumpleaños. Aunque Sebastián no lo conocía en persona ni tampoco había ahondado en su trayectoria por la pantalla chica, decidió ir a la fiesta porque, según Menebar, dicho artista colombiano tiene influencia y sus producciones siempre producen exentas cantidades de dinero.

Día 766.

Marco Popolizzio es detenido en su residencia en Wilshire por lavado de activos y vínculos con el narcotráfico en Los Ángeles junto a siete socios puertorriqueños. La DEA afirmó que los trabajos de su productora servían para lavar los dólares que producían sus socios, quienes trasladaban la droga desde Puerto Rico hacia el estado de California.

Día 776.

Los asistentes a su reciente fiesta de cumpleaños, socios y amigos cercanos deben asistir a los interrogatorios fiscales. Aplicación de la cláusula de pérdida de dominio en el patrimonio por delito de lavado de activos e impedimento de salida del país.

Día 782.

Menebar. Agenda casting en Avenida Portman #456. Acudir a las 07:00 horas. ¿En un colegio?

Día 783.

Videos propagados del casting en una escuela local. La película de la audición es considerada como «subida de tono» y hasta «pornográfica». ¿Menebar me proporcionó el guión correcto? Disculpas públicas.

Día 859.

«Sebastián Lozano: racista y machista. Se filtran conversaciones íntimas del actor», El Tiempo de Uruguay, pág. 36.

Día 859.

Desinstalar app.

*

Blass Byrne recibe notificación de Colelsius.  

«Asesor #741489, tiene programado para hoy en su servicio lo siguiente: 07:00 am reunión para ver los avances de la desinstalación de apps | 09:00 horas: reunión con proveedor número veintidós | 15:00 horas: videoconferencia con importante empresario de India | 21:00 horas: mejoramiento de vuestro sistema mecánico-eléctrico cerebral e instalación de un nuevo sistema computarizado».

La reunión está agendada para el mediodía y las secretarias corren de un lado a otro ultimando los detalles. Los portafolios, estratégicamente ubicados en la mesa central, señalan el orden y jerarquía de los asistentes. Frente a ellos los vasos con agua y a la derecha las tazas vacías para el café. El aire acondicionado refresca el recinto. El ministro ocupará la cabecera para ver nítidamente la presentación en la pantalla.

Los convocados llegamos puntuales y el titular del pliego aparece una hora después. Saluda con gesto displicente, se disculpa sin importarle el retraso y empieza la reunión. Parece el presentador de un circo pueblerino: pelo engominado y con raya al costado, dedos de las manos adornados con anillos de oro, camisa blanca de cuello almidonado, saco aprisionado por un botón a punto de reventar por la barriga prominente y los pantalones a la altura de los tobillos dejan ver los zapatos mal lustrados. Al sentarse el aroma de aguardiente matutino, matizado por ingentes cantidades de Varón Dandy, hacen que la oficina parezca una festividad de cementerio. 

─Hasta ese momento, Jorge, todo marchaba sobre rieles ─recuerdo mirando el horizonte blanco ─. No tenés idea el trabajo que costó organizar el evento. Superamos muchas trabas burocráticas y ahí estábamos para presentar el proyecto…

Hago una pausa para arreglar la bufanda del cuello y prosigo:

─Estuve acompañado por Campos, gerente general de la subsidiaria en Lima, y el flaco Jiménez, nuestro abogado…

Al lado del ministro se sienta su secretaria personal, una cuarentona de pelo pintado, pestañas postizas y pantis corridas que muestran sus piernas varicosas. A su costado derecho el vice ministro exhibe la mala noche que lleva encima, reforzada por la cara de sueño y polvillo blanco bajo la nariz. Completa el cuarteto, flanqueando el lado izquierdo del mandamás, un asesor de aspecto desgarbado y taciturno, fiel ejemplo del tarjetazo con que se consiguen los puestos en la administración pública.

─Gustavo ofició de intermediario ─retomo el relato ─. Logró los contactos y pactó el negociado. Manejó el lobby entre mi empresa, la peruana que representa nuestros equipos y el gobierno.

Jorge asiente con la cabeza y rellena las copas. En la cubierta de la embarcación el silencio del hemisferio sur es apabullante. Bebo un sorbo y continúo:

─La exposición de Campos fue brillante ─suspiro al recordarlo ─. Demostró que el gobierno ahorraría millones de dólares empleando nuestra tecnología. Algo más, Jorge: el precio ofertado, sobrevalorado hasta las nubes, fue una exigencia de ellos. Nadie se opuso…

El ministro toma notas que pasa a su secretaria y ésta al viceministro. El asesor las revisa y las devuelve al jefe con un check de aprobación. Por momentos el ministro dormita, al extremo que sus ronquidos entorpecen el escenario. De rato en rato la secretaria lo pellizca por debajo de la mesa para despertarlo y hacer la finta de anotar algo.

─Sus acompañantes eran convidados de piedra. Asistieron por protocolo y fue una forma elegante de guardar las apariencias. La decisión ya había sido tomada; no tenía dudas, Jorge. Trabajamos cerca de dos horas y luego los mayordomos sirvieron el almuerzo. Sabiendo que yo era argentino, alguien tuvo la idea de indigestarme con comida criolla picante y muy aderezada. Al final, como asentativo, macerado de pisco con guindones.  A la hora del café la secretaria, el viceministro y el asesor se retiraron. Del mismo modo, mi gente se despidió para pulir los detalles del contrato. 

