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Los poetas salvajes

A Gabriela Paz Morales

Somos una estirpe de condenados
en la víspera del juicio.

Fuimos heridos mortalmente
por palabras buscando la alquimia
de las redenciones,
una sola estrofa para decirlo todo.

Abatidos por secuencias de ritmo,
imágenes quebrando el orden,
alucinaciones métricas
por hablar en voz alta demasiado cerca de la verdad.

En los bosques
aterrados por el aullido de los lobos,
sangrando pero determinados
a desechar cualquier frontera
porque en el reverso de los espejos
tan solo el silencio nos aguarda.

No necesitamos condiciones de gloria,
las creamos estrofa por estrofa
en las páginas con que deliran los advenedizos,
los que piensan que un poema es el recuento
de su café por las mañanas o cualquier disparate
de bufones pretenciosos.

Más que mirar al abismo
queremos vivir en él sangrar en él
como bestias olvidadas
que un día cualquiera regresan cubiertas
con el aura del coraje.

Somos los poetas salvajes
que nunca encontraron a Cesárea
y que todavía vagan por los desiertos
con la persistencia de los órices
bajo el sol en un sueño de Namibia.

Hemos conquistado los áridos continentes de barro
en el fondo seco de las corrientes,
entre los valles de la humanidad
siguiendo el presagio del mar
tras el bosque en las colinas.

Escribimos haikus
bajo la lluvia tímida de abril,
danzamos en la música
de los vientos solares
recitando poemas
sobre los tejados
como oráculos febriles
del cielo nocturno.

En las cimas terrenales
anudando resonancias de arpas destrozadas,
giros inesperados del viento
que afloja su lira de arreboles
para que escuchemos
los pasos furtivos del otoño.

Colgados entre los capiteles
por haber proferido blasfemias
contra la santidad académica
luego de rasgar nuestras sotanas
de monjes enloquecidos.
Para nosotros y solo para nosotros
son las horas renunciando al tiempo,
la frágil esperanza de las miradas
bajo el neón candente de luciérnagas
en la noche ebria de conjuros.

Tendencia

De nuevo el viento cierra las puertas
empecinado en quedarse solo en los cuartos.

El viento, es el viento que desordena
la cabellera de los siglos
cuando se rompen las crisálidas
y pasan aullando las horas postergadas.

Tú escribes obituarios o palabras
que duelen antes de pronunciarse.

Pero hoy te digo que olvides
las rutas conocidas del sosiego
y que no cometas el error de Orfeo
de mirar atrás,
pues iremos tan lejos
que nos adelantaremos a la causalidad
y los hechos ocurrirán antes que los motivos.

Tú que permanecerás dormida
en las corrientes abisales
como el detritus de dioses condenados,
nosotros que seremos otro engrane
en la trama de los teseractos
con el sol reverberando
en las orillas de un sueño irrescatable.

La caída

Como viejos árboles
de pronto afectos a su peso,
se desplomaron los sacramentos
el estatuto del alabastro,
la mueca pretenciosa
en los labios de la Ley;
se vaciaron las clepsidras
y en las manos
el agua se escurrió
como las horas vacías
donde el destino se sumerge.
 

Me abruma
el vestigio inútil
de los ídolos desechados,
el manso vaivén
de sueños definidos
por un insondable
algoritmo de conciencias,
la tristeza de millones de rostros
en los vertederos
donde resuma su odio
el tiempo inerte, carcomido.

Ante la puerta de la funeraria, un auto se estacionó de improviso.

De este, bajó un hombre con un estilo sobrio; único. Vestía una gabardina color café con unos lentes negros que le sentaban muy bien.

Acercándose al recibidor, dijo de forma altiva:

—¡Puede, por favor, atenderme que estoy apurado!

—Si señor, dígame ¿En cuál modelo de féretro está interesado? — habló el encargado, apareciendo de forma inmediata.

—Uno decente, bonito y no tan común —respondió el señor, ya más calmado.

El encargado lo llevó hacia una zona donde se podía apreciar los diferentes modelos, colores y diseños de féretros que la funeraria tenía.

Repasó con la mirada, una y otra vez, cada modelo hasta que se animó, finalmente, por uno en específico. Sacó su tarjeta de crédito para proceder con el pago correspondiente. Se le notaba ansioso y con prisa.

El encargado contento por su venta comenzó la gestión de manera rápida, no sin antes alcanzar al señor unos formularios que debía llenar con los datos del difunto.

Terminando de llenar los datos, entregó las hojas al encargado. Este, los revisó detenidamente hasta que encontró algo que llamo su atención.

—Señor, disculpe ¿podría explicarme este detalle? —preguntó, el encargado, apuntando la fecha y la hora de deceso.

El hombre respondió viéndolo de manera extraña:

—La hora de deceso es a las siete de la noche con fecha de hoy. Los datos están correctamente escritos.

— Pero señor, mi reloj marca la seis de la tarde — repuso el encargado—. Creo que se está equivocando.

Esbozando una sonrisa de satisfacción, el señor de la gabardina, reafirmo su posición y respondió:

—Al contrario, todo está correcto y sin errores. Le aseguro que ni bien llegue a casa habrá un difunto listo para la siete de la noche.

Tengo tanto que hacer, seguramente lo digo siempre, es la manera mía de huir, nunca me he sentido parte de algo, de alguien, esa sensación se apaga rápido… me cae peor que la cocaína y también me hace vomitar.

La realidad es que no sé cómo huir de la miseria. Pienso esto mientras la ginecóloga me pide que me relaje, estar tranquila y facilitarle el trabajo con las piernas abiertas al aire; ahí postrada con las nalgas colgando mientras ella y su asistente me miran.

Siento sus ojos ahí devorándome como caníbales. Soy un festín de carnes y lástima.

No hay bebé, ni dinero, lo único en mi útero o cerca del cérvix es un preservativo con pésima orientación geográfica que saca fácilmente y todo se acaba.

Ahí van mis ahorros del mes, del año.

Sólo soy otra paciente de la que se hablará o no. Quién sabe.

El deseo sexual se me fue desde que el ilustre doctor Espinoza decidió cómo y cuándo tener sexo conmigo; lo que no hicieron las flores o los besos si lo hacen el alcohol y medicamentos. Cuando desperté estaba bañada y mis amigas rompiendo la puerta del hotel para sacarme de ahí. Llegó la policía…

—Respira profundo, por favor.

Tomo mucho aire, qué ganas de todo menos de ron.

—¿Quieres hacer la denuncia?

Esa voz no es de nadie de nosotras, es de ninguna, un recuerdo pudriéndose en mi interior. De esas cosas que se maceran en el odio.

Lo único positivo y bien fermentado es el alcohol.

No sé con qué maridar todo esto ¿con qué se combinan mejor las traiciones, las mentiras y las ganas de ya no seguir?

Lo único que quiero es llorar. Ojalá las lágrimas fuesen como el ácido y se lo llevaran todo, principalmente el miedo, el asco, el dolor.

Me mantengo ocupada en estas horas amargas con gusto a sangre, a violación, con el olor repugnante de los orines, el perfume de abandono y desgano que tienen los hoteles.

El miedo y el odio deben oler también a algo.

Esta es mi rutina, mi ruina, fracaso guardado, empacado no sé en cuál de las adicciones que evita mi suicidio.

Quisiera flotar en la cama, pudrirme en ella, dejar de existir, ya no contar nada, no ser nadie, después de todo no lo soy, ni lo seré. Nadie va a extrañarme.

La única que se extraña soy yo.

Estoy enojada y rota mientras el mundo me pide estar perfecta.

Mundo que me niega el enojo, el dolor, las penas…

Amanece. Espero ansioso a que Mari retire la tela que cubre mi jaula. Quiero posar mi pico sobre su mano antes de que él venga. Le digo: «Mari, Mari» mientras me contorneo. Ella sonríe, será quizás la primera y única sonrisa del día. Abre el grifo y llena una olla con agua. Chillo: «agua, agua, Mari, Mari». Hace una mueca que no es de alegría. Escuchamos el sonido del inodoro; él ha bajado la palanca. Mari se estremece. Si tuviera plumas como yo, hubieran quedado erizadas. Entra el hombre a la cocina a ver qué hace ella. Me mira con odio mientras soba las nalgas de Mari.

—Bota a ese pajarraco, ensucia todo y siempre anda chillando.

