Resultará difícil al lector imaginar mi llegada a Danzig, en plena crudeza del invierno alemán. Durante este largo viaje, la diligencia tuvo que hacer varios altos, a fin de retirar la nieve que obstruía el ascendente camino. Pero al final la ciudad apareció: estrecha y a la vez majestuosa. Ella albergaba al filósofo más comentado en toda Europa, incluido Inglaterra, donde, como sabemos, solo con pinzas se toman las obras de cualquier kantiano.

Arthur Schopenhauer es kantiano, ciertamente. Y al igual que el filósofo de Königsberg, ha asumido un estilo de vida no ruidoso: es decir, dedicado a los libros y erradicado el matrimonio. Y es cierto también que los enemigos de Schopenhauer lo atacan comparándolo con el antiguo Séneca. ¿Hay una dosis de hipocresía en la vida de este, al parecer, modesto alemán? De mi parte, les puedo asegurar que, ante mis inquisiciones visuales, nada de ello se ha dejado revelar, y el hotel donde me recibió —el Hôtel Beauville— es tan austero que más serían bienvenidos aquí soldados de campaña que turistas aburguesados.

Schopenhauer se hallaba sentado en un tresillo de la antecámara, revisando el Times. Verlo era casi confundirlo con las cosas, porque mostraba una severidad, inclusive cuando me alzó respetuosamente la mano; y, durante la conversación que sostuvimos, mantuvo el mismo aplomo. Creo que todo hombre de nuestro siglo puede esperar esto del filósofo ilustre.

—Señor Schopenhauer —comencé diciendo—, entiendo que la «comedia de la fama», tal como usted mismo ha llamado a su tardío reconocimiento, implica el recibir a un corresponsal de un periódico casi completamente desconocido por estas tierras.

—La razón más concreta es que su periódico no lo lee nadie —respondió alcanzándome el objet—. En cambio, este diario inglés es leído por medio mundo y mire lo que dice: «Darwin’s theory has begun to overcome all philosophy…». Esto también es una comedia, ¿no?

—Usted ya conoce entonces la teoría de Darwin —dije—. Pienso que las ideas evolucionistas de este inglés superarán más bien, en vez de la filosofía, toda religión. Por fin el hombre se conocerá a sí mismo, ¿no cree ello?

—No. Lo de Darwin es pura artificialidad y todos estamos obligados a buscar la verdad.

—Le recuerdo que usted asumió una tesis evolucionista en su obra principal El mundo como voluntad y representación.

—Y yo le recuerdo que el prólogo de esa misma obra decía que había que leerse dos veces el libro. ¿Supongo que lo ha hecho?
Había previsto yo que la conversación con un eminente pensador no iba a ser delicada. Pero, en ese momento, lo que realmente me hubiera gustado era un poco de brizna, aunque sea la gélida de estos tiempos, que pudiera por lo menos revolotear sutilmente la partida cabellera del maestro. Solo que las ventanas estaban precintadas.

[Fin de fragmento]

0_003

las sombras
      hembras
floran
          la flor
del crisantemo
en su ruido dorsal
                   como un estigma
                   prendiéndose en tu lunar
                   más perfecto
estrellado ahí
donde la noche
no calcula
                   ni la sombra
                   de la luz
                   de la palabra.

0_005

en el oscuro
vacío
magistral
 
                 noche y niebla
                amortiguándose
      en la perpleja ley
                del murmullo
                de los sueños.

0_007

y nos lanzaron
una cuerda
en el pozo del mundo
donde todos
hemos sido lanzados
 
que cual piedras
caíamos graves
hasta sonar al fondo
muy al fondo
donde la luz
se excusa
y nuestro ruido
se pierde negro
un poco limpio
                nunca inmaculado.

I

Voy hasta tu puerta

Bajo la luna llena,

La calle mojada

Y un viento sur que vuela

Hasta las luces

Que no entienden nada.

Llevo el Otoño en mis manos

Para obsequiártelo, mi Lady,

Muchos colores, pasiones y gotas

En las caídas hojas

Como ángeles do Céu.

Y recuerdo aquellas palabras:

“Me diste décadas de lágrimas

Pero no quiero llevármelas al Cielo”.

Voy hasta tu alma,

Una Mansión en cuyas habitaciones

Moran penumbras perfumadas,

Igual que en el césped el rocío;

Y te fecundaré

Una galaxia con soles de Esperanzas;

Mientras, un viento sur

Vuela las luces que no entienden nada.

II

En la noche

en la noche

cae la helada

contigo a la deriva

vamos hacia un mar lejano

esa oscuridad nocturna

esa sensación de nada;

de los charcos el reflejo

de estancadas aguas negras,

juntos subiremos la escalera de lirios

vamos, acompáñame,

estaré en la estación

y ahí me encontrarás quieto,

meditando, sonriendo, aburrido.

III

¿Cuánto dura una ilusión?,

¿un siglo,

un año,

meses, días, horas,

pocas horas?

¿Quién canta la Verdad?

[¿Qué es la Verdad?]

¿Los pájaros matinales,

las cigarras al atardecer,

o el grillo en la noche oscura?

¿Tal vez el mar?,

que ruge contra el acantilado

cuando la luna inspira

entre las estrellas

del silencio largo;

los silencios

mis silencios

tus silencios,

¿Qué dicen?

¿Qué buscan

allá

en lo profundo.

IV

Noche, Notte, Nuit, Noite, Nox, Night,

diferentes nombres para tu Vastedad

desde el ártico al antártico

desde Oriente a Occidente

cubriéndolo todo vas estrellada o nublada.

Eres una Extraña Mujer de alquímicas Lunas

de fantasmas de mineral.

En el Silencio un reino antiguo

te corona

desde la profundidad del Tiempo

cuando los elementos buscaban sus nombres.

Tú, Noche, Noite, Night,

no me dejes solo en abril

porque “La noche está estrellada

y Ella no está conmigo”.

V

Sé que me amas como un río noble

con el perfume del jardín

y con el dolor de tu sufrimiento

me amas con una mañana,

con un atardecer largamente quieto, crepuscular

 y atrapado por nuestras manos durante enero

lo reteníamos para que no despertara

y así, amándote, aguantaríamos la noche

la noche que nos abría las puertas para el sexo.

 Me quieres, me deseas, me amas con toda tu belleza

y tu desgano, la apatía de ser

mientras sola mirabas el techo de la habitación

 sin risas ni lamento,

solo melancolía.

 Me has amado con el dedo lastimado de la traición,

también,

con tu propio miedo al amor

y el disfrute de estar conmigo a la deriva aquí,

en el Jardín de Piedra

tranquila respirando aromas de rosas veraniegas.

Así me quieres, y te miro como se mira un extenso cielo rojizo

 y amarillo vermelio

detenido dulce y sigiloso para acariciar como nuestros cuerpos.

Muchos dicen o creen que las ideas están por encima del cuerpo. El cuerpo crece y se deteriora; es afectado por el tiempo. Pero mientras esto pasa, ¿el pensamiento permanece quieto, no se mueve? Nada más erróneo. Para pensar es necesario el movimiento. Haciendo una síntesis o una figura, el pensar puede resumirse en una serie interrumpida de oraciones. Vemos un árbol y nos parece feo o atractivo. Decimos, por ejemplo: «Qué árbol más feo» o «¡Qué maravilloso árbol!». Todo el tiempo estamos formando oraciones acerca de nuestras vivencias. Pensar es algo inevitable (al igual que esas breves pausas en que no pensamos). ¿Por qué? Porque también las ideas son afectadas por el tiempo. El mismo acto de pensar o razonar se da gracias a ese transcurrir, en que se suceden una tras otra las proposiciones que hagamos. Si no fuera por ese transcurrir, las ideas se quedarían sin desarrollar, si asociarse una con otra y no avanzaría nuestro razonar.

El hecho de hacer uso de nuestra razón no contradice lo que digo, porque la razón sigue siendo una capacidad de la mente. El hecho de que usemos la razón valiéndonos de nuestra voluntad, no quiere decir que el pensamiento cese cuando la voluntad está ausente; incluso no estamos seguros que la razón sea usada sólo en el estado consciente. Es posible que en el inconsciente se desarrolle dándonos soluciones que nos aparecen como intuiciones. Pero volviendo al tema, decía que la voluntad no puede impedir el pensar (de lo cual podríamos inferir que no somos el pensar) y que más bien, el pensar es algo en gran porcentaje, involuntario. ¿Pero cómo podemos pensar y no ser el pensamiento? ¿Cómo podemos desear y conseguir, y no ser voluntad? No somos el pensamiento, así como tampoco el silencio. Somos ambos.

Somos dos cosas al mismo tiempo: somos el ser que se desarrolla sin nuestra voluntad, nuestra naturaleza sin nuestro permiso y a la vez, nosotros mismos, el yo y la personalidad. Asumimos nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestros actos como propios, pero no son estos lo único que sucede en nosotros mientras existimos. ¿Eso qué quiere decir? Que nuestra naturaleza es doble, no somos sólo mente o sólo cuerpo. No podemos evitar ninguno de dichos procesos. Es probable que «vivir” en su doble naturaleza y por tanto complejidad se trate de una vivencia que en apariencia es totalmente mental o   totalmente física, cuando en realidad no ocurre ninguna de estas cosas por separado, sino que es un engaño de nuestra ansia de apoderarnos del mundo con la razón, razón que solamente le sirve a nuestra naturaleza.