Una de las azafatas nos alcanza lonjas de salame y queso en tajadas. Interrumpo la narración para degustar los bocaditos. El aire gélido reconforta mis pulmones y retomo los recuerdos.

─La cancha se aclaró, Jorge, y quedamos el ministro, Gustavo y yo. El mandamás, entonado por el macerado bebido, anunció que todo lo tenía controlado. Con voz firme, y sin una pizca de vergüenza, fijó en 30 % la comisión para entregarnos la buena pro sin licitación pública, a través de adjudicación directa por ser de interés nacional.

─Muchachos, del mismo cuero salen las correas y en la foto estaremos todos ─sentenció con el rostro ingurgitado de emoción.

Soltó la carcajada que lo atoró con un pedazo de cáscara de guindón. Se recompuso y aclaró que parte de su patriótica labor era convencer al premier y éste, por intermedio del asesor presidencial, hacer que el presidente firmara sin pestañear.

─ ¡Viva el Perú, carajo! ─coronó el rumbo de la estrategia.

 Reforzó la idea del trabajo en equipo; recalcó que teníamos puesta la misma camiseta y nos recordó las palabras del mandatario en el mensaje de fiestas patrias. Apretó un botón del intercomunicador y preguntó si le habían conseguido las entradas para el partido de fútbol.

 ─ ¡Salud, muchachos! Mañana les sacamos la mierda a esos hijos de puta.

Remarcó que todos terminaríamos felices. Finalmente aseguró que la línea editorial de los principales diarios estaba comprada y que los congresistas tránsfugas les daban mayoría en el congreso. Todo arreglado.

─Che, vivíamos en el país de las maravillas, el resto era silencio.

 Años después, mientras disfrutamos los coletazos de las ballenas en la Patagonia, al mismo tiempo que nos engreímos con una botella de malbec, recordamos los sucesos, una anécdota más en nuestras vidas.

  ─Che, Jorge, ese fue el principio del fin. Lo demás es historia, tú la conocés mejor que yo y no vengás a empelotarme con boluduces…

   ─Tienes razón, che. ¿Otra botella?

  No se diga más, otra y que se jodan los feos…

Desde el título, el libro Bocaditos para velorio llama la atención por imagen y contenido. Son una serie de microrrelatos y cuentos cortos que se han recopilado en una antología bastante amena a pesar de su fondo de fantasía oscura.

Oswaldo toma esta vez, desde un momento en que la muerte lo rodea como el mismo cuenta en el prólogo, una serie de ideas, experiencias y anécdotas de velorio que plasma en estos 50 textos que se dejan leer fácilmente. Bocaditos para velorio, es exactamente eso, pequeños y deliciosos tentempiés que puedes ir digiriendo poco a poco en diferentes momentos y lugares. Es un libro que a pesar de su tema denso, no es pesado; es bastante fresco y rápido de leer, quizás por la brevedad de los cuentos y sus variados temas.

Podremos ver tramas tan variadas como los fantasmas, monstruos, zombis, criaturas del inframundo, la misma muerte; así como temas más terrenales, de misterio, policiales, personalidades múltiples, personas con algún poder mortal entre tantos otros que el autor usa para crear los diferentes relatos que nos tendrán cautivados de principio a fin.

Estos distintos contenidos, en su mayoría, hablan de la muerte; de su presencia como parca, de la forma de llegar a ella, de lo que viven los que ya se encuentran en ese estado, de los que quieren conseguir justicia si fueron cegados de la vida.

Por otro lado, hay un pequeño grupo que toca otro tipo de temas como el amor, la participación de autores consagrados como protagonistas, como Lovecraft y Julio Verne y un par de cuentos con temas grotescos donde Oswaldo se luce con su vocabulario y su experiencia médica haciendo de sus descripciones una “asquerosa delicia”. Un ejemplo de ello está en este pequeño párrafo del cuento «El Gargajo»:

“Me concentro y en una especie de ritual aprendido, hurgo en lo profundo de mi árbol bronquial para capturar la flema remanente. La extraña sensación de que algo asciende por mi tráquea y queda detenido a medio camino, me sobresalta. Inhalo aire, organizo las fuerzas evacuatorias y el sonido anfórico del triunfo remece la habitación. Sin querer y en medio de la sorpresa, sale disparado el gargajo”.

Pero Oswaldo no solo nos trae una narrativa con descripciones de este tipo, también podemos encontrar cuentos con vocabulario y expresiones más urbanas y otros que llegan a tener un lenguaje lírico, como el siguiente:

«Regreso a casa»

“La casa está en el lugar habitual y la puerta cerrada es el único vestigio que queda en pie. La contemplo indeciso y se abre esgrimiendo el chirrido del ayer. Ingreso y el polvo de las habitaciones es tanto que parece haber hundido los cimientos. Es la muestra del tiempo atrapado en las paredes.

Las telarañas que protegen marcos y ventanas son tan tupidas que pueden atrapar fantasmas distraídos. Son expresiones de palabras fugitivas”.

Como verán, cada página de este libro es un descubrimiento de cuentos de diferente temática y de los estilos que maneja Oswaldo en los cuales se desenvuelve cómodamente. Vivirán pequeñas aventuras en cada texto corto que los llevará por diferentes caminos oscuros iluminados con la lucidez de la pluma del autor.