Mari calla, se deja tocar. Yo dudo en reclamarle el desatinado comentario, pero recuerdo la vez que lo enfrenté y sin querer la perjudiqué. Me hago el loco y miro hacia la ventana. Siento el olor del pan frito. Ese miserable espera que ella le sirva el desayuno, sé muy bien que no le ha dado dinero. Ella me cuenta todo.

—Préstate plata de tu hermana para la comida de la semana. Y anda despidiéndote de tu loro.

—¿Qué te hace mi Pepito? —responde Mari con una voz que no es su voz, es casi un susurro.

—Hace bulla, caga y come choclo. No quiero que gastes el dinero en él.

Mari voltea a verme, yo muevo la cabeza, la bamboleo. Entiendo lo que está pasando.

—¡Mi Pepito no te hace nada!

—Mira, no pienso repetirte las cosas, sé que eres lenta de entendimiento, sin embargo, creo que fui muy claro. Así que alístate para que vayas donde tu hermana. Ya sabes qué pasará con tu Pe-pi-to.

Empiezo a chillar: Mari, Mari. Quiero salir de mi jaula y pechar al hombre. Enfrentarlo. Ella sirve el té y los panes fritos, que se han tostado de más. Una lágrima gruesa rueda por su mejilla.

—Eres una inútil, mira lo que me sirves, yo que te he dado lo mejor.

¿Lo mejor? Me pregunto: ¿lo mejor son las cachetadas que le das? ¿Los empujones? Esas palabras hirientes disfrazadas de cariño… Seguro te refieres a cuando recién se conocieron. Le traías flores. A mí, una vez, me trajiste vitaminas. Un día le compraste una frazada y desde aquel día te quedaste aquí. De a pocos empezaste a hablarle feo, decías que eran bromas, que ella debía reírse.

Me quedo cabizbajo mientras veo a Mari secarse la cara con la mano. Toma un trozo de choclo y lo mete a mi jaula. El hombre se levanta, se acerca a ella, la envuelve con sus brazos. La abraza, apretándola. Quiere mostrarle que es todopoderoso. La veo cerrar los ojos como rezando. Esta vez, él no ha levantado la mano. Luego de un penoso rato la suelta, ella se soba los brazos. Le ha dolido. Él se acerca a mí y abre la puerta de mi jaula.

—Por favor, no le hagas nada.

—Sabes que yo no hablo por gusto. Anda a alistarte. Voy a ser rápido.

Ella le toma del brazo. Yo espero en una esquina de mi jaula. Dudo nuevamente en emitir algún sonido. No quiero que la ofenda más, no quiero que le vuelva a pegar. La mano ingresa, trata de cogerme. Empiezo a chillar. Mari jala su ropa. Él la empuja con la mano izquierda mientras con la derecha ya casi me tiene. Mari tropieza, pero se incorpora pronto. Él ya aprieta mi cuerpo y logra sacarme de mi prisión. Lanza un alarido. Estoy confundido, pero libre. Me ha soltado mientras grita: ¡maldita, maldita! Ella llora, la olla yace en el piso. Él se retuerce del dolor. La quemadura es grave.

—Pepito, vete, vete.

Vuelo hacia la ventana, miro lo que pasa, no quiero irme sin ella. Mari llama a sus vecinos. Buscan ayuda para el desgraciado. «Mari, no lo hagas, vámonos, no te quedes aquí». No entiende mis chillidos. Resoplo: «Mari, mari». Lo levantan. Extiendo mis alas y salgo volando por la ventana. Desde la copa del árbol que está cerca de la cocina, veo en la calle a Mari subir al taxi junto a él rumbo al hospital.

I

Aquella mañana una enorme estructura apareció misteriosamente y provocó el colapso de un castillo abandonado a las afueras del reino de Felipe V. 

Tan pronto el polvo y el vapor se disiparon, un escuadrón de caballería acudió al lugar a investigar qué había pasado.

—Tal parece que no ha quedado nada del castillo del viejo Andrea Portillo. Todo fue destruido por esa gran cosa blanca. ¿Tú qué crees que sea? —dijo el caballero Tymur a su comandante. 

—Hasta ahora, los alquimistas han declarado que la estructura de aquella cosa está hecha de metal sólido, de diferentes densidades. Nunca vieron algo parecido. Posiblemente más dura que nuestras espadas. Aquello podría ser un sofisticado carruaje de los dioses…

—¿Por qué dice eso? ¿Acaso encontraron individuos en su interior? —cuestionó.

—Los lugareños dicen que en la madrugada un enorme destello iluminó parcialmente varias parcelas por acá y luego una bola de fuego se estrelló. Ante las dimensiones de esto, tal vez las leyendas de grandes carruajes voladores que poseían los dioses en el pasado, pueda ser cierto. 

El caballero trataba de asimilar esto y aquello. No podía digerir totalmente semejante historia. Pero tras meditarlo, asumió que aquello podría ser la mejor explicación del calamitoso fenómeno. 

El escuadrón colocó a un grupo de herreros y alquimistas para analizar y verificar qué se podía hacer con todo ese material. Con el trabajo de cientos de esclavos, los metales de las paredes de aquel artefacto fueron despojados poco a poco. Y al final, se lograron forjar escudos, armaduras y espadas más duras y sofisticadas. 

Aunque el esqueleto de la estructura de metal se fusionó con los escombros. Cientos de enigmáticas tuberías y sistemas de cableados fueron apareciendo conforme se desvalijaba. En cierto momento los grupos sacerdotales se manifestaron en contra de los trabajos que se hacían en esa zona. La profanación del extraño objeto, posiblemente desataría la ira de algún dios desconocido. 

II

La inusual criatura fue encontrada merodeando a las afueras del pueblo de San Lorenzo, escondiéndose entre los árboles y tal parecía intentaba acercarse al poblado y robar puercos o mujeres. Portaba una armadura color blanco y sobre su cabeza llevaba un sofisticado casco con algún tipo de cristal sobre el rostro. Un equipo de la caballería real fue dirigido a la zona donde se había avistado, para averiguar qué maligna cosa podría ser aquello. 

Los gritos y el disturbio no tardaron en escucharse y los caballeros acudieron rápidamente al lugar de los hechos. 

Al principio, la criatura trataba de vociferar algún tipo de lenguaje extraño. Posiblemente era algún demonio extranjero que trataba de infiltrarse en nuestro territorio. 

Los caballeros blandieron sus espadas y se acercaron al sujeto. 

—¿Qué demonios eres y de dónde procedes? —preguntó un guerrero llamado Vasilin. 

La criatura podía medir un poco más que aquellos hombres, pero tras un rato de manipular un extraño brazalete que cargaba en sus manos, una inusual voz comenzó a emanar de su intrigante casco. 

—Una disculpa, amigos. Ahora mismo trato de procesar su lenguaje. —dijo con voz ronca y prosiguió—. Soy miembro de la Fuerza Espacial Mexa, y tal parece que he tenido que aterrizar en sus tierras. ¿Me podrían decir en qué lugar estamos? 

Los hombres lo vieron con perplejidad y bajaron sus armas. 

—Hablas latín… pensamos que serías una bestia o quimera de las montañas. Ahora mismo usted pisa los territorios del reino de Felipe V.  

—¡Felipe V! Demonios, ¿acaso estamos en el siglo XVIII?  —vaciló el extraño sujeto y observó a su alrededor. 

Luego de un rato, llevó sus manos al cuello y algún tipo de gas fue liberado. Los guerreros se alejaron y colocaron sus escudos en defensa. 

—¡No intentéis nada, maligno forastero! O aquí mismo te acabaremos con espadazos… —maldijo el comandante con voz amenazante. 

El extraño sujeto se despojó del casco y el rostro de un hombre calvo y con un pequeño bigote fue revelado. Portaba algún tipo de anteojos que emanaba símbolos raros. 

Seguidamente volvió a hablar, pero su lengua era tan enigmática que solamente su casco liberaba palabras en el lenguaje autóctono de los pobladores. 

—No teman, estimados amigos. Soy un humano como vosotros. Únicamente que de un lugar muy lejano entre el tiempo y espacio. 

Una multitud se iba conglomerando en las cercanías del lugar y todos observaban con asombro al inhóspito hombre. 