Pero hay otro problema aquí, y es: ¿por qué destruir el planeta está dentro de las posibilidades del hombre? ¿Por qué tomar una decisión humana, mental, racional puede a la vez, destruir o mantener el orden mundial? Es como si la capacidad de elegir se nos hubiera dado para llegar a entender que todo depende de uno mismo, que somos dueños de nuestro futuro. La razón tendría el poder, la capacidad de crear la armonía o la estabilidad tanto del gobierno del mundo como de la conservación del planeta. ¿Estamos siendo lo suficientemente racionales en nuestras leyes, en nuestras decisiones políticas para sacar adelante el destino de una especie, que como ya hemos visto ostenta una gran poder y complejidad, una especie que vale la pena conservar? Al final todo depende de nosotros, de eso se trata nuestra libertad, pero también la necesidad de desarrollar nuestra razón, ya que es una posibilidad de nuestra naturaleza doble.

1


El día que papá supo que moriría pasó algo curioso. Estábamos yendo al consultorio de la gastroenteróloga; era su segunda cita con ella. Papá estaba tranquilo, miraba la calle a través de la ventana del taxi. Yo estaba nerviosa porque el día anterior me habían dado los resultados de su resonancia magnética y el término «Carcinoma» me daba una idea de lo que vendría.
Al llegar, quise ayudar a papá a bajar del taxi. Le extendí la mano, pero rechazó la ayuda. Antes de subir las escaleras, hacia el segundo piso donde se ubica el consultorio, intenté que se apoyara en mi brazo, entonces me dijo, un poco molesto:
—¡Yo puedo solo! ¿Acaso soy un viejito?
Yo no respondí.
Después de examinarlo, la doctora leyó los resultados y mirando fijamente a papá, le dijo:
—Ahora, los doctores debemos ser sinceros con los pacientes, porque tienen derecho a saber acerca de su condición para que luego sean responsables con su tratamiento. Señor López, usted tiene cáncer.
La doctora no hizo pausas, siguió hablando cosas que, según creo, tanto papá como yo no entendimos o no queríamos entender en ese momento. Miré a papá, quien permanecía incólume ante la noticia; no hubo una sola expresión en su rostro. Luego, la especialista empezó a recriminarnos que cómo era posible que nos hayamos demorado tanto en ir al médico. Yo no supe qué responder. Sin embargo, quería contarle a la doctora que papá odiaba a los médicos y solo iba al hospital si se sentía muy mal de salud. También deseaba hacerle saber que papá trabajaba en la sierra y que solo venía a casa los fines de semana. Al rato, me di cuenta que cualquier cosa que dijera sonaría a excusas y no arreglaría nada.
Sentí que el cuestionamiento de la doctora era un ataque: «¿Cómo no lo ayudaste?, ¿Cómo no lo supiste?, ¿Cómo no lo viste venir?». Yo no tenía respuesta para esas preguntas, ni para las muchas otras que se agolparon en mi cabeza aquella mañana, tampoco para ninguna de las miles que vendrían después.
Cuando salimos del consultorio, papá y yo quedamos en silencio. Bajamos las escaleras despacio; esta vez, se apoyó en mí. Escalón tras escalón, papá dejó de ser ese hombre fuerte que nunca necesitó ayuda, su espalda se encorvó y, como por arte de magia negra, se convirtió en lo que no quería ser… un viejito.


2


En enero de 2020, renuncié a mi trabajo en un colegio de Trujillo, donde me desempeñaba como asistente del director. Mi trabajo no me gustaba, era administrativo, de mucho papeleo. Sin embargo, yo era competente y amaba a mis compañeros, excepto a mi jefe, cómo no.
Ingresé a la empresa a mis veintiocho años, en el puesto de recepcionista; dos años más tarde obtuve un ascenso. Al principio estuve feliz. Hice amigos, ganaba lo suficiente para vivir sola, darme mis gustos y viajar en vacaciones. Viendo todos los beneficios que me reportaba la empresa, cualquier diría que era el trabajo perfecto. Sin embargo, tras doce años de lo mismo, terminé hastiada.
En el 2016, mi mejor amiga y yo hicimos un viaje por Europa. Quedé enamorada de las ciudades que visitamos en el tour, pero sobre todo de Madrid y Barcelona. Sus calles llenas de árboles, la tranquilidad de caminar sin el ruido de las bocinas de los autos berreando en cada esquina sin razón, la gente y el desparpajo de las conversaciones… Todo ese conjunto de elementos hizo que naciera en mi corazón el «bichito», el deseo de volver a España años más tarde para residir.
En octubre de 2019, tras varias averiguaciones, me contacté con un centro cultural español y, por primera vez, vislumbré la posibilidad de trabajar en Barcelona para cumplir mi sueño de volver al Viejo Continente. Cuando las negociaciones se concretaron, renuncié a mi trabajo. Mis funciones en Barcelona serían distintas a las que hasta entonces ejercía en la escuela de Trujillo; ahora, enseñaría manualidades a niños y adolescentes.
Todo se alineaba a mi deseo: dejar el trabajo que ya no me hacía feliz; acabar con una relación sentimental dañina de la que estaba segura no saldría sino con distancia y comenzando de cero. Lo poco que necesitaba para volver a empezar, quedó reducido a una maleta de 23 kilos y otra de 10, el resto lo regalé.
Los acontecimientos empezaron a suceder como si los estuviera viviendo otra persona y yo solo observaba: las varias despedidas que me organizaron mis amigos y otros que no lo eran tanto que de pronto sentían que me extrañarían; las muchas lágrimas que derramé; los incontables abrazos que di; el repentino «amor» que renació en mi expareja, amor que ya estaba muerto desde mucho antes. Sentir lo inevitable de una partida nos hace creer que hay más amor del que realmente existe.
Por ese entonces, ya se había oído noticias acerca de un extraño virus. Pero, así como el ébola u otros, lo imaginé lejano, ajeno a mí y al nuevo mundo que estaba por construir. De verdad, nunca creí que el virus llegara a Perú.
Viajé de Trujillo a Lima para pasar un tiempo con mi hermana Lily y sus hijas antes de partir, además, necesitaba realizar algunos trámites. Yo tenía un vuelo comprado en KLM rumbo a Barcelona para el miércoles 8 de abril de 2020. El 16 de marzo, en Perú, como si se tratara de una película, «El Observador» nos puso en stand by, como a casi todos los países del mundo debido a la propagación del COVID-19. Se paralizaron muchos proyectos; entramos en cuarentena. Mi sueño de llegar a Barcelona se redujo a espera, miedo, ansiedad e incertidumbre.
Sin viaje ni trabajo, casa o pertenencias, mi nueva vida y yo quedamos en espera. No había otra opción.

Escondido tras los cerros que protegen el alma fugitiva de Zegarra, el célebre abigeo que convirtió los caminos, quebradas y recodos en rutas de escape, Zilencio languidece con el paso del tiempo. Los extensos pastizales en los que el ganado engordó con hierba inacabable, se marchitan lentamente y los campos de cultivo se muestran abandonados. Los arados y herramientas de labranza desperdigados en los surcos cuarteados de la tierra, son exponentes de la miseria en que cayó luego del gran terremoto. Las lagunas que refrescaron a los lugareños durante décadas están casi secas. El socavón minero, informal y clandestino, que enriqueció a unos cuantos, yace moribundo y las vigas de madera que lo sostienen, crujen con el ataque de las polillas.

De los pujantes fundadores que desviaron la ruta del río para sembrar los durmientes del ferrocarril, solo quedan descendientes somnolientos y asustados. Al parecer, nunca se liberaron de la maldición del periodista que testimonió la inauguración de la estación del tren.

Hace ciento diez años, el corresponsal de un diario capitalino, cuyo nombre se prohibió pronunciar para borrarlo de la historia, cubrió diariamente el progreso de la modernidad.

El hombre de prensa se ganó la confianza de las autoridades y ocupó la tribuna de honor para ofrecer uno de los discursos. Al llegar su turno, olfateó el aire y, sin razón aparente, afirmó que traía la peste del sonambulismo. Advirtió que estaba envenenado y afectaría al pueblo, no como una venganza bíblica, sino como una casualidad del destino.

Zilencio desestimó el augurio y, a medida que los nacimientos se dieron, fue más frecuente que las mujeres parieran críos que se levantaban de las cunas para aparecer lejos de casa, extraviarse o morir por la helada.

La histeria se volvió colectiva y algunos adultos se afectaron con ese trastorno. Unos rodaron las escaleras, otros fueron atropellados por caballos desbocados o se ahogaron al caer en las acequias.

Medio siglo después, el profesor Zurita ganó la alcaldía y, en su primer acto público, decretó, mediante edicto municipal, el destierro de la peste del sonambulismo.

A partir de entonces, y durante cincuenta años, Zilencio aportó a la escena nacional personajes desconcertantes. De su tierra salió un general revolucionario, dos diputados corruptos, un gobernador fugitivo, un congresista asilado y un asesino serial capturado y sentenciado a muerte en el extranjero. Sea como fuere, la aparición de estos personajes no impidió que las costumbres y buena voluntad de sus habitantes predominara.