     Leer es una actividad que requiere demasiado tiempo y si a eso le sumamos la gran cantidad de autores y géneros que existen en el mercado literario, leer TODO o por lo menos leer lo mismo que los demás están leyendo, es una meta imposible. Eso me recuerda una anécdota que habla de un hombre que desde pequeño se cautivó con la lectura y leyó por completo las bibliotecas de su primaria, secundaria, preparatoria, universidad y después de eso siguió leyendo todo lo que estaba a su alcance, pero ya en su lecho de muerte, cuando le preguntaron si se arrepentía de algo, él respondió: “me arrepiento de haber leído tan poco”.

     No se trata de leer por leer. Y ciertamente, no tenemos los mismos gustos e intereses que los demás lectores a nuestro alrededor; mientras que unos prefieren novela romántica o histórica, habrá quien busque novela policíaca o de suspenso; también los hay que se inclinan exclusivamente por escritores extranjeros y otros que prefieren autores latinoamericanos; vamos, hasta existen los que sólo leen cómic o manga.

     La variedad es tan extensamente amplia y el tiempo que podemos dedicarle a la lectura en comparación con ella, insuficiente. Entonces ¿qué leer? ¡Pues lo que nos gusta! Lo que nos hace vibrar al paso de cada página, porque leer es algo que se hace por placer y no por imposición, ni para agradar a nadie. Esto último surge de las repetidas ocasiones que nos han llegado a decir: “¿pues no que lees mucho?” (léase con tono incrédulo).

     Atacarte con esa pregunta es un recurso del que se servirán constantemente otros que también leen y para quienes se ha vuelto más una competencia, porque desde su perspectiva y la rivalidad intelectual que han formado en su mente, dices leer mucho y NO has leído el libro o ni siquiera conoces al autor de quien te hablan. Y creo que hasta la fecha no he conocido un solo lector que haya utilizado la frase “yo leo mucho”. Lo que sí he escuchado en boca de otros lectores y yo mismo he dicho es “me gusta leer”, pero eso en el pensamiento antagonista del que te quiere superar (porque para él sí se trata de un duelo intelectual), lo lleva a reforzar su inicial pregunta con más comentarios que tienen toda la intención de evidenciarte como un mal lector.

     – “Pero si es bien famoso”.


– Eso es subjetivo…

     – “¡No puedo creer que no lo conozcas!”.


– Pues no, no lo conozco.

     – “Lo recomendó Toño Esquinca”.

– ¿Quién?

     – “Ya hasta le hicieron película”.

– No lo sabía.

     – “Viene en la lista de los 100 libros que debes leer antes de morir”.

– …


     Con lo anterior no estoy diciendo que no aceptemos recomendaciones, en absoluto. Pero sí digo y creo que no estamos obligados a leer un determinado libro o autor, sólo porque muchos sí lo han hecho.

     Algunos de mis cuentos favoritos, como Barba Azul de Charles Perrault; La Casa del Juez de Bram Stoker; y La Pata de Mono de W. W. Jacobs, por mencionar algunos, llegaron a mí por muy acertadas recomendaciones, pero estos tres cuentos tienen algo en común. Sí, que los tres van de la mano con temas como terror, suspenso y misterio, es decir, temas de mi agrado e interés. De no haber sido así, no los habría leído.

     Les recuerdo que no somos Dorian Gray y no tenemos todo el tiempo del mundo a nuestra disposición para leer algo que no nos guste ni atraiga, por ello los invito a que lo inviertan en aquellas lecturas, géneros y autores que son de su agrado, a menos que por alguna afortunada circunstancia encuentren la clave de la inmortalidad. Sí es así, me avisan, porque todavía nos falta mucho por leer…

Anoche me desvelé pensando en el cuento final. Tengo varias ideas, pero aún no decido. Lo escrito hasta el momento, de acuerdo a lo solicitado por mi editor, abarca mucha miseria humana: desencuentros tormentosos, desamores sin explicaciones, asesinatos indescifrables, robos casi perfectos, secuestros abusivos, intrigas estudiadas, violaciones inconfesadas y estafas de cuello blanco desfilaron por las páginas atormentadas de mi manuscrito. Sufrí lo indecible para hacerlos realidad. Maquiné intencionalmente los finales trágicos y sorpresivos y dejé a la imaginación del lector la conclusión definitiva; una especie de gimnasia mental para llevarlo al derrotero que mejor prefiera, aunque se frustre, no comprenda o me odie. Caminé por los hilos invisibles del alma, fui intruso en los corazones descontrolados y jugué sin temor con la mente de los protagonistas. Sentí pena por algún personaje, me enamoré de una de las víctimas y angustié por el dolor que le di a uno.

Tarea difícil y complicada crear el último cuento. Frente a mí la página en blanco: el tormento diario y previsible, la odisea engañosa de la creación, la ansiedad invisible de la redacción correcta, la vorágine inquisitoria de la corrección, Escribir en ella el hilo maquiavélico y conductor que entrelace protagonistas, situaciones, lugares, historias pasadas y futuros inciertos. Qué trabajo decidir el carácter, personalidad, costumbres, manías, detalles específicos que caracterizarán e identificarán, poner nombres y apellidos, rasgos distintivos, relaciones personales, trampas del camino, salidas de laberintos, pesadillas y amaneceres.

A mi mente vienen historias de bares baratos, burdeles, pasadizos elegantes en centros comerciales, tiendas de ropa y perfumes franceses, estadios de fútbol con barras asesinas, pescadores de caletas y malecones comidos por el mar, perros adorables y furiosos, lustrabotas, mujeres insatisfechas, hombres sinvergüenzas, huérfanos del terrorismo, profesores universitarios, almuerzos de carretilla y prisiones ajenas.