—Hasta ahora, podrías ser un demonio o algún alquimista hereje. Por orden del sagrado reinado de Felipe V. Usted será llevado al tribunal para verificar su destino —dictaminó el comandante y ordenó a sus compañeros que colocaran unas pesadas cadenas en las piernas del hombre. 

—Comprendo su desconfianza, con gusto iré con ustedes. 

Pronto las campanas de las iglesias empezaron a sonar de manera estridente y toda la población corrió a sus hogares, escondiéndose de alguna amenaza mayor. 

—¡Por los dioses! No ahora… jalen al prisionero y llévenlo al carruaje. Debemos ponernos a salvo —ordenó y todos comenzaron a moverse y mirar a los cielos. 

—¿Qué sucede? ¿De qué huyen? —cuestionó el forastero preocupado. 

—Los dragones gemelos se acercan al poblado. Seguramente con hambre de carne y caos. 

—¡Carajo! ¿Dragones? 

—Por las alas del dios Galmut. ¿Realmente eres humano y no conoces las amenazas del mundo? 

A lo lejos se lograba escuchar el alarido de una gigantesca criatura. Y gran parte de la caballería se dirigió a las altas murallas para tomar los arcos y las ballestas de lanzas. Hasta que, entre las montañas los dos enormes dragones gemelos aparecieron lanzando llamaradas sobre el bosque y las granjas aledañas. 

Ante el extraño panorama, el forastero se preguntó realmente si aquello era otro planeta o su propio mundo en el pasado de alguna dimensión paralela.

III

Alfonso Rivero era su nombre, comandante de la nave Pakal y miembro de la Fuerza Espacial Mexa. Ante su perturbación no lograba recordar mucho de su travesía, algunas memorias pasaban velozmente en su mente, dilucidando breves pasajes de lo ocurrido. 

—¡Ayuda, Base Tlaloc! Necesitamos soporte para alunizar —declaró Ignasio en el intercomunidacor, sus manos trémulas se movían en el tablero de mandos. 

—No llegaremos a tiempo para escapar de la llamarada solar X. La lluvia de fotones y rayos gamma será crítica para nuestros sistemas —explicó el alto y moreno biomédico, Mauricio, quién observaba el radar y cómo las gráficas incrementaban sus indicadores de radioactividad. 

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —comentó la ingeniera Petra en el momento exacto en que los indicadores mostraran niveles críticos y todo el sistema de alarma se encendiera. 

—¡Coloquen los propulsores de fusión a su máxima capacidad! Tenemos que llegar a la Base Tlalot cuanto antes.  

La tripulación hizo los movimientos pertinentes para lograr desplazarse lo más rápido posible en el espacio. Tras salir de Marte su próximo destino sería la Tierra, pero por emergencia debían arribar a la Luna antes de que fuera demasiado tarde. 

Algún extraño cuerpo celeste supermasivo se había posado cerca del Sol y la estructura de la estrella se volvió inestable. No se lograría hacer más conjeturas sobre lo que era aquella cosa hasta lograr estar en un lugar seguro. 

    Una monstruosa marea de radiación se extendió velozmente en todo el vacío espacial. Aniquilando sondas de monitoreo que estaban muy cerca y otras más de exploración en Mercurio y Venus. 

Cuando la potente llamarada clase X alcanzó a la aeronave Pakal, su dirección fue cambiada para dirigirse directamente a la Tierra. Todos los sistemas habían colapsado dentro. 

Los muchachos se dirigieron a las cápsulas de escape, pero cuando menos se dieron cuenta, cayeron invadidos por un fatal sopor. 

El gran Pakal se dirigió salvajemente a la órbita terrestre, llevando consigo a más satélites cercanos.  Pronto esta se volvió una mole de fuego que descendió sobre alguna parte del hemisferio norte. 

Alfonso recobró la consciencia por una extraña razón, observó a sus compañeros desmayados en las paredes y otros abrazados al tablero de mandos. Él trató de reactivar los comandos de descenso, pero todo el sistema se había estropeado. Ninguna señal activa. 

Ante su pánico y desorientación, optó finalmente por tratar de alcanzar una cápsula de escape. La abordó con todas sus fuerzas y salió expulsado hacia una zona llena de vegetación. 

La aeronave se perdió entre las montañas para finalmente escuchar un fuerte impacto más adelante. 

Fue la única anotación escrita a mano que encontré en el libro. No recuerdo muy bien de quien era la caligrafía, todo lo demás estaba coordinado en el temblar de las líneas matizadas de los marcadores. La desaparición como convicción, como estandarte. Intento recordar aquel rastro caligráfico, buen pulso, buen semblante en las vocales, cierto aliento a ordenanza. Sospecho quien pudo haberme dejado aquella anotación, pero de pronto por la rendija semiabierta de la ventana, entra de forma violenta una polilla. Me consterno, me distraigo, pero en el ligero recorrido de aquel insecto veo el movimiento atroz de la desaparición. Trato de ubicar aquel insecto; no para matarlo, pero tal vez para darle opción frente al abismo que se configura fuera de mi ventana. No lo encuentro. Regreso al adhesivo con la anotación. “Deberías levantarte más temprano”, resuena otra vez en mi cabeza, trato de recordar las temporadas donde las mañanas eran más ejemplares, y recuerdo todos los sueños que se tributaron en aquellas horas paupérrimas de ocio. Solo tengo sospechas, pero ningún rostro concreto de aquella caligrafía. Recuerdo cómo llegó el libro a mis manos, ya hace un par de años. El adhesivo se encuentra en la página 48 de 388 que es la totalidad del libro. Tal vez la persona que escribió el mensaje, lo dejara de forma provisional en su intento de imitar las bengalas en la oscuridad. Una suerte de mensaje enviado dentro de una botella que ahora es el libro. No encuentro aún la conclusión de todo esto, pero observo bien el detalle remarcado fuera del adhesivo. “Si quiero ir más allá, deberé desaparecer”. Es como si estuviera en altamar y las palabras ahora fueran una suerte de estrellas, que representan algo que ya es extinto. Algo muerto. En la computadora suena Prisioner of my principles de Coati Mundi, y me levanto de un solo tramo para escribir todo esto, yo también quiero aprender a enviar esos mensajes, aunque solo sea pura letra muerta. Creo que también debo ir más allá, desaparecer.

Desde la misma materialidad del libro como objeto, «Álbum» (Libre e independiente Editorial, 2021), poemario de Fernando Huaoroto (Lima 1993) nos propone la isotopía de la música como uno de los ejes en los que fluye su poesía. Las otras isotopías las iremos reconociendo  a ras de las palabras: la mirada(o el mirar), la urbe, lo que denominamos la estética de lo ígneo y de la catástrofe —el amor hecatombe al que se refería César Moro— y una melancolía que parece menguar solo ante la contemplación de la niñez como ámbito privilegiado, la familia (primera parte del libro: Devociones), el amor concreto a una mujer, la ciudad, el tópico del Viaje con mayúscula (Nueva York, segunda parte del libro), el quehacer escritural, siempre el amor y finalmente la Naturaleza de la selva peruana ingresando como un torrente de luz a lavar las heridas del poeta ( Ofelia, tercera parte del libro).

Decíamos que desde la materialidad del objeto libro hallamos la música, ya que sus mismas dimensiones de 15 x 15 cm, se corresponden con traer a nuestra memoria emotiva la idea de tener en manos un disco de música —el autor alega reminiscencias a los LP, lo cierto es que es la forma de un CD—, precisamente un álbum musical. La isotopía de la música está presente a lo largo del libro tanto en marcas textuales específicas de músicos y canciones —Charly García, Luca Proda entre otros— como en el trabajo mismo sobre el eje del significante, privilegiando las cadencias rítmicas, ciertas eufonías, paranomasias y la búsqueda de un ritmo que nunca pierde intensidad; uno de los poemas que ejemplifica el trabajo rítmico es el denominado Resaca Moral, donde la letanía del adiós da paso al seguir viajando. Pero el título del libro presenta también un sentido que alude a la mirada, al mirar, los ojos. Es así que a nivel de las imágenes visuales se nos despliega un gusto por la precisión y la descripción breve, incisiva. Los ojos son mencionados reiteradamente a lo largo de la estructura del libro. Estas isotopías llegan a fundirse sinestésicamente en la propuesta estética de Huaroto: la poesía/ se escribe/ bajo la luz/ de la música (XVIII,Bonus track). Visualidad y sonido: Álbum.