El gran terremoto desmoronó las paredes de los cerros, descalabró el cauce de los ríos, desdibujó los límites naturales y descuajeringó los cimientos de las construcciones.  El aluvión que siguió fue la procesión de lo increíble, el cortejo fúnebre natural que no fue avizorado por los fugitivos del ejército de la resistencia que, al escapar del enemigo, no contemplaron el peligro de las murallas naturales que siempre rodearon Zilencio. El capricho geográfico los blindó por años, pero el final vino con la seguidilla de huaycos, al desmoronarse las fortalezas protectoras.

Sin pedir permiso, el gran terremoto fustigó la solemnidad del cementerio y destapó los ataúdes; le demostró al «más allá» que él estuvo por encima de la muerte, le sacó la lengua y condenó a los desenterrados a la calamidad más profunda.

Los fantasmas liberados aparecieron por todas partes. La mayoría no se conocía y vagaron a la deriva. La tropa fantasmal se convirtió en el hazme reír del inframundo. Desarraigados, expulsados y extraditados de sus tumbas, formaron la comparsa de lo inexplicable.

Mi padre morirá a mi regreso, pero eso no lo sabía al momento de arribar al aeropuerto Jorge Chávez a las 3.40 a.m. en una madrugada limeña que ni siquiera parpadeaba.

 (…)

-Como en todas las capitales de América Latina, papi; en Lima se nace y se muere, el resto del país anda vagando por el entretiempo de esas dos orillas.

En la mañana, fue un desayunar de todo lo que había sobre la mesa de mis anfitriones. Huevos pasados por agua, palta, queso crema y pan de harina de maíz, mantequilla, mermelada de frutilla y frutilla fresca (…)

Potus y palmeras. Achiras y glicinas que escarban las paredes. Enredaderas de las que los argentinos llamamos campanitas en las tapias bajas entre la calle y la acera. Mi plan es  caminar sin dirección determinada. Como cuando se lee un texto por primera vez. Voy a darle una lectura general a Lima para saber de qué se trata. Empezar por sus títulos en forma de balcones de ébano tallados a mano por negros esclavos en cada esquina. Su índice de calles empedradas y balaustradas de bronce. Leer a Lima es el primer plan.

-Te juro, papá, que esa era mi primera intención. Darle a esta engreída capital americana una lectura a vuelo de pájaro y quedarme con el primer perfume percibido. Pero eso fue imposible. Hubieras estado allí, entenderías.

Cada esquina de Lima es una bizarría entronizada en los márgenes que obliga a ser mirada. Y la mayor es el Callao, que obliga con perfume de pólvora y abasto. El Callao es como La Boca, pero diferente.

-Sí, es un puerto, un fuerte. Dame tiempo que te cuento bien.

Es la forma misma del saqueo español. Un enorme mercado de todos los colores y olores. La pobreza vestida. Es la fortaleza militar más sofisticada del siglo XVI y la cárcel más segura del XX, porque aquí lo tuvieron a Abimael Guzmán hasta que la vida le dijo o le diga basta.

¡Vaya uno a saber! Tanto callar al silencio, decía Atahualpa Yupanqui. Tenés razón, en eso estamos de acuerdo.

El Callao es el mayor edificio del litoral pacífico americano, orgullo virreinal, fútbol de potrero y calle, prostitución en carne viva, base naval peruana, (…) escenario de los fusilamientos de 1986. En el Callao empiezan y terminan el espionaje libertario, las drogas bajas y las altas, el pecho henchido de los chalacos, las formas más abruptas de los vejámenes militares y el mayor museo dedicado al ejército independentista. Todo o casi todo pasó por esa punta en nuestros últimos quinientos años. Pero lo que más me impactó entre la Fortaleza del Real Felipe y el edificio de la Universidad de El Callao, (…) fue lo escondida que la tienen a Rosa Campuzano Cornejo.

-Preparate para lo que viene. Sí, claro, te voy a contar también lo que no te guste. (…)

Ella fue la amante en Lima de José de San Martín. Le llaman la “Protectora” porque al General lo llamaron el Protector del Perú, y de paso se evitan nombrarla por su nombre propio. Lima era entonces monacal, presbiteriana, señorial y por eso mismo exasperaba su otro aspecto, contestatario y revoltoso. En sus noches de tertulias, como en la jabonería de Vieytes en Buenos Aires, se cocinaba la independencia en reuniones clandestinas de vestíbulos a contraluz y bailes de salón. Rosa llevaba entre sus ropas los panfletos revolucionarios y las resoluciones que la Logia del Partido de la Independencia definía para los próximos días. Era una activista política de los criollos que, por ser hija de un poderoso hacendado del cacao guayaquileño, no era sospechosa para la sociedad gentil. Sin embargo, militaba por la causa. (…) En eso estaba cuando entró San Martín a Lima. Los vivas, la gloria, los heridos, las proclamas, los laureles y el amor sin ropa a la luz de la luna invernal envolvieron a Rosa y al General en la casa campestre de La Magdalena.  Se cobijaban para que los gritos de placer de una mujer abierta y en flor y un hombre duro en el campo de batalla y tierno en la cama, estuvieran lejos de los oídos blancos y rojos de los criollos republicanos que, todo le perdonan al General, pero nada a la mujer que amó y que trabajó incansable por la misma revolución que él. 

¿Por qué no va a ser verdad?  Claro que es verdad. A mí, sí me gusta. Es más real un San Martín que además de casarse con una niña menor de edad en Buenos Aires, tuvo una amante con buenos ovarios.

                                Fragmento del Capítulo 1. Viaje entre dos orillas. Ed. Mesa Redonda

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Sonó el intercomunicador, tuve que parar mis cálculos para atender al llamado, era mi fiel secretaria. Me habían aconsejado múltiples veces que era mejor tener un asistente robot, pero mi instinto de animal intelectual se oponía a esa idea. Le hice pasar con gesto de desagrado.

—Señor Jonás, no sé si contarle esto, pero…

—Has llamado a la puerta sabiendo bien que no me gustan las interrupciones, soy todo oídos.

—Bueno, soy amiga de una secretaria de la torre central y ella me ha dicho que sin querer escuchó una conversación…

—«Sin querer», interesante, prosigue.

—Este… sí, bueno, que escuchó sin querer que una alto mando viene para acá hoy mismo para hacer una auditoría.

—¿Una auditoría?

—Sí, sobre el prototipo de la línea de motos que se va a lanzar el próximo mes. Al parecer, no están contentos con el ajuste de precio que hemos presentado. Y la persona que va a venir es quien decidirá si la línea sale al mercado o no.

—Es interesante y a la vez preocupante lo que me informas. Matemáticamente es imposible bajarles el precio a esas motos y que al mismo tiempo cumplan con los estándares solicitados. Esto debe de ser una pésima broma. Yo hice mi parte, pero… bueno, tú avísame cuando la visita se haga oficial.

—Sí, señor Jonás. Con permiso.

No sabía si confiar o no en chismes de secretarias; no obstante, lo que sí tenía claro era sobre el ultimátum que nos habían dado: la continuidad de la fábrica dependía de esta nueva línea de motos que tenía demorada su producción por los ajustes y reajustes que nos pedían desde la torre central de mando del conglomerado. Además, la demora se daba por la rivalidad entre Leandro y yo.

El afamado ingeniero y arquitecto Leandro tenía una vanidad única basada plenamente en su intelecto y era también muy sobreprotector con sus creaciones. Se sabía importante y pieza clave de la cadena productiva de la fábrica que en los últimos años había bajado en el ranking de ventas globales. Las máquinas eran fabulosas y despertaban en los posibles compradores el deseo de poseerlas, pero al preguntar por el precio dudaban bastante y muchas ventas no se concretaban. Nuestros costos se habían elevado con el tiempo al emplear a más humanos en el Área administrativa y en la cadena de producción.

Esta vez habíamos reducido los costos en cada detalle y aspecto de la creación, producción y posventa del producto; sin embargo, seguramente no habíamos contentado a los dueños del conglomerado. Debo luchar hasta el final, no pueden tirar a la basura todo el trabajo que hemos hecho, aunque eso signifique que tenga que doblegar mi orgullo e ir a la oficina de Leandro a comentarle la situación y hallar juntos una solución.

El solo hecho de tener que cruzar casi toda la planta para ir a contarle sobre un chisme a Leandro hizo que me doliera el pecho. No tenía más remedio, me puse el saco y me dirigí a su encuentro. La situación ameritaba una conversación frente a frente, el muy ladino tenía la sinvergüencería de no contestar mis correos electrónicos. Di prisa a mis pasos, el no soportarnos mutuamente hizo que escogiéramos las oficinas más alejadas de la fábrica. Así podíamos convivir, pero ahora mismo me sentía ridículo haciendo el recorrido. Bajé en ascensor los quince pisos de mi torre a la planta de producción. A los lejos estaba el almacén, solo el jefe de este era humano, comprobé lo que decían sobre él. A cada robot le gritaba por un nombre particular que él les había asignado. Los robots no requerían de los gritos ni de los nombres, pero el almacenero disfrutaba en vociferar, tal parece que había perdido en cierta forma la cordura. Era un buen almacenero, no extraviaba ningún alfiler. Sus robots siempre estaban muy bien aceitados y a la orden.

Caminé aún más rápido, antes de que él se diera cuenta de mi presencia y tratase de correr hacia mí. Ya bastante extraño era verlo en las reuniones bimestrales de la empresa hablando solo. 