En fin, todavía hay mucha tela para cortar y no consigo enderezar la trama ni el desenlace. Una taza de café cargado y el primer cigarrillo matutino pueden ayudarme a despejar las dudas. Inicio la tarea.

Escribo las primeras líneas, las leo, las borro. No me cuadra el primer personaje e intento con otro. Parece que camina mejor, pero me tranco al no coincidir con el lugar escogido y no concordar con el aire oscuro de su vida. Desecho el segundo intento. ¿Qué me pasa? Usualmente con las ideas en la memoria escribo sin dificultad. La sazón y aderezo fluyen a medida que las circunstancias se dan. Luego corrijo y corrijo hasta que la criatura nace. En este caso, van dos abortos y ni visos de gestación en el horizonte.

         ─Suele suceder, Mosquerita. Uno termina como limón de emolientero.

         ─Los que sufrimos con este oficio lo sabemos. Supongo que tampoco eres la excepción, ¿me equivoco?

         ─En absoluto, Mosquerita…

         Recuerdo las conversaciones con Serrney cuando me servía de paño de lágrimas mientras me recuperaba del surmenage que me dio por trabajar en la revista de letras de la facultad. Siempre me decía que lo peor era sentarse a escribir sin haber dormido bien la noche anterior. Sostenía que los demonios del inconsciente tienen que estar apaciguados, guardados y liberarlos luego de ocho horas de sueño profundo. Sin diazepam y tapado por una frazada con orejas para el frío o tocando la piel tibia de una mujer en las noches calurosas, decía cagándose de risa.

Serrney, para ti es muy fácil decirlo, pero ¿cuándo has escrito algo realmente bueno? Nunca que yo sepa. Soy un escritor exitoso, tengo en mi haber dos premios literarios y tres novelas publicadas. Además, sé que lees mi columna semanal del diario. ¡No me vengas con idioteces, por favor!

Tengo que serenarme. Es las diez de la mañana y voy por el segundo café, cuatro cigarrillos y dos tazas de toronjil con valeriana. La pantalla de la computadora en blanco me hace sudar copiosamente y siento que una mano me oprime la garganta. Empiezo a marearme y a dar vueltas sobre la silla. No puedo respirar bien, me levanto y camino por la habitación. Saco la cabeza por la ventana para tomar aire fresco. Estoy entrando en pánico. Debo relajarme, es cuestión de minutos y no quiero tomar la medicina que guardo en el velador. Recupero la calma lentamente y voy presuroso al baño a liberar la tensión. Las heces salen expelidas, nauseabundas, sonando a cuetones. Qué alivio, gracias, Señor. El maldito colon irritable siempre me hace una de estas cagadas; felizmente estoy en casa y dispongo de mis comodidades, no como la vez que me sorprendió en la presentación del libro del papanatas de Rengifo. Tuve que salir frunciendo el culo y estuve a punto de no elogiar su obra de porquería.

         ─Mosquerita, cuida tu salud ─me decías, desgraciado ─. No tienes ni cuarenta años y eres hipertenso y has entrado dos veces a la clínica para descartarte pre infarto.

Tengo presente tus advertencias, Jorge. ¿Acaso no sufres de algo? Maldita sea, fumas como chino en quiebra y ni una miserable tosecita. Me sacas pica con que subes a más de cinco mil metros de altura y ni taquicardia te da. ¿Por qué estoy haciendo hígado? ¿Qué culpa tiene Serrney que yo no pueda escribir? No quiero hacerlo, pero voy a tener que llamarlo. Ojalá lo encuentre y no esté fuera de Lima o contándole una de sus historias extravagantes a alguna mujer para llevarla a la cama. Necesito conversar con él para que solucione el laberinto en el que estoy metido. No quiero reconocerlo, pero es más práctico que yo en este tipo de encrucijadas. Siempre me ha dicho que escribe por pura diversión, una especie de terapia mental. Jamás publicará nada, todo es para consumo interno y que está esperando a alguien especial que lo lea. Ojalá, blue eyes, encuentres a la persona que te soporte, sea caritativa contigo y te ame a pesar de las pavadas que escribes. No es un profesional de las letras, pero el maldito se las sabe todas. Ya lo estoy escuchando:

         ─Mira, Mosquerita, la cosa es bien fácil: bebe un par de rones bien cargados, espera unos minutos a que hagan efecto y vas a ver cómo regresas a este planeta. Te faltará papel para escribir. Hazme caso, yo sé lo que te digo…

Te odio Serrney y te necesito. Nunca te lo he dicho, y me jode aceptarlo, pero creo que te amo. Ojalá tuviera tu conchudez y esos lindos ojos azules. Nunca saldré del closet porque mataría a mi madre. Me atragantaré con este sentimiento antes de confesarlo. Ahora voy a llamarte por teléfono, contesta, te lo ruego…

Desperté desnuda, cubierta por la sábana. Mi piel es fiel testimonio de haber sido besada toda la noche. Mi cuerpo exhala un aroma desconocido, mezcla de pachuli y hierbabuena. Mis cabellos ensortijados están impregnados con humo de cigarrillo y la muñeca derecha exhibe un pequeño rasguño. Con la cabeza adolorida miro la habitación, tratando de encontrar a alguien. Debajo de la almohada, asoma una rosa roja. Mi ropa yace doblada y ordenada sobre el sillón de la esquina, debajo de la ventana que da a la plaza de Armas.