Dichas estas isotopías generales, quisiéramos ahondar en las isotopías más específicas de cada parte que conforman el corpus de «Álbum». Notaremos entonces que se realiza un tránsito desde la temática más ligada a la mitología personal —la niñez como espacio poético por excelencia, una grata confluencia egureniana— pero expresada con una locutor más impersonal y de lenguaje hermético, en la primera parte Devociones; hacia una voz que busca la sencillez en el decir y habla del amor más concreto, al punto que lo sitúa por encima de la misma poesía: El amor es más importante que la poesía, nos dice en el último aforismo, el XXVII, en la última parte que cierra el libro: Bonus track, nombre que continua la isotopía de la música y de la metáfora libro—disco musical.

Debemos notar que durante el discurrir del texto poético  hemos notado una profusión de imágenes que aluden a lo que está colapsando o a punto de serlo. Algo está rompiéndose, desgarrándose. El encuentro y el desencuentro amorosos están precedidos y sucedidos por incendios, o naufragios: violentamente como dos niños/con los ojos totalmente incendiados (pág. 11), Se incendiaron/ encendiendo otro lenguaje/ sobre la superficie de sus ojos (pág. 12), se hacía noche o subterráneo/ para no morir incendio (pág. 13), Y en los pecios de su amor (pág. 12), banderas incendiándose en el cielo (pág. 15),corsarios del tiempo/ naufragando violentamente(pág. 15) entre otros versos (subrayado nuestro). Esta es la que denominamos estética de lo ígneo y la catástrofe y que alude a una concepción del amor que Moro propone como el amor –hecatombe (El fuego y la poesía); como el estado de desesperada entrega y de rebalsamiento del ser en el nexo amoroso, lo cual deriva inexorablemente en los ya mencionados naufragios e incendios. Esta característica del amor-hecatombe consiste en que toda esta catástrofe o cataclismo del ser es necesaria pues el amor es siempre una forma de llegar a algo más, de trascender hacia un misterio que parece absoluto, pero más fructífero desde el punto de vista estético y artístico. Esta es la propuesta poética sobre todo de la primera parte, Devociones, donde éstas son dirigidas a los grandes tótems de la mitología personal: la familia, padres, hermano, el amor. Bruxismo es el poema con el tono de voz más personal de esta primera parte, más íntimo en su tratamiento del amor; y con este texto se mitigan las imágenes ígneas que deslumbran al lector en los primero textos, se mitigan y dan paso a la humedad y la lluvia y por ende al Árbol perfecto que de pronto se presenta en el poema St. Sebastián

El locutor torna su mirada ya no al ámbito más cercano y personal, sino a la ciudad, a lo cosmopolita, a la urbe y su coloquialidad, a su rutina y su brillo fascinante pero que requiere negrura para ser valorado más. En la segunda parte del libro, Nueva York, la lejanía se instaura, es decir la lejanía geográfica a la que alude el título es análoga a la lejanía emotiva, a la soledad o separatividad como sostiene el profesor Camilo Fernández. Y la ciudad misma es carne del poeta. Nueva York es lo lejos, la posibilidad de huir, es la mujer que se ama o se amó, y es sin duda, Lima, vista desde la extrañeza, como se puede colegir del epígrafe o verso que precede a toda esta segunda parte: a los Barrios Altos de tus ojos. Asistimos entonces a un poema como Aeropuertos (título que alude a la transitoriedad y lo fragmentario), donde el locutor y el alocutario están plenamente identificados en el discurso  y marcan la toma de posición del locutor por un tono en la dicción más coloquial y ciertamente menos hermético, es decir el locutor se percibe más desencantado respecto al amor y la experiencia vital, se torna en nostalgia la voz. Nueva York es la añoranza de un viaje, o del viaje mismo. El viaje del amor. Nueva York es un destino, como todo viaje, por ello puede ser la mujer, objeto de deseo del locutor. Una mujer algo triste pero muy bella para el poeta (senda trazada por Poe y Baudelaire) que puede percibir y perseguir esa cualidad que, misteriosamente, a pesar del olvido como cura de la nostalgia al que alude el último poema de esta segunda parte, le fascina con persistencia.

Esta fascinación persistente es la que hallaremos en la tercera parte del libro, Ofelia. Ofelia se presenta en el discurso poético de estos poemas como la locura del amor, la juventud trágica, que se troncha, para emplear un término caro al poeta. En ese sentido es también la actualización de un suicidio, la modernización del personaje, quien se ahoga como dicen el epígrafe de Rimbaud en el Río Negro, que no es otro que el Río Negro de Aguatía en la selva del Perú.  Y es precisamente esta naturaleza la que ingresa a los poemas con su lección de sencillez en la dicción y la visión; y su dosis de calma en el ritmo y tono. El sol ya no es un objeto fragmentado, abyecto, o enfermo. Es simplemente el sol, carente de adjetivación, e irrumpe límpido en el segundo poema de esta tercera parte, titulado precisamente Ofelia. Es quizá a esta calma, a la que alude el poema doma, con su apelación a un resignamiento del sujeto ante el tiempo y sus ataduras— los hijos, entre otros. Finalmente se anuncia el motivo que cierra el libro entero en aquel ya mencionado aforismo final, cuando en el poema Lo mejor de la música, el locutor del poema, antes hipnotizado y rendido ante la música y la luz, declara  ahora que lo mejor de la música/ es cuando respiro/ la vocal exacta de tu boca, y se disuelven todas las canciones. Hay un lenguaje más inefable que el del arte y es el del amor mismo parece haberle brindado de lección el nexo con la naturaleza, y la única certeza que alumbra es la de ser PALABRA, es decir la obra misma.

La última parte del libro, más que una parteen sí, son creemos una colección de versos aforísticos que dialogan en todo momento con la voz o voces que discurren en el libro. Esto es así porque a través de estos 27 sintéticos y sumamente acertados poemas se establece la reflexión misma del poeta sobre su quehacer escritural, sobre su fluir en la misma experiencia vivencial. Rezuman estos breves textos que recuerdan haikus, pero no lo son, mucha delicadeza y fineza en la expresión y la calidad de un auténtico creador con las palabras que las valora en su grandeza y en su silencio. Porque sin silencio no hay música.

Los Lugares Comunes, 24 de mayo del 2021

Querida Ambartalgia:

Recibe ante todo un caluroso afecto por los antiquísimos buenos tiempos que se siguen sucediendo en líneas que no me pertenecen ya. Espero que la salud, el amor y la música ronde tu vida, como un carrusel que no va a detenerse.

Sé que prometí ya no hablarte ni hablar de ti. Pero es la premura del pulso el que me hace hablar. A mi favor podría decir que no soy yo, sino el fantasma que ahora se mira solo y triste y con frío, desde un otro lado que, sospecho, te gustaría conocer.

Han sido días esclavos, todos con un largo amanecer. Y yo he estado encerrado en mi metro cuadrado de privacidad al cual he denominado “Bunker”. Y es aquí donde quiero estar. Y quisiera estar siempre así. Pero hay noches como esta, en donde el corazón se desata y late por el pasado que fue y el presente que murió como me estoy muriendo ahora, por una puñalada muy bien dada, y la sangre que voy dejando, espero que te suplique por el cariño que aún anida en ti, si acaso.

No quiero decir que luego de ti no haya vivido. Todo lo contrario, he vivido bien y mucho. Publiqué algunos libros y recorrí muchos lugares. Conocí a mucha gente y me he dejado conocer por otras tantas. Me he perdido ineludiblemente en mi soledad. Pero tú sabes que son cosas que les pasan a los sentimentales, y conoces que mi corazón está hecho de papel. Por eso es que mi corazón late como si tuviera fiebre. Y te busca y no soy yo, es él…

Hoy es mi cumpleaños. Básicamente, te escribo porque quiero sentirme querido una vez más, por la primera persona que me hizo sentir especial, que me hizo creer que ser escritor es más que redactar, porque, eso sí lo tengo claro, es también vivir y vivir después de muerto. Pero siempre he vivido muerto, incluso cuando vivía entre tus brazos y secretos.