[Fin del fragmento]

No te sientas mal

Irene, no te sientas mal
Si el amor te traiciona.
Tu naturaleza te salvará.
Las promesas que hiciste de niña.
No hay noche errada.
Ni rostros que se repitan.
Lo difícil te hará cambiar.
Si sientes violento el mundo
Donde los niños marchan solos
Por habérseles negado el juego
Y los pescadores no viven más del mar.
Te protegerá en el fondo tuyo
La palabra,
Tu mágico animal.

Y la vida como la conocemos continúa

Han nacido seis crías de blanco.
En el alcantarillado son el centro de atención,
Entre heces y cucarachas.
No tienen la culpa que las odien
Finas mujeres de la ciudad.
Entre orgías de ratas
Las oyen serenos chinos.
Si tuvieran la oportunidad
De crecer en el campo
Y comer raíces

Las encontraría una bonita niña
De terciopelo.
¿Quién las comprará con una moneda
De plata, muerta la madre?
El agua que sube las arrastra
Y las separa, a suerte.
Nacen otras ratas en el alcantarillado,
Ahora son negras,
Está muerta la madre
Y la vida como la conocemos continúa.

Textos incluidos en «Paradero desierto. Vol. I», Lima, 2022 • https://bit.ly/3Z4pLRo

En el pueblo aún vivíamos los estragos de Sendero: destrucción y desolación. Mi padre, un hombre correcto y muy justo, era un dirigente en la comunidad; organizó a la gente para impedir que Sendero se perpetúe. Estaba dispuesto a dar a su familia una vida de paz, sin dejar que extraños se apoderen para destrozarla. El pueblo se sumaba a ese ideal.

Era 1993. Conocí lo que es morir en vida. Yo tenía 11  años,  una  familia  estupenda  con  dos  hermanos menores; disfrutábamos del juego y de nuestros padres. Una noche, mientras dormíamos, llegaron a la casa un gran  grupo  de  estos  hombres  e  ingresaron  a  casa, cogieron por la fuerza a mi padre y lo sacaron. Yo y mis hermanos corrimos a ver desde las ventanas, sin que nos vieran. Aquella noche, entre torturas y gritos, nos arrebataron  el  sueño  de  una  gran  familia.  Mientras mirábamos  mataron  a  mi  padre  y  le  dijeron  a  mi madre:

-Te dejamos viva para que sirvas como mensajera: no más reuniones de traidores al partido; vas y se los dices.

El olor de la sangre ingresó a mis sentidos profun- damente que permaneció ahí casi un año.

Mi madre, lejos de cumplir la orden de este grupo y en honor a los ideales de mi padre, jamás llevó ese mensaje. Huimos para protegernos.

No tengo claro el recorrido. Solo sé que días des- pués escuchaba que le hablaban a mi madre de un sacerdote en Huánuco que podría ayudarla.

Mi madre nos llevó a un lugar lleno de niños. Ingresamos y nos pusimos a jugar con ellos; mientras mi madre conversaba con el sacerdote desapareció. Ignoro lo que pasó.

De pronto, un hombre se creía nuestro padre, hablaba con nosotros y a los otros niños como si este lugar lleno de niños fuera nuestra casa; nos daba hora- rios y órdenes y nos inscribió al día siguiente en el colegio. Sinceramente, nos decíamos, este hombre será sacerdote, pero nuestro padre no es. Quién se cree para que nos hable como tal y nos dé órdenes.

Habíamos llegado a la aldea infantil que había creado un sacerdote en el departamento de Huánuco: el padre Oswaldo Rodríguez Martínez. En este nuevo lugar, extraño y donde mi corazón no quería estar, nací nuevamente.

Descubrí que no éramos solo yo y mis hermanos; ahí estaban también decenas de niños que lo habían perdido todo, sea por Sendero, por los militares o se les declaraban desaparecidos a sus padres o estos se unieron a la guerra de un lado o del otro o por lo que sea se habían quedado solos. No era nuestro caso. Nosotros teníamos a nuestra madre. Yo creía que este hombre nos retenía sin considerar ni sin saber eso.

El padre Oswaldo nos había impuesto un horario, bañarse, ordenar la cama y el cuarto, orar, desayunar, ir al colegio, almorzar, ordenar por zonas, deportes, juegos, tarea, agradecer a Dios por todo y dormir. Ya nos estábamos conociendo y contándonos lo que nos trajo a la aldea. Tratábamos de planear, organizarnos y nos decíamos: «En qué momento nos dejarán libres, no nos dejan respirar, todo es con horario. ¡Qué se han creído!»

Decíamos este hombre qué sabe de nosotros para que nos hable como si fuéramos sus hijos.

Poco a poco conocí la historia de cada uno de ellos.

Braulio  era  de  Choras,  asesinaron  a  sus  padres delante de ellos, cinco hermanos, entre cinco y 15 años, quedaron huérfanos por una guerra sin piedad.

Basilio nació en Chupán. Llegó a la aldea tras la desaparición de su madre y el rumor del asesinato de su padre junto a su abuelo y sus hermanos.

Ambos se volvieron mis amigos y, junto con los otros niños, planeamos una suerte de «grupo vengador»: escaparnos para viajar Choras y Chupán y matar a los que arrebataron a nuestra familia.

Teníamos en contra los horarios apretados.

Fui rebelde y me enfrenté al padre varias veces; solo quería escapar, concretar mi venganza y buscar a mi madre. Ese hombre sabía cómo manejar mi mente y dominarme; eso sentía. Me decía: «Tú no estás obligado a estar aquí, cuando quieras puedes irte, pero recuerda dos cosas: primero, si te vas, no hay retorno, se te cierran las puertas, nunca más ingresarás aquí; segundo, puedes haber perdido mucho allá afuera, pero hoy debes velar por tus hermanitos, hoy esa es tu responsabilidad, si te vas, los vas a dejar solos, con más dolor y soledad de los que ya tienen, si lo que quieres es irte dime. ¿Cómo vas a verificar si tus hermanitos están bien, si comen, si estudian o se forjan un futuro? Si a ti, que eres su her- mano, no te importa y los dejas, a quién les va a importar». Me dolían sus palabras.

Tuve dos fallidos intentos de escape. Las palabras del padre me detenían, pero tenía que encontrar a mi madre y vengarme de lo que le hicieron a mi padre. Mi tercer intento se concretó. Con apenas 12 años regresé a mi pueblo para buscar a mi madre.

Encontré a mi pueblo convertido en un desierto. La gente había huido. No encontré a mi madre ni a mis tíos. Caí en la cuenta de que solo no podía vengarme. Era imposible sacar de mi mente las palabras del padre:

¿quién verá por mis hermanos? Ahora quién velará por mí. No tenía techo ni comida. No tenía más opción que regresar. ¿Cómo hacerlo? El padre me había advertido:

«Si me voy, no hay retorno», pensé que quizá el padre no se había dado cuenta de que había huido. Apenas habían pasado unos días. Así que regresé., Busqué el modo más discreto para ingresar. Después de trepar y saltar y estar dentro de la casa vi de lejos al padre que arreglaba la camioneta. Estaba debajo como si fuera un experimentado mecá-nico. Sentí nostalgia. Con esa camioneta, el padre recorría lugares, buscaba ayuda, se movía de un lado a otro con tal de conseguirnos alimentos, ropa y juguetes. Me sentí terriblemente mal.

Ese día, durante la cena, el padre dirigió la oración para dar gracias por los alimentos. Me miró, entendí que sabía de mi huida, que estaba feliz por mi retorno. Me regaló una sonrisa sutil; la sentí como una bienvenida. Nunca más intenté huir. Acepté y agradecí que mis hermanos y yo teníamos un hogar.

Un día una de las madres (así se llamaban a las mujeres que nos cuidaban) lloraba desconsoladamente porque una de las niñas de dos años no aceptaba comer; era su segundo día en la aldea. Desesperada le decía a Juan, el hermano mayor de esta: «Ayúdame. Si sigue así tu hermanito se va a morir; no sé cómo hacerle comer».

El niño había llegado un día antes con tres hermanos más desde Las Palmas. Juan contaba que tenía la misma suerte que nosotros. Una noche ingresó a su casa unos hombres encapuchados y asesinaron a balazos a sus padres frente a ellos. Los vecinos, al conocer la situación, hicieron una colecta para que uno de ellos viaje a Huánuco. Se corría la voz que había una aldea y un sacerdote que podía ayudarlos.

Juan le respondió: «Mi hermanita no come nada si antes no le dan pan remojado con cocoa. Mi mamá la acostumbró así».

Recuerdo la cara de esa mamá de la aldea cuando decía: «Pero de dónde voy a sacar cocoa».

En la aldea siempre teníamos desayunos muy nutritivos: quinua y avena con leche. Corrió a sacar su dinerito para buscar quién le ayude y le compre cocoa. Desde la puerta gritaba: «Alguien que me ayude, alguien que me compre cocoa».

Así la pobre madre aldeana consiguió lo que bus- caba. Le dio a la niña cocoa y pan remojado y empezó a comer.

Lo recuerdo con mucha gratitud. Aquel día mi corazón sentía tristeza por lo que esa madre sentía; era nuestra madre sustituta.

Reconozco que los horarios los hizo sabiamente. No había tiempo para llorar ni pensar en lo que pasó.

