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Cuento: «Adornos» por Yadir Gómez

Yadir Gómez

Yadir Gómez

Lima 1984, Perú.

Escritor, diseñador gráfico y editor. Se inició formalmente en el mundo literario el 2017, editando, diseñando y distribuyendo, en las calles de Lima, su primer(…)

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X, estás en medio de la oscuridad de esta sala. Te quedaste solo. Estás desnudo también, con el cuerpo brilloso y el sexo laxo. Aún estás hambriento. Hay una breve luz entrando desde un canto de la mampara de vidrio. La luz muere directo en el centro de mesa que está a la altura de tus rodillas.

Descubres al elefante; el más grande de los dos que están en la mesa. No es la primera vez que lo ves, pero es la primera vez que le prestas atención. También hay otros objetos: un cenicero; un florero; unas llaves; una botella; dos vasos de vino a medio tomar. También hay otros adornos, pero qué importan.

Te enderezas en el mueble. Pierdes cuidado de la viscosidad de tu sexo y su rastro. Observas al elefante, grande, solemne. Agrietado por doquier. Sabes que los pequeños fragmentos nunca volverán a encajar. Ahora es otro objeto, uno muy distinto a la primera versión. Ha tenido suerte de no ser desechado.

La curvatura de su trompa señala a la elefanta. Están de extremo a extremo, irreconciliables. La hembra sigue entera, en su versión original, salvo por el polvo que la cubre. A ella te permites tocarla. Pasar suave el índice por el lomo. Imprimir tus huellas en ese cuerpo de naturaleza frágil. Recorrer su textura y ocupar cada espacio.

La humedad se cierne entre tus pies desnudos. Es un aviso. Ya no se oye la ducha. Ya no se oye rebotar el agua ni los cánticos en el baño. Se abre la puerta. Los pasos se acercan, y tú, sigues estático, contemplando los adornos.

Ya está enfrente de ti. Se seca el cabello con una toalla, y con la otra, lleva envuelto el cuerpo.

—Disculpa la demora —dice, pero no la oyes. No dejas de examinar el adorno.

Se sienta a tu diestra. Abre un cajón. Extrae algo y lo coloca en la mesa, junto a la elefanta. 

—Falta este. Va aquí —dice.

El pequeño elefante remece la mesa. Mira a la madre directo a los ojos. Entrelazan las trompas formando un corazón. Es el objeto más inmaculado de la casa. Te preguntas cuándo lo ocultó. Fue minutos antes de abrirte la puerta. Rechazarías hacer el amor en la habitación principal. Usarían la sala y el pequeño elefante estaría ahí, viéndolo todo.

—Lo compramos el día que…—Dice y enmudece al instante. Es un error contar la historia. A pesar de todo tomas la ofrenda de consuelo: el mutismo de la noche que se extiende por esa sala ajena, bañando de oscuridad tus deseos más íntimos.

Vamos, X, hazla tuya otra vez. Libera el frenesí de los cuerpos. Aprovecha la compasión ofrecida por las horas. Déjala ocultar, a tientas, el pequeño adorno, por esta noche. Hazle el amor y sal de ahí. Camina en medio de la madrugada fría, solo, olvidando quién eres y a qué lugar perteneces.