Me incorporo y busco en el baño. ncorporo y busco en el baño, iProcuro hallar una explicación, un nombre, un recuerdo. Está limpio y aparentemente una persona se duchó. Una toalla húmeda cuelga en el perchero y la cortina está mojada. El espejo muestra mis ojos verdes enrojecidos y adornados por esplendidas ojeras. Son signos inequívocos de haber estado de juerga. ¿Con quién, en dónde, qué sucedió? Solo encuentro el tacho de basura con las toallitas faciales que usé antes de salir del hotel y envolturas vacías de barras de granola.

Me siento en el inodoro y orino. El mundo me da vueltas y al momento de limpiarme un ligero ardor en la vagina me estremece. La examino con ayuda de un espejo de mano y luce inflamada. No recuerdo nada. Tengo agujereada la memoria de mis últimas horas. Me ducho imaginando lo que pudo haber ocurrido.

Bajo a desayunar y el reloj de pared marca las diez de la mañana. Ordeno café cargado y una botella con agua mineral para tomar un analgésico. Al momento de sacar el dinero para pagar la cuenta, aparece una nota escrita a mano. Al mediodía estoy citada en las gradas de la catedral para encontrarme con un hombre que llevará puesta una casaca roja. Sorprendida por el hallazgo, intento nuevamente recordar y no lo consigo.

            Presa del nerviosismo llego a la hora establecida. Me sobrepongo a la angustia e incertidumbre de una cita inexplicable y compruebo, una vez más, que la plaza de Armas del Cusco siempre está llena de gente local, turistas extranjeros y comerciantes curiosos. Tomo asiento en una de las gradas y contemplo el cielo azul y despejado. A lo lejos escucho mi nombre: 

            ─ ¡Maggie!

            Giro en varias direcciones y lo descubro. Sentado en una de las bancas de la plaza, un hombre con casaca roja me saluda con la mano. Me levanto lentamente para no perder el equilibrio. Aún la cabeza me da vueltas y me aproximo hacia él. Sin cambiar de posición me invita a su lado. Lo miro extrañada, analizo sus ojos azules y un desconcertante olor me envuelve. No identifico al sujeto, pero resulta tan conocido y cercano que me inspira seguridad y confianza. Continúa mirándome con ternura y su sonrisa amplia y despreocupada sosiega mi temor. Me acomodo junto a él. Parece que su casaca roja se funde con mi chompa de lana de alpaca. Saca la cajetilla de cigarrillos y me ofrece uno. Lo acepto temblorosa y los malestares con los que desperté desaparecen. Me lo quita de los dedos y lo enciende. Da una amplia bocanada que anida en mis cabellos rubios de estudiante de antropología de Kansas, llegada al Perú a recopilar material de investigación para su tesis. Me vuelve a mirar con esos ojos azul profundo y me lo devuelve.

Enciende el suyo, me toma de la mano y nos vamos caminando sin decir una palabra, entendiéndonos con el pensamiento. Recorremos las calles empedradas de los recuerdos que no tardarán en llegar. Alzo la mirada hacia el cielo y no me importa…

Solo quiero sentir la magia de esta tierra ancestral y dejarme llevar por uno de sus hijos. Olvidé una noche en mi vida y me perdí en los caminos de su aventura; hoy sabré encontrar la ruta de regreso hacia la rosa que dejé bajo la almohada, la que perfumaba la habitación con el misterio de su presencia y que a gritos silenciosos me decía lo que había vivido…

A medida que uno se va poniendo viejo, mayores son las manías que va adquiriendo y afianzando. Es como una orden biológica, por más que las trabajes, es indefectible el control que ejercen las mañas en tu vida. La mía, es ir a la plaza a hacer tres cosas: tomar café, leer y “bocanear” el humo de un buen habano. Mientras estoy en ese ritual, me desconecto del mundo. No quiero que nada ni nadie se me acerque, solo se lo permito a los perros vagabundos que se aproximan de manera cautelosa a olfatearme y mendigar algo de comida o afecto. Me he vuelto huraño, arisco; soy uno que se perdió entre la multitud, a quien las luces chisporroteantes aturdieron, un cero a la izquierda que vio todo lo que le rodeaba reducido a objeto de burla. La sociedad me da náuseas y risa a la vez.

Mucha gente transita por la plaza, rostros nuevos, rostros ya memorizados, van y vienen de la rutina diaria del trabajo, la oficina, el motel, la parada… Hasta por la forma de caminar, de conducirse, de mirar; puedo especular más o menos a qué se dedica cada quién, o por lo menos qué rol ejecuta. Porque la sociedad no es más que una obra de teatro donde cada quién tiene un papel asignado y debe ser responsable de ese personaje a representar.

Hay dos personajes que están de manera permanente en la plaza; Verónica la alcohólica y Andrés el esquizofrénico. Lo de Verónica no me consta que fuera alcohólica. Se lo escuché un día a una pareja de mujeres que estaba en el banco próximo al mío.

—Yo no le doy ni una moneda, porque es para comprar licor, esa es alcohólica —dijo la mayor de ellas.

Nunca he visto a Verónica con alguna botella en la mano, ni ebria. Es más, entre ella y yo surgió un código. Acto seguido a los perros, se acerca Verónica.

—Una moneda—dice. Yo se la doy; ella sabe que después de la moneda debe desaparecerse, no debe molestarme mientras leo. Pero Andrés, el esquizofrénico solo lo vi en dos ocasiones; en la primera me sorprendió y sin darme tiempo a reaccionar comenzó con su discurso.