Nunca nos habló de lo que les pasó a nuestros padres y nos llenaba de mensajes positivos. «Ten fe, cree en ti; solo el estudio los hará grandes, todo lo pueden; sé íntegro». Quería que saquemos de la mente cualquier idea de venganza y dolor. Sin que nos diéramos cuenta, nos había sumergido en un mundo de competencia: quien estudiaba más, quien terminaba la tarea antes, quien tenía las mejores notas. Nos dimos cuenta de nuestras metas: ser profesionales y tener futuro.

A mis 18 años le pedí al padre que me permitiera buscar  a  mi  madre.  No  quería  estudiar  una  carrera superior; no dejaba de pensar en ella. El padre habló conmigo.  Me  contó  mi  historia.  Él  sabía  nuestras historias mucho más que nosotros mismos. Nosotros, durante todos estos años, creímos que él no sabía nada de nosotros.

Willy me contó el día que mi madre nos trajo. Le pidió que nos ayude. El padre me contó que ella tenía una enfermedad terminal. Quería sentir un abrazo nuestro en su último momento, pero prefirió que la recordemos fuerte. Willy dijo que mi madre murió unas semanas después.

Me contó dónde podía encontrarla para rezarle; así lo hice.

Confieso que lloré muchísimo. Sabía que ya no la vería. Lloré por lo injusto, rebelde y cruel que yo fui muchas veces con Oswaldo, mi padre.

Regresé a la aldea, mi casa; él me hizo culminar la carrera.

Braulio, Basilio, Juan y yo hoy somos profesio- nales, como la mayoría de los que ahí vivimos; somos hombres de bien. Puedo decir, con toda la jerarquía, que la vida me ha dado varias oportunidades.

No es la historia, no es lo que te ocurrió en el pasado lo que marca tu destino, sino cómo es conducida. Son las palabras que alimentan tu alma, que creas en ti. No te detengas en lo que pasó, busca crecer cada día. La vida ya tiene suficiente pesimismo y dolor, le falta actitud, positivismo, alegrías y, sobre, todo fe. Cree en ti.

Los  niños  siguieron  llegando  constantemente. Calculo que fuimos un promedio de 120  niños con el mismo destino; todos terminaron como hermanos.

00:00

Los relámpagos a lo lejos rugen. No hay equivocación: una tormenta se avecina, al parecer de grandes proporciones. Estoy contemplando la ciudad desde lo alto. Parece tan infinita y desierta, aunque todo cambia una vez que estás cerca de ella. Poblada de carteles luminosos y monumentos a la deriva, poca gente y tanta soledad junta. Esa aglomeración, el panal de abejas abierto y las picaduras que vienen en forma de recuerdos. Es medianoche y nadie me ha advertido que, si paso tanto tiempo solo, me hago más vulnerable a la tristeza; nadie me ha advertido que el frío se hace más intenso, que quizá no me queden muchas fuerzas después para poder dormir sin soñar que no te has ido.

3:33 a. m.

Me ha despertado el sonido del celular. Un mensaje. He dormido poco más de una hora y te he oído llamándome en sueños. No veía tu cara, solo tu voz ondulaba en aquella penumbra líquida. Algunas líneas de luz se filtraban desde lo alto, pero todas ellas se desvanecían antes de llegar al suelo. Yo me encontraba en medio, como un niño solitario hasta que tu voz me despertó. He leído el mensaje y nuevamente no es tuyo. Me pregunto si alguna vez has sentido lo mismo, y si el insomnio te ataca sin piedad hasta que comienzas a desesperarte. No lo negaré, lo he intentado con otra chica, pero a quién quiero mentirle: sigo siendo un suicida atado a la roca de tu océano. A veces me hundo y desde el fondo oigo alguna canción con tu nombre. Nunca me ahogo. Esa es la peor parte. Te echo tanto de menos que esta habitación todavía huele a ti, a tu belleza. Tu maldita, tu dolorosa, tu contemplativa, tu inalterable belleza.

5:48 a. m.

Tal como lo intuí, amaneció lloviendo. He salido a mirar la ciudad nuevamente y me ha azotado una ráfaga de aire gélido. Las gotas no han dejado de acribillar el techo, ni las ventanas. Los regueros que se han formado en el suelo parecen dibujar palabras, o seré yo, que busco señales por todas partes. Asumo que nunca volveré a verte, que probablemente estás mejor sin mí, pero cómo me gustaría saber si me piensas, si mañana, cuando me persiga la incertidumbre, podré encontrar un ápice de seguridad al verte. Si es que te veo. Si es que todavía no me odias. Si es que el recuerdo también te pesa y las heridas en tu piel forman palabras, tal como los regueros que veo tras la ventana. Y si aquella palabra es un nombre y ese nombre me pertenece. Espero que entiendas que me dolería menos saber que te duelo. Y mientras escribo esto, un relámpago suena de fondo. Aquí sigue lloviendo, cada vez con mayor intensidad.

10:03 a. m.

Nubes bajas reptan en los entresijos de una ciudad que apenas despierta. Todo se ve gris, desde las colinas hasta mis manos. Gris, como el color de un alma que echa de menos. Y sigue lloviendo. No he comido ni he salido de la cama. No tengo la necesidad ni la urgencia. Llevo despierto varias horas; no diría que carezco de sueño, sino de razones. Además, nunca me ha sido fácil pegar ojo. Siempre tengo cosas que contarme, siempre alargo los minutos y meto la esperanza en ellos, como si al pasar las horas pudiese recuperar el equilibrio de esta sonrisa desproporcionada, que no es más que una mueca de alguien que ha visto demasiada  gente irse de su vida. Adónde se habrán marchado, no lo sé. De ellos me  quedaban las huellas, pero la lluvia las ha borrado casi todas. La última vez que los vi no me reconocieron y se encerraron en un corro que no admite extraños. Sé que es mi culpa, así que más que esperar que me acepten, lo que quiero es que me comprendan. Incluso tú, estando ya lejos, sepultada en la neblina de la nostalgia, como esta ciudad que sigue sufriendo bajo la lluvia. Nunca más desde aquel día volví a decirte que te  quiero. Me siento vacío desde entonces.

16:14 p. m.

De fondo suena una de esas canciones. He aprendido la letra de la mayoría. «Que, a pesar del tiempo, te juro que no lo olvido; qué fuerte soy  con la gente y qué débil que soy contigo». «Resume el amor en dos actos:  vestirse de blanco y acabar de luto». «Cogí la ropa, la desilusión no entraba en la maleta». «Miro en mi pecho, ahí dentro hay un desierto». A veces pienso que esas canciones las escribí yo sin darme cuenta y que te has  colado entre las palabras como si no te bastara que todo girara alrededor  de ti. Quisiera volver a ese lugar, volver a nosotros, creer en el paraíso  que me tendían tus manos, que acariciaban con esa destreza de borrar  mis cicatrices y que, en lugar de ellas, me ofrecían razones para seguir intentándolo. Tu calor y esa magia, la de tu boca pegada a la mía; el tiempo tomando un descanso, como si tuviera miedo de arruinarnos el momento. El mundo no me parecía un lugar cruel por entonces. No  dolía tanto amarte. Pero, inevitablemente, todo se ha tornado gris y el  sol no ha salido en todo el día. Qué novedad; a fin de cuentas, vivo en  penumbra la mayor parte del tiempo desde que no estás. Mis ojos se ajustan a la oscuridad y a veces dan contigo. Pero te esfumas. Tus manos no han vuelto a curarme las heridas y las canciones siguen hablando de nosotros, de lo mucho que duele extrañarte.

19: 45 p. m.

También sé que eres capaz de sentir, de querer, de echar de menos. ¿Lo haces conmigo? ¿También te duele esta distancia? He de confesar que yo sabía que algún día ibas a irte, y aun así siempre te vi con ojos  de bienvenida.

22:58 p. m.

Ha sido uno de esos días en los que siempre es de noche. Ha sido tan largo que tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido y que la lluvia apenas comienza. Las luces de la ciudad se han encendido una por una, y parece que una madriguera de luciérnagas ha anidado en aquel valle rodeado de cerros. Es una ciudad que tiembla, que espera demasiado para recibir poco. Hoy no he visto a nadie, ni me he acordado de comer, ni de salir siquiera. Mi aspecto en el espejo es la de un hombre diez veces mayor. Es como si la lluvia me hubiese tallado un nuevo rostro adaptado a la falta de gestos. Ya no he dado más vueltas y la única canción que suena es la de las gotas golpeando azoteas. En silencio como siempre, y a oscuras como siempre, pienso en una salida como nunca. Me queda alta, como todo en la vida. Debería intentarlo, pero por temor a encontrarte esperándome ni siquiera me arriesgo. Es contradictorio porque pienso en ti y no quiero verte, tal vez porque tengo la impresión de que vives mejor en mi recuerdo, que traerte o tenerte cerca es romper con crueldad la nostalgia, la sutileza con la que todavía me sonríes desde el pasado. Que me siento más seguro pensando en todas las cosas que dijiste que esperar las que aún no han salido de tus labios. Me siento mejor sabiendo que exististe y que te tuve, que pese a no merecerte me diste más de lo que pedía y que con eso fue suficiente. Yo te quise también, a mi manera y con defectos. Tú sonreías, yo lloraba. Éramos expertos en darnos la contra. No fuimos el uno para el otro; tú nunca miraste más allá de mis fronteras ni yo supe saldarte el precio que les ponías a todos tus secretos. Guárdalos y ponme a mí entre ellos. Que nadie me encuentre nunca si permanezco contigo. Créeme que me sentiré más seguro si lo haces. Yo pensaré que quizá algún día podré subir aquella cuesta y hallar la salida. Si cierro los ojos puedo oír los relámpagos a lo lejos, como voces que me recuerdan que hace tiempo que nada en el amor dura para siempre.