Ya no soy más ese terapeuta improvisado que te escuchaba la noche perdida, que ataba tus desvaríos y te confeccionaba un horrible traje de sueños. Ahora soy algo más maduro, quiero creerlo. Eso también lo cree mi pequeña. Ella se llama como mi madre, y su segundo nombre es el tuyo. Por supuesto que esto no lo sabe la mamá, me mataría. La relación con ella es buena y sana. Y con la pequeña es mejor. A veces creo que soy su héroe, otras su juguete, y muchas más su padre. Nunca me gustaron los niños, por eso, cuando me enteré de que era niña, me alegré demasiado, como si algo en la vida me hubiera salido bien. Un pequeño logro.

Me hubiera gustado que la conozcas. Pero la verdad tampoco me dejé conocer bien. Y fue una pena que no haya sido así. Las cosas nunca suceden como uno se las imagina, a veces suceden peor o al revés. Y cuando sucede eso, la vida apesta.

Te parecerá raro que te escriba en mi cumpleaños para solicitarte un somero abrazo azul. Pensarás que soy un ingrato, porque yo no lo hice cuando fue el tuyo. Pero sí recordé tu cumpleaños, es una de las tantas fechas que tengo tatuadas en el alma. Y te pensé. ¿Eso cuenta como una felicitación? La verdad en esos días tenía problemas con aquellas almas que sufrieron una rotura por parte de mi personalidad toda fea y chueca. Yo te pensé. Y si lo hice, exististe en ese instante para mí. Todavía lo haces, en lo profundo de la memoria…

Te escribo porque las personas que me pensaban con amor se han ido.  Hay una enfermedad que ha nacido para pasarse los días matando. Y esa gente que yo amo ha caído en ese sueño enfermo. Y yo aquí, solo, descuidado, sin sueño y aferrado a un respirador…

Te pido, con la paciencia que tiene tu extraño novio, que me pienses un poco. Porque si tú me piensas, entonces yo existo. Y yo quiero existir, para ti, para todos, para el arte.

Te mando un abrazo inmaculado, aséptico y sano. Que la vida te siga sonriendo como lo hace. Yo te veo, aunque tú no lo sabes, porque aquí, en Los Lugares Comunes tengo una vista espectacular.

Atte. Albertini.

Ellaria Feathergold se encontraba en su laboratorio observando con satisfacción los resultados de su experimento. Era la experta en ingeniería genética más joven de los laboratorios BIRD. Había presentado su innovadora propuesta a la Directiva y estaba a la espera de la autorización para pasar al siguiente nivel. Entonces escuchó por el altavoz la orden de que se acercara a la Dirección.

En esa sala circular de muros de fibra de vidrio, la esperaban los tres miembros de la Directiva encargados de aprobar las investigaciones. Al entrar, el entusiasmo de Ellaria decayó de inmediato bajo las severas miradas de las eminencias.

—Los estudios presentados demuestran un profundo conocimiento de la genética de esas criaturas. Es una propuesta innovadora que solucionaría nuestra problemática —dijo la bióloga, Candice Whiteheron.

— Pero es herética e inmoral, una abominación a los ojos de la naturaleza — añadió la directora, Henrietta Owlspring.

— Por eso hemos decidido destruir tus archivos y purgar tu laboratorio —dictaminó el jefe de Ética, Jeremy Toucan.

—Serás suspendida por un mes —prosiguió Henrietta—. Esperamos que durante ese tiempo reflexiones sobre tus acciones.

Ellaria se quedó inmóvil pensando en esa criatura que se encontraba en la incubadora de su laboratorio y que había creado usando como base el embrión de un primate nativo de la selva, al que le había inoculado su propio ADN. La fabricación en masa de híbridos con inteligencia rudimentaria, y que podían realizar trabajos básicos, era la solución ideal para la escasez de mano de obra.

La bióloga Whiteheron, parecía estar de acuerdo con su propuesta, pero tuvo que abrir el pico, esa maldita lechuza de la directora Owlspring, dando el grito en el cielo para defender sus ideas tradicionalistas y cucufatas. El jefe de Ética, Toucan, se había limitado a secundar su decisión. Sin embargo, Ellaria sabía que tenía que acatar el fallo, oponerse no sólo pondría en peligro su trabajo, también su propia vida. Después de la reunión, los guardias de seguridad no le permitieron regresar a su laboratorio: la escoltaron hasta la salida.

*

Decepcionada por lo sucedido, Ellaria regresó volando a su departamento ubicado en uno de los edificios exclusivos de la ciudad. Ella pertenecía a una antigua familia muy adinerada y algo excéntrica de la que quedaban pocos descendientes, inexplicablemente las últimas generaciones se habían visto afectadas por una extraña enfermedad, relacionada con los telómeros, que les causaba una muerte lenta y dolorosa.

Encontrar la cura para su familia había sido la motivación de Ellaria para estudiar ingeniería genética, y ahora que le habían dado un mes de licencia correctiva, podría dedicarse a investigar sobre la misteriosa enfermedad.  Para eso necesitaba un sujeto de observación. Así que dejaría la ciudad para visitar a su tía Grace, quien sufría de dicho mal y habitaba en la vetusta casona de campo propiedad de los Feathergold.

*

Ellaria llegó a la mansión que se levantaba al pie de la colina, al atardecer. En ella había pasado los primeros años de su vida y sintió pena al verla tan descuidada. La hiedra cubría las paredes de piedra, las flores crecían a su antojo en el jardín y la fuente tenía una pátina verdosa. Estaba claro que el abandono no se debía a falta de recursos económicos, más bien era consecuencia del despido masivo de sirvientes en un acceso de locura por parte de su tía, que al final solo conservaría una criada de su absoluta confianza.

Oscuras nubes de tormenta se divisaban en el horizonte cuando Ellaria tocó. La robusta puerta de madera, con la aldaba de bronce, se abrió lentamente y Ruth Dove, la criada, le permitió entrar al vestíbulo. Ruth mantuvo la mirada fija en el suelo sin pronunciar palabra.

—¡Qué gusto volver a verte, querida Ruth! —Saludó Ellaria intentando romper el hielo. En el semblante de la criada se dibujó un rayo de alegría, pues ellas habían crecido juntas, pero luego volvió a ensombrecerse—. ¿Cómo se encuentra mi tía?

—Su tía está descansando y no desea recibir visitas —respondió Ruth—. Llevaré su equipaje a su habitación y le prepararé algo para cenar.

Ellaria se dirigió al cuarto de aseo y luego recorrió el largo pasadizo que llevaba a la biblioteca. Este se encontraba adornado con retratos de sus ancestros, pero curiosamente no había ninguno de la primera esposa del patriarca fundador de la dinastía Feathergold. La única información que tenía Ellaria sobre ella era que se llamaba Anne. Había sido una de las ingenieras que logró controlar el cambio climático y promovió los estatutos de adaptación biológica que dieron como resultado la renovación y prosperidad del ecosistema.

Después Ruth le sirvió la cena, pero Ellaria no pudo sonsacarle ninguna información útil sobre el estado de salud de su tía. Afuera caía la lluvia y rugía el viento. De un momento a otro, el generador de energía falló y se quedaron a oscuras.

—Mañana buscaré a un técnico para que repare los paneles solares —dijo Ruth—. Será mejor que suba a descansar. Yo debo de ocuparme de su tía.

Ellaria subió a la habitación para huéspedes. Le causó cierta desazón que no le hubiera dado la habitación acostumbrada, pero luego reflexionó que lo más probable era que estuviera desordenada ya que ella no había anunciado su visita.

La habitación designada era tétrica. La linterna que puso sobre la mesa de noche, apenas daba una débil luz blanca que no servía para leer; la apagó y se preparó para dormir. Entonces, un relámpago iluminó la habitación. Ellaria se asustó al vislumbrar un rostro fantasmagórico reflejado en el espejo rectangular colgado frente a la cama. De inmediato encendió la linterna. El rostro seguía allí devolviéndole la mirada. Era perturbador. Las facciones eran muy semejantes a la de los primates con los que había experimentado Ellaria, pero también tenían un ligero parecido con ella misma.

¡La culpa! esa era la explicación para esa visión febril en el espejo. Ese mismo día la criatura que Ellaria había desarrollado en su laboratorio, habría sido eliminada por la Directiva, estaba segura de eso. Volvió a mirar hacia la pared, el rostro seguía allí mirándola. Reparó en el marco de madera. ¿Era un cuadro?