—Hola amigo, mi nombre es Andrés, soy un paciente que sufre de esquizofrenia, he estado internado, pero desde que uso medicamentos puedo estabilizarme, mire, aquí puede corroborar que soy un paciente esquizofrénico—me decía mientras me mostraba el carnet que llevaba colgado de su cuello, tenía su nombre y el sello de psiquiatría del hospital de la ciudad. En ese primer encuentro no me dio tiempo de responderle rápidamente y le entregue una moneda de 100 pesos. Ese acto me hizo recordar, a los ex presidarios que se suben en los autobuses con el siguiente discurso como memorizado:

“Bueno damas y caballeros, soy un expresidario, que ha pagado condena por homicidio, y ahora no tengo un empleo estable, acudo a ustedes y a su buen corazón para solicitar una ayuda económica, ya que nadie me quiere dar trabajo por haber sido homicida, pero yo, ya me deje de eso, ahora quiero rehacer mi vida.”

Eran tipos por lo general de aspecto impresentable, con el rostro marcado, cicatrices en sus brazos. Ese acto siempre me pareció un acto de chantaje, robo diplomático, manipulación. Jugar con los temores de la gente para conseguir a cambio una moneda. Yo me bloqueo y no les doy nada, me enoja, si me van a matar que me maten, pero no me gusta que me saquen plata a través de la amenaza indirecta.

Se lo dejé pasar la primera vez a Andrés, el esquizofrénico. En la segunda ocasión se me acercó de nuevo con el discurso aprendido que yo también me había memorizado:

—Hola amigo, mi nombre es Andrés…

Le interrumpí, y le dije: Sí, sí, el que sufre de esquizofrenia bla, bla, bla…”, ven siéntate a mi lado, se sentó a mi derecha, en el lado desocupado del banco. Tenía los ojos vidriosos, no parpadeaba, sus mejillas tensas como porcelana. Sus ojos redondos, fijos, me miraban inexpresivos.

—Mira Andrés—comencé, muy sobrio, mirándole los ojos estáticos esos que tenía—tú podrás ser muy esquizofrénico, pero yo, compañero…soy psicópata… y no necesito de una credencial para demostrártelo. Si algo aprendí en clases de derecho penal, fue a identificar, un arma insidiosa—saqué con la mano izquierda el bolígrafo que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta —¿Ves esto? es un bolígrafo de 0.5 mm, es decir; la punta más fina. Un bolígrafo es considerado un arma insidiosa, porque aunque tenga apariencia de bolígrafo, puede también causar daño. Oculta otra función. Siempre ando armado y la gente cree que es un simple lapicero, y escogí la punta más fina de manera intencional.—Andrés me miraba de manera atenta sin pestañar.—También aprendí en criminología que la vena yugular interna la tienes ubicada a la derecha de tu cuello—continúe hablándole—este bolígrafo, que uso para escribir versos de amor, o subrayar textos, puedo enterrártelo en la vena yugular, ¿Y sabes qué pasaría?—Le pregunté.

Andrés con sus retinas desquiciadas solo me miraba. Seguía sin pestañar.

—Una vez que este objeto insidioso atraviese tu vena, tienes de 5 a 10 segundos mientras te desangras para perder el conocimiento. Y de 20 a 30 minutos para morirte—le dije, respiré profundo y proseguí—supongamos que una vez que yo introduzca el objeto en tu yugular, venga la ambulancia de inmediato. También supongamos que antes de los 20 minutos llegas al hospital. Una vez allí, ingresarás a una lista de espera que tardará de uno a dos años con suerte, para llamarte y hacerte la cirugía de rigor. Quiere decir que en teoría estás muerto. ¿Me entiendes? Por lo tanto no quiero que vuelvas a interrumpirme con tu discurso lastimo-amenazante, sino me obligarás a firmar tu yugular.

Andrés tornó su mirada al banco del frente y clavo sus ojos allí por algún rato, luego se levantó, acomodó su chaqueta, arregló su carnet, dio la vuelta sobre sus propios pies en 360 grados, volvió a mirarme y cómo si todo lo que le dije se hubiera borrado comenzó:

—Hola amigo, mi nombre es Andrés…—continuó su discurso. Yo empecé a empuñar el bolígrafo…Andrés se marchó pregonando su condición camino hacia la esquina, se perdió entre la muchedumbre que cruzaba la calle.

Volví a mi lectura, subrayé con el bolígrafo un párrafo del libro, después lo guardé en mi bolsillo. Desde entonces, solo se me acercan los perros y Verónica la que dicen es alcohólica. Nunca más supe de Andrés el supuesto esquizofrénico.

Eustaquio Salvatierra era el arquitecto de moda cuando sufrió el accidente que le cambió los planos de la vida y trastocó las maquetas de su futuro. Mientras supervisaba las molduras de un balcón colonial en el centro histórico de Lima, no prestó importancia a la marcha de protesta y manifestantes enfrentados con la policía antimotines. Fue muy tarde para reaccionar y el andamiaje que lo sostenía se vino al suelo, cayendo con tres albañiles y golpeando a un par de revoltosos. Llevó la peor parte: estuvo una semana en coma y salió de alta tras permanecer hospitalizado un mes.

A partir de entonces las pesadillas jugaron con sus sueños y en varias ocasiones despertó a su madre y a los seis perros pekineses. Los alborotaba de madrugada con incendios ficticios, ruptura de tuberías de agua inexistentes y ladrones invisibles que se metían por las ventanas. Eustaquio mató a patadas a uno de los perros luego de encarnizada batalla en las escaleras. Se sintió orgulloso de haber librado a la casa de una rata prehistórica de medio metro de altura.