Nos aglomeramos en la entrada del hotel Camino Real. Seríamos entre seis u ocho medios de prensa. Era mediodía, el sol nos achicharraba la piel. Virolo esperaba con el vocho amarillo de Revista de Revistas encendido. Esperábamos a Borges, el único Borges que puede existir en esta versión del universo. Lo vimos salir del lobby empuñando el bastón de arce, entrelazando los brazos con María Kodama quien sostenía la sombrilla negra sobre la cabeza de ambos. Los acompañaba una delegación de intelectuales encabezada por el escritor Miguel Capistrán y un comité de representantes de la Subsecretaría de Cultura. Borges se detuvo al escuchar que lo llamábamos: «¡Por aquí, maestro!», «¡Sonría, Borges!». Los colegas y yo, pugnábamos por conseguir las mejores imágenes para nuestros medios, mientras Borges, siempre del brazo de Kodama, nos buscaba con sus ojos desorbitados, escuchando nuestro griterío.

Luego de mostrarnos su memorable sonrisa bobalicona, Borges, Kodama y compañía, subieron al Renault plateado y guiaron la caravana de coches hacia el Colegio de San Ildefonso. Dormí todo el camino; Virolo me despertó al llegar. Era un viejo silencioso y práctico. Si yo dormía, él conducía. Si él dormía, yo trabajaba con la Olympus. En la guantera del coche Virolo siempre tenía provisiones de pirulines y Baronets; suficiente guarnición para cualquier espera. Virolo me dejó en la entrada del colegio y se fue con el vocho a hacer la siesta bajo un árbol.

Esperamos veinte minutos en el salón «El Generalito». Luego apareció el conductor de televisión Octavio Blanco, seguido de los escritores, Germán Bleiberg, Salvador Elizondo, Adriano González León y J. J. Arreola con esa facha de insomne alquimista. Cuando todos estuvieron acomodados, se presentó Borges escoltado del brazo de Kodama. Lo recibimos de pie con un largo aplauso. Después de acomodar los micrófonos y las luces, Octavio Blanco inauguró la plática diciendo: «Antes de que Gutenberg inventara el tipo móvil por el año de 1450, los libros eran manuscritos…».

Decidí sentarme entre las últimas butacas, en el ala este del salón, el área menos iluminada. Me arrellané con las gafas de sol en su lugar y tomé una siesta. No era que tuviera poco interés en lo que llamarían luego «una de las conversaciones más importantes del siglo XX», sino que estaba demasiado agotado como para poder soportar tanto derroche de intelectualidad. Llevaba tres días sin pegar los ojos. Ser reportero gráfico significaba que el editor en jefe tomara tu tiempo como se le antojase. Podía llamar de madrugada y yo debía salir corriendo a perseguir la noticia. Además de esos arrebatos nocturnos de mi jefe, estaba Leo que incluso después de haber jugado todo el día en la guardería, tenía las fuerzas suficientes para mantenernos a Ofelia y a mí, con los ojos bien abiertos hasta que despuntaba la mañana y había que alistar todo otra vez. Por eso no me costó nada echar la siesta cuando Arreola empezó a hablar.

Cuarenta minutos más tarde, la ovación del público me despertó. Vi a todos de pie. Corrí tratando de ganarles espacio a los demás colegas. Empecé a disparar con la Olympus rodeando a Borges y el resto de la comitiva. Los invitados charlaban en distintos trayectos. Todos deseaban estar siquiera un momento con Borges. El maestro esperaba los saludos como un sacerdote que reparte la bendición después de la eucaristía, ¡y vaya que muchos deseaban ser benditos por esas manos! Kodama estaba ahí, detrás de Borges o a su lado o en paralelo o en todas partes a la vez, como ese Aleph en el sótano de la calle Garay que Borges siempre llevaba consigo en el bolsillo de la chaqueta. El evento concluyó y Borges y compañía pasaron a un salón privado, el resto salimos.

Afuera, el sol seguía alto y no había forma de escapar de ese infierno. Tenía las axilas y la entrepierna mojadas, y las gotas de sudor me ardían en los ojos. Fumé un Baronet apoyado en el vocho de Revista de Revistas. La primera vez que me asignaron de chofer a Virolo con el vocho amarillo, nos miramos por un rato esperando a ver quién de los dos se atrevía a darle el golpe al otro primero como indica la tradición. Pero era una reverenda bobería, un juego tonto, y sin decirnos nada, el golpe quedó en stand by.

Le eché un ojo a Virolo, dormía la siesta en el asiento del conductor con un pirulín en la boca que pasaba de un cachete a otro con los ojos cerrados. Estaba descalzo. Los pies tenían un color más blanco que el resto del cuerpo y la camisa estaba abierta hasta el ombligo. ¿Cuántos años llevaba soñando Virolo con Acapulco? ¿Quién sabe? Yo conocía su sueño porque él mismo me lo había contado en una de esas pocas y extrañas veces que estuvimos despiertos y platicamos.

Con todo el fastidio del sol en el cuello, decidí llamar a Ofelia a la escuela desde un teléfono público.

Contestó la secretaria; minutos después Ofelia se puso al teléfono.

—¿Cómo estás?

—Como siempre, supongo. Los niños están disfrutando del recreo. Se los encargué a Marta para venir a contestar.

—¿Y Leo?

—Lo vi hace rato. Una niñera vino a llamarme porque no dejaba de llorar. Tuve que salir de clase y encargarle a los niños, otra vez, a Marta. Le debo tanto a esa chica.

—¿Qué sucedió?

—No se sabe. Leo empezó a llorar de repente. Pregunté si había comido, si le habían cambiado el pañal o si se había pegado con algún objeto. Las niñeras me dijeron que todo estaba bien, simplemente empezó a llorar, eso era todo. Pude calmarlo apretándolo contra mi pecho.

—Quizás fue solo un susto.

Esperé que Ofelia respondiera, pero no lo hizo.

—¿Ofelia? ¿Sigues ahí? Aló.

—Sí, sigo aquí —respondió—. Ya no aguantó más, Rogelio. Estoy agotada. No sé qué hacer con Leo. ¡Es mi hijo, Rogelio, es mi hijo! Lo necesito bien. Completo…

Traté de darle motivos para que se calmara, pero sus palabras atropellaban mi discurso. Me dolía escucharla de esa manera, así, al punto del colapso. No sería la última vez que estuviéramos en esta situación. Lo sé yo que estuve en el preciso momento cuando el partero le dijo a Ofelia que mi hijo había nacido ciego. En ese momento no nos costó reponernos del shock. Todos los niños nacían en las mismas condiciones: en un mundo brumoso con los colores desparramados. Había tiempo suficiente para comprobarle al doctor que su diagnóstico era erróneo.

No se lo contamos a la familia, Ofelia y yo pactamos esperar a que el niño creciera un poco más para decidir qué hacer. Pero por necesidad, los primeros meses tuvimos que recurrir a mis suegros sin platicarles nada sobre la ceguera. Leo pasó todo un año a su cuidado. Ni Ofelia ni yo podíamos dejar de trabajar. Debíamos pagar la renta, la comida y la asistencia médica para Leo. Empezamos a doblegar los turnos. Ofelia daba terapia de lenguaje a domicilio a algunos niños de la colonia; yo me encargué de pedir más comisiones en Revista de Revistas. El tiempo restante lo pasaba en plazas y parques, fotografiando a familias y parejas por unos pesos con una Polaroid alquilada.

Para el segundo año, fue imposible seguir ocultando lo evidente. Leo demoró en caminar, tenía mucho miedo de hacerlo. ¿Y cómo no sentirlo si no conoces la disposición de las cosas en el espacio? Hablamos primero con los padres de Ofelia, luego con los míos que exigieron agotar todas las posibilidades antes de confirmar la catástrofe. Todos los especialistas concordaban que era un caso de ceguera permanente. Los padres de Ofelia quisieron intentarlo todo, incluso llevaron a mi hijo a ser rezado por los chamanes del estado de Morelos.

Ofelia y yo estábamos destrozados, pero teníamos que seguir.

Acondicionamos la casa de tal manera que Leo pudiera caminar. Nos deshicimos de adornos y objetos punzocortantes. Revestimos la casa de plástico burbuja, alfombras y cintas de colores inútiles que anunciaban el camino a ciertas partes de la casa donde Leo podía jugar con libertad. Nos costó demasiado hacerle entender a un niño de dos años, nacido ciego, el sistema que habíamos diseñado para introducirlo a un mundo siempre desconocido.

—¿Aló? —dijeron desde el otro lado. Alguien tomó el teléfono.

—Soy Rogelio —dije.

—Está bien, señor, no se preocupe, voy a calmar a Ofelia. —dijo la mujer y colgó.

Yo no quería que alguien más calmara a Ofelia, para eso estaba yo. Era algo muy íntimo, nuestro, nadie más en este mundo podía comprender ese dolor.