Recordó que su tío Falcón, quien hacía seis años también se había recluido en la casona y suicidado por el dolor que le causaba la enfermedad, había sido pintor. Retrataba criaturas mitológicas e híbridas dignas de un bestiario medieval. ¡Qué tonta había sido! Mañana descolgaría ese horrible cuadro y lo botaría a la basura.

*

Cuando llegó la mañana, Ellaria despertó con el propósito de deshacerse de ese horrendo cuadro, pero se encontró con la sorpresa de que se trataba de una ventana. Un escalofrío le recorrió la piel. Respiró hondo y la abrió. Desde ahí se podía ver el sendero que llevaba al cementerio familiar, ubicado en los terrenos que se extendían detrás de la mansión. Entonces, ¿había visto un fantasma?

Recordó que desde que Aquiles Feathergold fundó la dinastía y, durante cuatro siglos, hasta el presente, era tradición que todos los Feathergold fueran enterrados en ese cementerio. Tonterías de millonarios excéntricos, decían la gente en el pueblo. Pero desde que abrió la ventana, Ellaria tuvo un presentimiento.

En el cementerio, revisó las lápidas recientes, se internó en el laberinto formado con setos de rosas y llegó a la cripta en la que reposaban los restos de Aquiles y su primera esposa. Tenía que descubrir el misterio de la identidad de Anne.

Cuando regresó a la mansión, divisó tras la cortina de la sala a su tía que, con la mitad del rostro cubierto con una bufanda, contemplaba triste el jardín. Ellaria la saludó, pero ella se retiró de inmediato de la ventana. Cuando Ellaria entró a la casona, Ruth le dijo que su tía se encontraba indispuesta descansando en su habitación.

Ellaria pasó el resto de la tarde en la biblioteca buscando información sobre sus antepasados. En la noche se armó de valor y herramientas: estaba decidida a abrir la tumba de Anne. Cruzó el sendero y el laberinto, llegó a la cripta y abrió la reja, en la bóveda identificó el féretro de Anne que reposaba al lado del de su esposo. Pronto descubriría el misterio. Estaba a punto de confirmar sus teorías sobre el mal que aquejaba a todas las generaciones de los Feathergold, que poco a poco, iban desapareciendo.

Ellaria descorrió la tapa del féretro. Sabía que habían pasado cuatro siglos, pero esperaba encontrar algunos restos que sirvieran para realizar las pruebas necesarias. Por un instante deseó estar equivocada. Se alumbró con la linterna y vio que el cuerpo de Anne se encontraba intacto pues había sido momificado. Entonces Ellaria abrió su pico de par en par y un graznido desgarrador salió de su garganta al mismo tiempo que caía de rodillas desconsolada: ¡Había confirmado que Anne, su antepasada, había sido humana!

Decidí dejar de trabajar porque sentía que mi vida profesional no era lo que había soñado. Estábamos en una posición económica bastante holgada, por lo que no fue un problema para Javier aceptar mi decisión.

Me dijo, sin separar su mirada del libro que leía: «Claro, mi amor. Sabes que con lo que gano nos alcanza. Además, necesitas descansar y relajarte».

Creo que se sentía culpable dejándome sola durante sus viajes de negocios, así que complacía todos mis gustos. Mi compromiso era mantener la casa impecable, como nos gustaba, y engreírlo con su comida preferida. De esa forma empezó mi año sabático.

Uno de mis mayores sueños era escribir. Por eso compré una laptop para trabajar en cualquier rincón de la casa. Después contratamos el mejor servicio de Internet de la ciudad, y estaba lista para comenzar mis proyectos. 

Antes de ponerme a escribir, como me lo había propuesto, las redes sociales me atraparon, y fui adentrándome en ellas, como quien se sumerge en un baño de agua tibia, y se duerme. La excusa, que me repetía yo misma, para justificar mi pérdida de tiempo ahí, era que esas redes me servirían de escaparate para difundir mis historias. Tras algunas horas, me despabilaba y empezaba a enfrentarme con la hoja en blanco. Escribí poco, apenas ideas sueltas, o descripciones, que no llegaban a nada.

Navegando por Facebook, me llamó la atención un videojuego del que recibía miles de invitaciones: «Virtual Life». Un día, en el que mis contactos repetían temas vacíos, me puse a husmear. Era indispensable para registrarme, adjuntar los datos de la tarjeta de crédito para obtener «Líndens»: la moneda que se usaba en el videojuego.

Como avatar, escogí un rostro parecido al mío: Cabello negro, ojos café, piel canela. Cambié el cuerpo por unas caderas pronunciadas, cintura estrecha y piernas más largas. También se podía ser animal u otro ser fantástico. La mayoría escogía ser una persona perfecta, atractiva. ¡Me pareció increíble! Hasta ahí llegué el primer día, después me puse a escribir, y luego traté de terminar los quehaceres de la casa que había abandonado por crear mi avatar.

Al día siguiente, quise investigar más sobre «Virtual Life»; busqué en Youtube. Hallé videos de cómo conseguir casa, amigos, llamar la atención de otros usuarios, e incluso, algunas ideas para ganar dinero. No dudé en aplicar lo aprendido.

Caminé por las calles virtuales, con una sensación parecida a los de mis primeros años de universitaria en una ciudad nueva, viendo a los demás ciudadanos: mujeres con ropa elegante y extravagante, hombres guapos y seres inimaginables. Fui de compras. Encontré a Laura, una amiga que también jugaba en «Virtual Life», y me enseñó muchos trucos para verme hermosa y sofisticada, hacer amigas y divertirme sin problemas.

El primer mes había gastado una suma exorbitante, y Javier me lo echó en cara. De vernos poco, pasamos a discutir seguido. Me reclamaba sobre mi desidia, el polvo en la casa; cocinaba poco y no escribía. Pasaba horas en el videojuego, donde fui construyendo, en contraste, una vida exitosa, especialmente en lo social. Tenía un grupo de amigas inseparables de España, Argentina, México y Perú.

Íbamos de fiesta y salíamos de compras a diario. Una adquiría con « Líndens», ropa, muebles, carteras, mascotas, color de ojos, nueva cabellera, una boca más sensual. Además, asistíamos a reuniones exclusivas, donde conocíamos a personas interesantes, artistas, ejecutivos exitosos, ganadores.

Mientras me divertía, estuve analizando cómo podía ganar dinero en este mundo paralelo. Algunas de mis amigas eran anfitrionas en discotecas, otras diseñaban muebles, y Laura vendía y alquilaba departamentos; yo no tenía ninguna de esas habilidades.

Durante días, me partí la cabeza repasando los tips que vi en videos, hasta que se me ocurrió vender biografías, es decir, biografías para los avatares. Los usuarios me tenían que dar algunos datos básicos, y decidir si querían una vida feliz, o una plagada de vicisitudes.

Al principio fue difícil encontrar clientes, pero tras convencer a los primeros, el boca a boca hizo lo demás. Para el cuarto mes del nacimiento de mi avatar, ya había pagado la deuda de la tarjeta de crédito y me sostenía sola en ambas vidas.

Ese mes fue el peor para mi relación con Javier. Ya no dormíamos juntos porque se quejaba que no podía hacerlo con la luz de la portátil encendida, y yo debía conectarme a «Virtual Life» por la madrugada para charlar con Beatriz, mi amiga española que tenía seis horas de diferencia con mi zona horaria.

 Mi repentino éxito económico hacía difícil para Javier, que me convenciera de dejarlo. Yo le decía que era un trabajo como cualquiera, solo que me exigía mayor tiempo, igual que sus viajes. Mi sueño de ser escritora estaba cada vez más lejos, aunque me engañaba afirmando que en este mundo encontraría miles de historias que contar. En cierto modo practicaba el oficio porque, en «Virtual Life», los residentes más populares, me buscaban con el fin de armarse una biografía interesante y verosímil.

Todo empeoró una noche de fiesta interminable en «Venus»: una de las discotecas más extravagantes y exclusivas de «Virtual Life», donde conocimos a Samantha que se acercó a nuestro grupo a bailar. Sus ojos y sus movimientos eran tan sensuales y perfectos que nos impresionó. Contaba anécdotas graciosas, hacía chistes inteligentes y escuchaba atenta lo que las demás opinaban. La incluimos de inmediato en la pandilla.