Doña Florencia, aburrida de los escándalos de su único hijo, y al constatar que los atrapa sueños colgados en la casa no funcionaban, decidió llevarlo al psiquiatra. Para Eustaquio las pesadillas acabaron, pero no logró controlar la modorra, confusión y errores en las que frecuentemente incurría. Por equivocación regaló el perro más joven a un ropavejero en vez del costalillo de ropa usada seleccionado, y puso a su madre al borde del infarto. La desconsolada mujer habló con el médico para que tomara cartas en el asunto ya que la población de sus engreídos había mermado drásticamente en pocos meses. Le cambaron la receta médica y fue recuperando la salud mental. Pudo reintegrarse a sus labores cotidianas, dejadas de lado por un supuesto post grado en Alemania.

            ─Jorge, ¿crees en fantasmas? –Me preguntó una vez que coincidimos en una galería de arte.

            ─Depende del tipo de fantasmas.

            No contento con la respuesta dio media vuelta y abandonó la sala, dejándome con las ganas de mayores argumentos. Así había quedado mi buen amigo después del accidente. Lo estimo mucho y me apenó enterarme que diseñó un bar gótico en un hotel cinco estrellas en vez del salón vanguardista encomendado. Se convirtió en la comidilla del gremio y casi todos ponían en tela de juicio su cordura.

            En la casa familiar sus desvaríos dieron paso a noches de sonambulismo. Repentinamente aparecía con un pekinés en la mano para dárselo a su madre, quien optó por encerrarse con los perros y amanecer oliendo a galpón. Hasta ahora nadie ha podido explicar cómo Eustaquio abría la puerta del dormitorio y sacaba a pasear a los perros por los jardines del parque. Al amanecer de un sábado, su madre fue despertada por el serenazgo municipal para recibir a su hijo inconsciente y a tres perros. La pobre mujer entró en pánico al comprobar que su engreído más viejo no había regresado. Amenazó con echarlo de la casa, pero Eustaquio no sabía qué le reclamaba.

El viejo jardinero, responsable por décadas del cuidado de los ficus, recomendó un brujo norteño y fue llevado para acabar con las excursiones nocturnas que lo ponían en peligro de ser atropellado, asaltado o secuestrado. Al regresar del viaje, Eustaquio lucía mejor semblante, con mejillas chaposas y sonrisa de oreja a oreja. Mejoró su estado de ánimo, le provocó revisar las revistas especializadas a las que estaba suscrito y se animó a colaborar con los estudiantes de arquitectura de la universidad.

Sin embargo, se acostaba tarde por la dificultad para conciliar el sueño. Despertaba de pésimo humor, fastidiado, quejoso y reclamón. El insomnio era dueño de sus noches y deambulaba como un espectro por los pasillos, corredores, jardines y aposentos de la enorme casa. En la más absoluta oscuridad reconocía cada rincón con solo olerlo. El mínimo rayo de luz le permitía distinguir los muebles, decoraciones y demás vericuetos. Cuando se sentaba en la sala con las luces apagadas para no mortificar a su madre veía pasar los fantasmas de sus antepasados. Conversaba con ellos, reían en silencio, jugaban naipes a escondidas, disfrutaban del vino que compraba en la bodega.

La noche se convirtió en el feudo donde empezó a renacer. Aguardaba ilusionado y con la casa silenciosa daba rienda suelta a la felicidad perdida por el golpe en la cabeza. El caserón se convirtió en el mejor tratamiento que pudo encontrar. Los aparecidos le confiaron secretos y misterios de tíos que había visto en daguerrotipos. Se enteró que un antepasado peleó en la guerra del Pacífico y que, antes que una bala equivocada le rajara el corazón, mandó al otro mundo a una docena de chilenos.

─No me importa que mi asesino fuera un peruano. Sé que fue una equivocación, pero me di el gusto de cargarme a doce chilenos, ¡Salud! ─le confesó el pariente con la mirada transparente que caracteriza a los muertos en batalla.

            En el colmo de la orgía fantasmal de las noches, una tía solterona de principios de siglo se le insinuó para tener sexo etéreo. Eustaquio, ebrio de tanto brindar con familiares y amigos que la parentela invitaba, estuvo a punto de ser seducido. Antes de cometer la locura de engendrar un ánima se desmayó en la poltrona de turno y horas después doña Florencia lo encontró vomitado y con la bragueta abierta, rodeado de los tres pekineses sobrevivientes.

            ─Jorge, nuevamente, ¿crees en los fantasmas?

─Absolutamente, Eustaquio ─lo miré fijamente y muy a su pesar desaparecí, dejándolo con más dudas que certezas.

     Quiero comenzar reconociendo que me declaro un total ignorante en poesía, su estructura y sus autores más representativos (aunque esto último me parece subjetivo). Y quizás se debe a que, durante mi infancia, mi papá me hacía no sólo leer poesía, sino memorizarla para que se la recitara. Desde ahí, hay un terrible intento por acercar a un niño de siete años, ya no digamos a la poesía, sino a la literatura en general, cuestión que me generó rechazo y disgusto hacia la misma durante mucho tiempo. Creo que la lectura (sea poesía, cuento o novela), no debe ser algo que se nos presente por la fuerza u obligación (pero ese es un tema que me gustaría abordar en otro texto y con su propio desarrollo).