Insistí llamando a la escuela, pero ya nadie alzó el auricular.

Virolo llegó hasta el teléfono público tocando la bocina. La delegación nos llevaba al menos siete calles de distancia, debíamos apresurarnos. Más tarde tendría que justificarme ante el jefe por no tener capturas de Borges saliendo del San Ildefonso. No sabía qué iba a decir, lo único que podría salvarme de una amonestación severa, era una exclusiva. ¿Pero cómo conseguirla con tantos reporteros acosando a Borges?

Virolo estaba visiblemente encabronado. Tomó curvas rápidas por las avenidas más estrechas, chupando un Baronet y botando el humo por la nariz como un buey frente al matador. Golpeaba el timón como loco y mandaba a la chingada a todo vehículo que se atravesara en su camino. No dudo que haya pensado en darme el golpe que le debía por lo del vocho amarillo. Virolo sabía que en Revista de Revistas el editor en jefe lo quería jubilar de una vez por todas, pero él seguía fantaseando con echar la siesta bajo una sombrilla en Acapulco, con una botella de mezcal a la mano y tomando el sol hasta emparejar el color de sus pies y sus brazos con el resto de su alma.

Cuando llegamos de regreso al hotel Camino Real, Borges todavía estaba en la calle junto a María Kodama, Miguel Capistrán y unos pocos reporteros; Arreola y compañía habían desparecido. Borges, cogido del brazo delicado y fantasmal de su secreto amor, era guiado al hotel. A unos pasos de la entrada, Borges se detuvo de repente por el sorpresivo anuncio de Kodama a razón de un escalón olvidado; yo capturé el momento: Borges se ve imponente, varonil, desafiante, algo así como los personajes que se baten a duelo con navajas en sus relatos, tomando del brazo a Kodama con total seguridad como versando: «Mírala. Es tu espejo». Borges, con el cuerpo rígido y una sonrisa victoriosa, como la de un veterano de guerra que pasea en carro alegórico por la avenida 9 de Julio y que nunca olvida la disciplina militar. El cabello de Kodama revolotea al viento como alzando vuelo de golondrina. Ese vestido largo hasta las rodillas, perfila su cuerpo menudo, y el detalle de su tacón, ligeramente recostado sobre la acera, parece flirtear con el argentino. La foto muestra a Kodama distraída, natural, y no deja de parecer hermosa en ningún momento; lástima que Borges no haya registrado en su memoria la maduración de esa belleza de sangre japonesa.

Borges ingresó al hotel. Los reporteros empezaron a replegarse. Yo no podía irme sin compensar mi ausencia a la salida del Colegio San Ildefonso, pero se prohibía la entrada a los medios de comunicación. Escuché el roncar del vocho amarillo calentando y vi el humo de los baronets escapar por las ventanas. Sonaron dos bocinazos y vi la mano de Virolo llamándome. No podía irme. Descolgué la Olympus de mi cuello y usé el teleobjetivo a través de la puerta circular de vidrio; alcance a ver una de las dimensiones del Aleph: Borges y Kodama atravesaban el largo pasillo que conducía a las habitaciones. Borges caminaba siempre del brazo de Kodama: la mujer de sus ojos («Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo»). Borges / Leo / y la oscuridad: ¿Qué tipo de pesadillas podría tener un niño ciego? ¿Qué tipo de imágenes se le presentaban? ¿Qué fantasmas lo perseguían? Jamás podría decirle a mi hijo que todas esas visiones eran producto de las películas de terror, que los monstruos no existen, que La Llorona no era más que una leyenda urbana. Mientras pensaba en esto, realicé el último disparo con el que herí de seriedad a Borges: cayó de bruces y arrastró consigo a su acompañante. La secretaria se desplomó con el vestido levantado, dejando a la intemperie los muslos lozanos y el trasero infantil. El bastón de arce y la sombrilla negra rebotaron por el pasillo. El golpe seco alertó al público. Los camareros del hotel se apresuraron a auxiliarlos. No se les hizo difícil poner de pie a Kodama, pero Borges era un roble viejo, triste y despeinado con una sonrisa bobalicona perdida en la nada. Debía conocer la sensación de vergüenza, pero la vergüenza ya no tenía rostro para él. Borges y Kodama se sacudieron el polvo y fueron escoltados por una delegación de botones del Camino Real.

Pensé en Leo de regreso al vocho. ¿Quién sería su bastón a la edad de Borges? ¿Quién cubriría este mundo con burbujas de plástico y cintas de colores inútiles cuando creciera? ¿Quién sería sus ojos cuando los de Ofelia y los míos solo fueran cuencas vacías? Me dolió imaginar a mi hijo abandonado en este mundo, pero más me dolía aceptar que todos lo estábamos.

El asiento del vocho seguía hirviendo. Virolo no dejaba de tamborilear los dedos sobre el timón. Golpeaba la lata de su puerta cuando algún vehículo se le ponía en frente.

—Espero que tengas algo bueno, Rogelio —dijo sin mirarme y escupió la colilla del Baronet por la ventana.

Bajé el respaldar del asiento y miré al cielo. Nubes grises y espesas. Me coloqué las gafas de sol y cerré los ojos haciéndole creer que dormía.

Virolo se estacionó en la entrada de Revista de Revistas. Cogí todas mis cosas y salí del coche. Cuando cerré la puerta, Virolo me detuvo. Abrió la guantera y dijo:

—Llévale unos cuantos a tu escuincle. —Agarré un puñado de pirulines y le agradecí mirándolo a los ojos: esas dos islas que ya casi se quedaban sin mar y sol. El coche desaparecía detrás de una neblina de Baronets y smog, cuando escuché que un niño gritó: «¡Vocho amarillo!» y me dio un golpe en el brazo y se echó a correr entre las calles y el tráfico.

En el cuarto oscuro, bajo la luz roja, mientras sumergía los negativos, vi las capturas de Borges cayendo cuadro a cuadro, como si fuera una mala película de Cantinflas. No creí que al editor en jefe le interesaran. No éramos una revista amarillista, pero habría otras que comprarían las fotos a buen precio y harían de Borges una copia barata de una obra maestra. Ver proyectada la humillación de Borges en Leo, me hizo desistir de la tentación. Decidí deshacerme de esos negativos. Los corté en pedazos irreconocibles y los arrojé al tacho de basura. Conservé el resto de fotos, sobre todo la de Borges y Kodama entrando al hotel Camino Real, esa captura sublime que dejaré olvidada en alguna parte, y que, pasado el tiempo, desparecerá para no volver. Su destino era extraviarse.

Salí por la madrugada. Las calles estaban mucho más oscuras de lo habitual. Busqué cigarros entre mis bolsillos, pero en vez de tabaco, encontré pirulines. Saqué uno, le quité la envoltura y empecé a chuparlo. En el autobús traté de reconocer a qué sabía cada color, el verde, el amarillo y el rojo, que pintan rayas horizontales en los pirulines, así podría orientar a Leo relacionando los colores con los sabores, pero era imposible diferenciarlos en la oscuridad, tan imposible como dormir una siesta junto a Virolo en Acapulco o como Kodama anunciándole a Borges que va a ser padre.

I

Este poema es un hospital abierto
para todas las demencias.
Guitarras embrujadas para mi velorio,
lloronas vestidas de negro derraman su llanto
al compás de la campana siniestra.
Ahí los puedo ver:
a los colores irrecuperables del atardecer,
porque estamos hechos de pasiones
que nos arrastran por un río o por un sueño.
Este poema intentará que se evaporen
hacia el éter las penas,
desde un lívido sueño donde duerme el huracán.
Deambulo por la húmeda oquedad
de los milenarios templos paganos
en los que estallan las flores de mi mente.
He visto el ocaso más glorioso que un tesoro,
una nota quejosa se desliza por mis ojos
con yodo y hechicería
porque este poema escucha la voz de la tumba
que comprende al poeta.
Es el viento del miedo el que sopla en la noche,
mientras intento dormir en la penumbra
de los candelabros azules.

II

Estas que fueron risas y alegrías
amaneciendo al albor de la mañana
por la tarde serán tristes recuerdos
que en la noche vendrán como fantasmas,
¡despierta pronto, alma mía!
ya soñaste con la fiesta
no permitas a tu pureza
confundir con la algarabía.
Pasan los días con tu maquillaje
dejando marcas en las paredes,
y yo cansado le digo al silencio
que evite caer en las redes.

III

Vivo por la quemadura y el aguijón del placer
el deseo acecha más allá del bien y del mal
entonces bailo en las tumbas donde caen los santos
y te burlas con el placer del dolor
sobre esta tierra
por todo este páramo
el fatídico viento sopla a través de esta tierra
aúlla mi nombre, anuncia mi caída.

ya es madrugada
y mi cuerpo aún no tiene piel para soportar tu hueso,
acuérdate, acuérdate, acuérdate
en un ansia vibrante por centenas de galopes, una sílaba salvaje entre pequeñas muertes de piel.

*

escribo y devoro a la civilización
más breve de mis huesos de adentro

siempre en el riesgo y siempre en la cuerda
más alta de las más alta sílaba,
sin donde agarrarme
y teniendo la alegría de decir:

soy el más sucio de los dioses
y la más humana de las mareas.