En medio de la música y el baile, Javier, con sus gritos, me sacó del juego. Había llegado de un viaje y no encontró nada para comer. Tuvimos una horrible discusión. Me arruinó la salida y esa fue la excusa para divorciarnos. Se fue de la casa de inmediato. Mi mundo se desmoronaba en la realidad, y nacía otro, en la fantasía. 

Samantha conocía zonas impresionantes para divertirse, comprar y disfrutar nuevas experiencias. Intimó con facilidad con cada una, pero había una química especial entre nosotras.

Empezamos a salir. Íbamos de fiesta, a ver una película, al ballet o nos quedábamos en mi departamento escuchando música. Uno de esos días, mientras bailábamos, de forma natural, acercamos rítmicamente los cuerpos y las miradas se encontraron. Una de sus manos tomó mi mejilla, la otra mi cintura; yo cerré los ojos y allí, en medio de una pista de baile, nos dimos el primer beso. Sabía que no era real, no estábamos tocando nuestros labios, no podía sentir su aliento ni la tibieza de su piel. No obstante, un estremecimiento recorrió mi cuerpo.

Teníamos tanto en común, la literatura, la pintura, el teatro. Samantha, escuchaba, comprendía mis locuras, sentía que me admiraba. Su energía era impresionante. Su búsqueda del placer, casi sin pensar, me arrastraba a través de su pasión, a lugares insospechados llenos de éxtasis infinito. Ver a nuestros avatares comerse a besos todo el cuerpo, era un gran placer.

Fueron días mágicos, casi no salíamos del videojuego, y si lo hacíamos, era solo para dormir por obligación biológica. Estuve encerrada semanas en casa, creo que ni me bañaba. Dejé de trabajar en las biografías, y la acumulación de facturas, me regresó a la realidad. Iban a cortarme la luz y el Internet, y sin ambos, no habría «Virtual Life».

Tuve que pedirle a Samantha que paráramos por un momento. Debía ganar «Líndens», pagar los gastos, las deudas de la tarjeta, y luego podríamos continuar. Pareció entender, aunque sentí que algo había cambiado.

Un par de veces tratamos de retomar el ritmo anterior, pero no funcionó. Me culpé y le supliqué que me perdonara. Le confesé estar muy enamorada y que no quería perderla. Incluso le propuse encontrarnos en la realidad. Ella no supo qué responder y se fue.

La busqué sin cansancio. Pregunté entre mis amigas; le envié mensajes; era como si se la hubiera tragado la virtualidad. Enloquecí. Llegué a tal punto que me adentré por los lugares más peligrosos de «Virtual Life», donde los usuarios me sugirieron contratar a un hacker, que me averiguara quién era Samantha en la vida real.

Gasté todos mis ahorros a cambio de la información. Pedí prestado dinero a unos amigos, preparé una pequeña maleta de mano y fui a buscarla.

Llegué a esa ciudad y fui a la dirección indicada. Antes de atravesar el jardín de la casa, pensé en lo que le diría. ¿Debía reclamarle que se fuera, o más bien, abrazarla? Quería imaginar la situación, pero lo único que venía a mi mente era la imagen de su avatar. En verdad, no sabía cómo era la mujer que amaba. Mi cabeza se empezó a llenar de ideas locas como que, en realidad, podía ser un hombre, o un transexual. Mis piernas empezaron a temblar ante la puerta, pero no daría marchara atrás. Sea quien fuere «Samantha», yo merecía una explicación.

Toqué el timbre y se me fue el alma, al ver a un hombre fornido y barbudo abrir la puerta.

—Estoy buscando a… —le dije, con voz de niña asustada.

—No está —respondió triste.

—¿Dónde la puedo encontrar o a qué hora?

—Ella murió —dijo de pronto.

—¿Cómo es posible? —pregunté, al borde del desmayo.

—Tenía cáncer y no le quedaba tiempo. Soy su esposo, ¿usted era su amiga?

—Algo así —respondí tratando de no caerme en medio de la entrada.

—¿Está bien? Puede pasar si gusta y le sirvo un vaso de agua. ¿Dónde la conoció? —No sabía qué responder.

—Seguro en ese videojuego de la computadora. Los últimos días, con las pocas fuerzas que tenía, vivía pegada a ese maldito aparato.

—Sí, allí nos conocimos. ¿Cuándo pasó todo?

—Hace unos días, si quiere la llevo al cementerio. —Acepté.

En el camino, me contó la vida paralela que llevaba «Samantha» con él. Describió una relación más fraternal que conyugal. Sin embargo, se notaba que una vez hubo amor. Antes de despedirse, se acercó y me dio un beso en la mejilla. Sus labios eran ásperos y cuarteados, no podría creer que «Samantha», alguna vez, los había besado como lo hizo conmigo.

La foto que pusieron en conmemoración, era de su juventud. Me asombró el parecido con su avatar. Lloré durante horas en ese cementerio desconocido. Lloré su muerte y mi vida. 

Al volver a casa, encontré todo sucio y caótico. No me quedaba un centavo en la cartera y las deudas no se habían borrado durante mi viaje. Me senté en mi sofá preferido y exhalé hondo. Pensé que si bien todavía no sabía cuál sería mi camino, estaba segura cuál no iba a seguir.

El abuelo era padre de su madre, pero terminaba siendo casi progenitor suyo. No obstante, nunca lo llamó papá. Jamás lo nombró pa aunque le diese de comer en la boca, reposados sus descalzos pies encima de sus muslos, y disfrutasen tardes interminables frente al televisor. A ambos les gustaba ver el cachascán norteamericano. Contaban con sus luchadores predilectos (los mismos para los dos) y los vitoreaban como si se encontrasen apostados en dichas graderías. Ellos no los oían desgargantarse, por supuesto, o, peor aún, tornarse trizas los pulmones al ajeno nombre suyo ante una granulada pantalla con antena de conejo. Era, en realidad, bastante tonto. Más bien era lindísimo en su cándida ridiculez fanática y transparente, verdaderamente sentimental (recordemos, pues, que el pro-wrestling es guionizado y se rige bajo los parámetros ficcionales de un emocionante encontronazo entre hombres y mujeres musculosos para disfrute consentido de todas las edades). Los golpes que les propinaban los adversarios —los contrincantes de sus favoritos— dolían en cuerpo y carne propios. Experimentaban el ilusorio efecto que los especialistas clínicos llaman “somatizar”. Y, vaya, les tocaba resistir con cada manotazo y puntapié un sufrimiento redireccionado a miles y miles de kilómetros de distancia: desde un cuadrilátero en algún gigantesco coliseo de USA hasta la minúscula sala de una casa en un barrio por completo modesto de Lima. Allí estaban su abuelo y él: adoloridos y agarrotados, estoicos a fin de cuentas; aguardando por el final en el que resultasen dignos y justos vencedores de la contienda. La fatiga del luchador, el jinete de batalla al que le tributaban su desbordante apasionamiento, era sinónimo de la intermitente luz de sus esperanzas: deseaban hacerse del conteo de una buena vez, a como dé lugar ejecutar el finisher (llave o ataque último y devastador), tender las espaldas del oponente sobre la lona durante tres segundos, y juntos —el cachascanista en el ring, su abue y él en dos sillones de mimbre— proferir el ansiado alarido de victoria. A veces ocurría aquel triunfo llamemos ubicuo. Otras veces solamente les tocaba rumiar un regusto seco de derrota sin revancha viable. Sea como fuese, su abuelo era un hombre tremendamente pacífico, limitado a las broncas puestas en parafernalia de acrobacias y riesgos que son la lucha libre profesional. No prorrumpía en complicaciones ni pleitos a puñetazo limpio, no se apertrechaba de pequeños-fulminantes odios al igual que los fanáticos de otros deportes cuando el equipo de jugadores al que siguen fracasa y —muchos de estos sin darle tanta cabeza al asunto— sí se vuelcan a las patadas y los codazos y demás belicoso desahogo. Él lo veía siempre en el fútbol que también transmitían en la tele (inmediatamente después de la espectacularidad luchística de la WWF), y, si acaso el balompié despertaba alguna meridiana emoción en su abuelito, no le causaba sino una admiración-simpatía por ciertos futbolistas de tierra pelada, un muy humilde conjunto de segunda división que solía oscilar entre la tercera y la cuarta, y que una vez en un billón de años ascendían (tras una laboriosa temporada de entrenamientos y buena suerte) a primera liga para sacarse de nuevo casi de forma inmediata (pues la volatilidad en estos deportes por acumulación de puntaje es así) y con paupérrimo recuerdo entre los amantes de los goles y gambetas magistrales que, en honor de la verdad, escasean con normalidad en el país alrededor de un puñado de décadas. Así era la sencillez del padre de su madre, a quien no le dijese mientras vivo papá o papi o papito o acaso tata: una declaratoria que hubiese sido expresada desde lo implícito o la natural convicción de saberse amado desde siempre. En alguna oportunidad hubo de haberlo encontrado en la diminuta sala a media penumbra, el indiscutible espacio donde gozar tardes de recio y entretenido cachascán estadounidense era posible como en ninguna arena alrededor del mundo, observando minuciosamente un partido de sus muchachos, harto esmerados galopando con balón al pie sobre cancha de polvo y grava, contra otros chicos, una oncena de potros futboleros en clara superioridad de condiciones por lo de su disposición física (e, incluso, a notorias leguas cualquiera afirmaría que moral, por si fuese poco y no bastara). No hay que ser ni un tanto perspicaz para deducir que los primeros (sorprendiendo a los espectadores televisivos y presenciales del Perú por igual este show con semejantes bríos de alta competitividad nada vaticinados según la costumbre) resultarían arrollados y pulverizados gracias a una inmisericorde aplanadora de “guachas”, “sombreritos” y cuanta exquisita maniobra deportivo-visual se les ocurriese, goles tras goles tras goles por parte de los segundos. Un impensable e histórico resultado —se sabría en los informativos nocturnos de ese mismo día— para los anales independientemente de las ramas de cualquier juego en práctica a nivel mundial y con propósito de batir marca cual fuese. Contempló a su abuelo con sumo detenimiento, aguardando una hecatombe emotiva (un efímero grito en seco o, al menos, una lágrima discurrida en silente pómulo abajo), pero la por demás lejana reacción a lo supuesto fue una simple y hasta imperceptible gesticulación atravesada en los labios. Pareció esbozar, entre las endebles y agrietadas carnosidades que sostenían sus palabras, una sonrisa tan espléndida dentro de una serenidad sin definiciones posibles. Acostumbraba a responderle y decirle a su nieto: Deja las cosas como están, viejito.