     Entre tanto, estos poemas obligatorios con los que comienza mi historia, venían en una edición independiente (de esas que se vendían afuera de cualquier estación de metro, por la entonces económica cantidad de $10 pesos mexicanos) y la cual estaba compuesta por lo que a mi parecer, eran bastantes poemas que hoy ya no recuerdo (de hecho, el título del libro era algo así como: 50 poesías de amor o algún nombre genérico similar, que cumplía con el cometido de anunciar y vender su contenido).

     Esos 50 poemas, en efecto, eran en su mayoría sobre amor, sentimientos o emociones que despertaban a partir de un afecto correspondido, o en su mayoría, por un desalentador rechazo. Sin embargo, también fue ahí donde conocí uno, cuyo argumento no se enfocaba particularmente en lo afectivo. «El Brindis del Bohemio» de Guillermo Aguirre y Fierro y del cual sólo recordaría el nombre con el paso de los años, abordaba cuestiones de reflexión, añoranza e incertidumbre ante el porvenir, hecho que me hizo darme cuenta que poesía, no era un inapelable sinónimo de amor. Pero la importancia de tal descubrimiento, no significaría mucho para mí a esa edad.

     Así que ahí estaba yo, leyendo una y otra vez «El Brindis del Bohemio» (y muchos más), repasando, memorizando y repitiendo en voz alta para declamar en uno de tantos recitales privados, que tuvieron lugar en un edificio de apartamentos de la calle de la iglesia, como se le conocía popularmente a la calle Morelos, donde vivíamos en aquél entonces, por eso de 1994 o algo así.

     Esto no tardó en enemistarme con la poesía y la lectura en general. Y hoy, desde mi humilde postura como mediador de lectura, me pregunto: «¿A quién rayos se le ocurre poner un niño de siete años a leer y memorizar poesía?». Es cierto que introducirme a la lectura, a través de la poesía, en lugar de impulsar mi gusto y hábito por ella con fábulas y cuentos, no fue la más brillante de las ideas que tuvo mi papá y mucho menos sin educarme con el ejemplo, no obstante, no lo juzgo ni lo culpo. Ahora que sé el valor de la lectura, comprendo que sólo quería hacerme el bien de iniciarme en ella (aunque pésimamente ejecutado).

     Años después, encontré mi camino hacía las letras, adentrándome por el sendero que dejaba la pluma de Stephen King con “Los ojos del Dragón” y “Apocalipsis” y de ahí pal’ real («en adelante», como decimos en México) no tuve duda de que mi vida estaría incompleta sin un libro, historia o autor como mis fieles e incondicionales compañeros. Con el tiempo, mis gustos e intereses fueron volviéndose más específicos y coronando reyes a temas como el suspenso, terror  y misterio.

     Evité la poesía tajantemente durante muchos años, hasta que tiempo después, cuando cursaba el segundo año de secundaria, hubo una actividad que involucraba nuevamente leer, memorizar y recitar una poesía. Consciente a mis catorce años de que no toda la poesía hablaba de amor, busqué y busqué hasta que encontré algo que me asombró y maravilló por igual. “Las Letanías de Satán” de Charles Baudelaire me tomó por sorpresa, mostrándome una belleza que no creí posible porque tomaba como sujeto de inspiración al más grande antagonista por excelencia. A pesar de ello y temeroso de crear controversia, opté por no recitar a Baudelaire y continué en busca de algo más. Entonces conocí a Manuel José Othón (poeta originario de San Luis Potosí, México), con la poesía titulada “El Perro”, que venía en “El Galano Arte de Leer Vol. 1”, compilación de cuentos, leyendas y poemas por Manuel Michaus y Jesús Domínguez.

     “El Perro”, quizás no desechaba la temática de un cariño, pues habla del afecto que estos nobles animales sienten por sus humanos, pero también planteaba lealtad, defensa y alerta ante la traición y otras amenazas.

“El Perro”

 (Fragmento)

Vendrá la aurora y te diré: “Despierta,

huyeron ya las sombras enemigas.”

Soy compañero fiel de tus fatigas

y celoso guardián junto a tu puerta.

     El buen sabor de boca que me dejó este poema, me impulsó a buscar más de la pluma del talentoso potosino y encontré otros poemas todavía más oscuros y de los cuales les comparto también dos fragmentos, con la intención de que los seduzcan esos escenarios lúgubres, impíos y hasta profanos.

“Los Muertos”

 (Fragmento)

Si oyerais al roer de los gusanos

en el hondo silencio, cómo espanta,

sintierais oprimida la garganta

por invisibles y asquerosas manos.

“Las Brujas”

 (Fragmento)

-Todas las noches me convierto en cabra

para servir a mi señor el chivo,

pues, vieja ya, del hombre no recibo

ni una muestra de amor, ni una palabra.

     Francia tuvo a los llamados Poetas Malditos: Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire (¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!), quienes fueron desdeñados por sus letras abominables y blasfemas, pero llenas de una belleza que en su momento fue poco comprendida y hasta censurada. Y desde mi humilde perspectiva no como escritor ni narrador, sino como lector, imagino que si se llegase a un consenso para erigir una rotonda a los poetas malditos del mundo, cuán orgulloso estaría  de que Manuel José Othón, ostentase dicho título, porque sus letras cargadas de sentimientos y escenarios funestos, han despertado en mí un apetito por combatir mi ignorancia en la misma, con más poesía de este tipo. Bendita sea la hora en que conocí la poesía maldita.