Sucedió cuando revisaba las recetas. Buscaba la orden del doctor, el horario y el tipo de examen que me realizarían al día siguiente: ¿era de sangre, de orina u ambos? Acababa de darle sus galletitas a Patsy. En el horno se cocinaba la pizza tamaño familiar que me comería en el desayuno. Mi pequeña estaba inquieta, noté que quería salir, pero primero tenía que ubicar la orden médica. Desde hace días atrás un leve dolor se acentuaba en mis costillas. Hace poco, luego de limpiar el sudor que se albergaba en mis pliegues, tuve que sentarme para respirar profundo. Me acostumbré a sentirme mal todo el tiempo. El dolorcito nuevo era algo más que anotar en la larga lista de dolencias que padecía.

Mi sala estaba desordenada. En la cocina, los platos se apilaban en el lavadero. El único lugar que tenía impecable era la casita de Patsy. La orden no aparecía. Mi pequeña Patsy meneaba su larga cola olisqueando el aire. Me detuve ante un mareo, el incómodo malestar sobre mis costillas me hizo meditar sobre las posibles causas de ese nuevo síntoma. El sonido del celular interrumpió mis pensamientos.

—Aló mamá.

—¿Estás siguiendo la dieta?

—Sí, má.

—¿Ya botaste a esa asquerosa rata que tienes por mascota?

—No, má.

—Espero que lo hagas pronto, acuérdate que llegaré en un mes.

Colgó antes de poder decirle algo. El sonido de la campanita del horno alertó a Patsy. Pensé en ir hacia la cocina y dejar atrás los papeles entreverados de recetas y resultados de exámenes sobre la mesa del comedor. Era hora de desayunar y soltar a Patsy. Antes de moverme, por un momento, me transfiguré en un gong. Una mano gigante e invisible levantó un mazo igual de invisible e igual de gigante y lo hizo retumbar sobre mi pecho. El momento pasó y en mi retina quedó grabada Patsy, ajena a mi muerte. Salí ligera de mi cuerpo y empecé a errar por mi sala. Patsy no parecía verme en mi nuevo estado, pero si a la gran masa de carne y grasa que estaba tirada en el suelo. Mi gesto era grave y tenía los ojos entrecerrados de horror. Mis manos o lo que eran mis manos reposaban sobre mi pecho, retorcidas. Miré por la ventana. Los vecinos de siempre estaban haciendo las actividades de rutina. Me acerqué a la puerta y la vi tan angosta. Recordé las palabras de mi madre. «Si sigues engordando así no pasarás por el marco, tendrán que reventar las bisagras para que te puedan sacar…» A esas alturas ya no importaba ¡podían sacarme en pedacitos si es que eso quieren! Me preocupaba mi querida Patsy. Podían pasar días antes de que alguien se percate de que la gorda mórbida de la quince no ha salido de su departamento. Intenté sacar a mi pequeña de su refugio decorado, tenía alimento para el resto del día, y agua para dos días más. Sin embargo, no pude asir el cerrojo.  Estaba acostumbrada a compartirle de mi comida que le daba en su hocico. La pena me invadió. Con esta forma incorpórea no podía hacer nada por ella. Pasaron las horas y no veía solución a la situación. Patsy dormitaba cuando cayó la noche. Mi única esperanza era que alguien se acuerde de mí y venga a visitarme. O que traten de comunicarse conmigo y se den cuenta de que no contestaba el móvil. Podría ser mamá o mi hermano que vivía en Houston.

Amanecí rezando para que suceda pronto lo que anhelaba. Ni el timbre ni el celular sonaron. Patsy estaba más inquieta que nunca. Por un momento maniobró la cerradura sin éxito. Mi cuerpo seguía tendido. Una tupida fila de hormigas visitaba mis linderos. Patsy empezó a dar vueltas haciendo círculos y emitió sonidos que no le escuché antes. Por la tarde, por una rendija del balcón, se asomó un hocico lleno de pelos junto a unos ojos negros vivaces. Era otra rata como Patsy, solo que ésta era negra y más pequeña, menos robusta y, además, fea. La vi acercarse a mi cuerpo husmeándome. De ahí fue hacia la casita de Patsy. Al rato, mi mascota estaba liberada. Ella no me buscó de inmediato, se tomó su tiempo. En tanto mis carnes empezaron el proceso de descomposición. Las heces y orines empezaron a salir de mí. La otra rata se fue por donde vino. Cuando empezó a anochecer, Patsy pasó su naricilla fría por el lóbulo de mi oreja izquierda. En ese momento sentí que podía “descansar en paz”. Tal vez mi pequeña podría sobrevivir, irse y encontrar alimento como las otras. Antes de tratar de salir de ahí la vi recorrer mi obeso cuerpo. Me di cuenta que mordisqueó la piel de mis piernas. ¿Querría comerme? Me quedé a observar entre defraudada y curiosa. Patsy, mi pequeña, hurgó mi disperso vientre. Lo arañaba como queriendo despertarme. Luego lo empezó a morder furiosa. En eso, por el mismo hueco del balcón se asomaron una nariz y unos bigotes. No era la misma de la tarde. Era una rata enorme, barrigona, con una larga cola que me llegó a incomodar. Pasó con dificultad, a través del agujero. Patsy subió sobre mi pecho, levantó sus patas y se irguió. Detrás de la rata grande, otras tres ingresaron directamente a comer de mi cuerpo. Parecía que Patsy no sabía qué hacer, si huir o enfrentarse a las invasoras. La escena era tensa y yo solo podía observar. Patsy bajó sus patas delanteras, se acercó a mi rostro y empezó a comer mis labios.

* [1]María de los Ángeles Fornero

Los treinta textos poéticos que componen Pulso de Vida, el libro de Enidsa Novoa Haro que tiene ya su segunda edición, juegan de inicio con un desafío al lector, que se recorre luego, hasta la última página. Se trata de una poesía de tipo contemplativo, pero sutilmente surcada por búsquedas. Ya lo anticipa Willy Gómez Migliaro, en las palabras previas, cuando dice que, si bien estamos frente a un libro de las meditaciones, aparece una inquietud de quiebres. Y éste es un rasgo de diferenciación.

Por un lado, recibimos el subtítulo de poesía contemplativa. Las ilustraciones, material de creación de la propia autora, de líneas en ondas suaves bajo lo que se percibe como una noche estrellada, nos dispone a una lectura más bien serena, proyectiva en un todo de claroscuros fluyente. Una puerta de entrada al libro que deja la sensación de estar “sentado en la gramilla” (Mi cuerpo pertenece a la tierra, 37) y uno siente que puede dejar ir la vista sobre las ondas de un lago sereno “Las ondas, casi mágicas, que logro ver dentro de esa calma, me invitan a entender el no tiempo que habita aquí” (Lago tierno. Lago en calma, 52) y dejar entrar a los oídos fonemas en sonidos sanadores, que vienen incluso desde los ancestros, tal como dice la dedicatoria.

Sin embargo, allí mismo, desde las ilustraciones y la dedicatoria aparece el contrapunto que enriquece la lectura. Es una policromía semántica ese detenerse a contemplar en vaivén lo que va y viene con la necesidad de ser, de actuar, en un juego de opuestos. El poemario, una edición de Ojos de Papel con la corrección de texto de Animal Literario, nos coloca frente a una ilustración del árbol de la vida de raíces tan ampulosas como su copa. Desde una mirada psicoanalítica uno podría preguntarse ¿Cuánto de lo implícito hay en lo explícito? ¿Cuánto se dejará ver el yo lirico, creado por Enidsa, a través de ese sentido de contemplación que a la vez está en búsqueda? Ya, en la dedicatoria hay dos nombres que marcan lo que la autora vindica de su padre: la fuerza y la voluntad.

Y, a eso nos van llevando los textos. Un juego de opuestos en el que, de entre la fronda de lo contemplativo aparece una actividad, un incluirse en ese paisaje, accionando también sobre él “Quiero despegar, rasgarme la piel encender de nuevo pasiones que me enloquecían” (Uno de tantos días alrededor del sol, 33). Luego, entra en la escena de lleno el yo poético, no solo la contempla, es parte de ella, la escena se transforma en un ser in continuum: “Soy el frío que cala y la lluvia que todo lo limpia. Yo soy la tierra que recibe la nieve, porque también tengo la semilla que brotará” (Soy el todo, 44). Y, como no podía ser de otra manera, ahí está la ciudad con todo su caos en hora punta (Entre Colón y Garcilaso, 54) a dónde la vida obliga a volver, luego de la contemplación de la naturaleza. Entre el caos y el equilibrio, no se resigna a lo mandatado, se dispone a hacer su propio juego: “Navegar el propio mar, sin temer a la tempestad” (El propio mar, 55), aunque en esa ruta lo que trasciende es el sosiego. Y, en eso estamos cuando cerramos el libro y volvemos a comprender que en la tensión está la belleza.

Presentaciones del poemario Pulso de vida de Enidsa Novoa Haro

Casa de la Literatura, el 18 de Abril del presente año.

Auditorio Alberto Hurtado, av. Armendáriz 445 – Miraflores, viernes 31 de marzo, 7:00 pm,
Inscripciones: https://forms.gle/CmLb9TGUseHna7aB6


[1] Escritora argentina. Psicóloga social. Profesora de Lengua y Literatura de educación secundaria. Autora de Viaje entre dos orillas. Mesa Redonda. Lima 2022.  Desde Córdoba, Argentina. 09/02/2023