Reiteremos la anécdota breve a modo contrario según su profunda incidencia en mi también vida de escritorcillo groupie y curioso y alguna vez trotamundos de verdad, fuera de los linderos de este país y deambulando por ciertos páramos al lado de autopistas extranjeras. Era, entonces, una madrugada de martes furiosa; francamente nostálgica, para ser precisos. Estaba yo bailando con un buen y entrañable amigo en una discoteca gay una música bastante estrambótica, un frenesí por completo, y me quedo corto al describir así tal desmadre auditivo-sensorial (y los dos andábamos solamente con algo de ron inoculado en las venas, por si llegases a pensarme o pensarnos dentro de algún desvarío noctámbulo-beodo), cuando de pronto me parece ver acodado sobre la barra de cervezas y la hilera de otros tantos licores importados en el extremo opuesto de la pista de baile, arrojando al vuelo mi mirada por encima de infinitas cabezas brillantes y tempestuosas, calcinadas cada una por el flúor de los reflectores y demás maquinaria llamemos báquica, nada más y nada menos que al cubano Reinaldo Arenas: aunque ni tú ni yo caigamos en la cuenta de estas maravillosas y literarias eventualidades de la vida (o de la propia muerte). Recuerda que esto aconteció en febrero, el verano de 2017 (de mi defraude-rompimiento amoroso con ella) en el centro de Lima, y no se suscitaba a mediados de 1970 en La Habana (o, específicamente, durante el presidio del hombre juzgado por “sodomita disidente político” dentro del castillo del Morro) ni en el diciembre navideño de 1990 en Nueva York (hacía muchos años ya exiliado de su patria y a punto de…). De inmediato me hice paso entre la púrpura o verdosa (estas variaciones de color, disculparás, son intermitentes en mi recuerdo o bien sea en el mismo pintoresco recinto del antro en sí); me abrí espacio, te decía, en medio de esa hojarasca de cuerpos de varones harto menudos junto a varones triplemente musculosos que cualquiera de los comunes mortales, meneando y meneando, refocilando a duplas o en redondeles cerrados de gente el corazón a cántaros de sudor, allí, en plena pista de baile; voy atravesando ya la marea de esos placeres crepitante-festivos, una locura zarandeada por el techno/eurodance de los noventa o de reminiscencias sonoras similares a cuando gruñían esos baratos y defectuosos aparatos de radio mientras íbamos subidos a las combis durante los primeros años del colegio (y, por supuesto, sobreentenderás, melancólicamente te recordé escribiendo a la mesa-comedor de la cocina de casa “El jarrón y la flor”, de los primeros sino el inicial intento en tu existencia creativa y fabuladora de escritorcillo wannabe), hasta que por fin me doy, frente a frente, entiéndase suspiro a suspiro, con el mismísimo Reinaldo Arenas Fuentes, el por completo luminoso, pluma de donde nace Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas entre otros títulos igual de rebosados en su poesía magmática con facilidad narrativa por lo de sus imágenes tras imágenes, su copioso realismo onírico. A intentos vanos de susurrarle algo en el oído, el barullo de los ritmos electrónicos crujiendo en el aire medio penumbroso a mentol-nicotina, las sombras escurridizas de algunas pocas mujeres cerca de ambos, superponiéndose a besos iracundos cargados por el neón fucsia y el neón azul al compás de semejantes bramidos desde los parlantes (uno de ellos contiguo a la barra donde un tipo obeso sospechosamente cruzado por un tajo carnoso sobre la nariz fungía de bartender), terminé por gritar a garganta rajada su nombre de lo puro hermoso que a ti y a mí siempre nos has resonado en mente (Rei, Rei, Rei…), y con la voz ya vuelta polvo o ceniza deslizo las preguntas de manera tan sutil como pudiese hacia su lóbulo diestro exudado a chorros y chorros por todo el revuelo de la noche o más bien lo hago antes de que prosiga anocheciendo para los dos. ¿No andabas desaparecido? ¿Que el dictador barbudo y de mofletes cadavéricos no te había dado, irónicamente, muerte, dar muerte por así referirse al destino al que te orilló? ¿Que el amor fermentado en tu cuerpo paliducho —de balsa, literatura y éxtasis— no había…? ¿Y el muy hijo de…? Pero él, atendiendo con sumo detalle la recatafila de cuestionamientos a mitad de las penumbras teñidas por las cuchilladas de luz bajo los reflectores y a pesar de los estruendos danzarines de al lado, estribillos en un inglés jamaiquino nefasto a metralla enfebrecida, loca-loca a partir de las rejillas del estéreo, calla mi propia balacera de preguntas retóricas y a ciencia cierta puestas sobre ese rincón de la pista de baile a fin de entrarle en confianza dizque gracias a mi parloteo pomposo del “yo-también-escribo”, “mírame-soy-tu-lector-y-admirador-ahora-casi-biógrafo-de-tu-biografía-apócrifa”, “yo-tu-groupie-limeño-ángel-del-Caribe” y una extensa perorata que bien entiendes raya tremendamente en la empalagosa pretensión de nuestro pequeño egocentrismo por y desde las letras, las propias palabras. Reinaldo Arenas me dio un beso que en rigor no fue un ósculo según las definiciones del contacto físico-facial como las entendemos el resto de los seres terrenales, la carne dicha tal cual carne: imagínate tú entonces tamaño y particular acontecimiento en este mundo, durante no más de siete u ocho segundos dentro de un lóbrego recoveco para el baile y un etcétera de furores emocionales justo en el epicentro de Lima, el lujurioso corazón de la ciudad. Es que así es el lenguaje de las almas desbocadas, asumo que convenimos, sin argüir la juiciosa y metálica voz de las respuestas, en nuestro silencio chispeante por el bullicio y sus colores espasmódicos a todo pálpito, a toda pulsión vivaz entre los dedos del disc-jockey de aquella disco gay. Y giró y giró, circundó, pues, Reinaldo encima de su eje similarmente guiado por la mano de un hechicero noble e invisible hasta terminar diluyéndose su figura en el vaho de otros poros, las transpiraciones del vértigo y efímera alegría por doquier…